El escritor que se muerde la cola

El escritor que se muerde la cola

Escribo ficción y me dicen que es autobiografí­a… y viceversa, de modo que si soy tan obtuso y ellos tan listos, dejémosles decidir lo que es verdadero o ficticio.

Philip Roth, Engaño

 

 

Es común ver perros que, jugando, corren en cí­rculos y se muerden la cola. Dan vueltas y vueltas, con frenesí­, alteradí­simos, durante un rato largo. Podrí­amos preguntarnos por qué lo hacen. ¿Son tontos? ¿No les duele, no se cansan? ¿Qué sentido tiene ese loop? Una respuesta posible podrí­a ser que en realidad la están pasando muy bien, que disfrutan su juego, que al menos en ese instante no necesitan a nadie más: ni un amo que les tire un palito o los alimente, ni otros compañeros perros que jueguen con ellos. Les alcanza con dar vueltas en el mismo lugar y practicar esa falsa autoantropofagia. Ellos mismos son perseguidores y perseguidos, sádicos y masoquistas, ganadores y perdedores.

La imagen es muy parecida a la del Ouroboros, esa serpiente o dragón o pez que también se muerde la cola y representa el eterno retorno, el esfuerzo perpetuo, el intentar permanentemente algo que se va a repetir para siempre, lo que nunca se va a alcanzar, o lo que nunca va a terminar. Como algunos cuadros de Escher, como Sí­sifo, como Prometeo, como toda una serie de personajes mitológicos que, con una variedad increí­ble de tiempos y espacios, coinciden en la necesidad de ser representados visualmente como el sentimiento cansino de volver a empezar todos los dí­as.

Hago esta introducción porque es la manera más gráfica que encuentro para decir que Gombrowicz es un autor que tiene mucho de Ouroboros, de Escher, de Sí­sifo, de Prometeo. Pero sobre todo, tiene mucho de perro que gira sin parar. No es difí­cil imaginar que muchos escritores e intelectuales lo ven de esa forma: los autores polacos que frecuentan los cafés de Varsovia en los años 30, el Grupo Sur en Buenos Aires en los 40 y los 50, los editores parisinos en los 60. Para todos ellos Gombrowicz es, de algún modo, ese perro loco que da vueltas y vueltas y gruñe desaforado, mientras intenta alcanzarse a sí­ mismo.

Muchas veces Gombrowicz persigue a su sombra, discute con un Gombrowicz pasado o por venir, se aleja de los consejos de sus pares, huye de las martingalas literarias de los próceres de la escritura. Generalmente, como ocurre con los perros, no se alcanza. Va más rápido de lo que puede perseguirse, o más lento de lo que deberí­a. Pero a veces llega, y de un tarascón logra morderse la cola, que no suelta por un buen rato. Y eso duele, claro. Son los momentos probablemente más difí­ciles de entender, en los que vemos cómo conspira contra sí­ mismo, contra sus intereses, contra lo que programa con tanta energí­a y voluntad. Probablemente uno de los ejemplos más claros de esto sea su exilio en Buenos Aires. En la entrevista que le da a Dominique de Roux en 1968 dice que a veces lee en la prensa que se fue a Argentina para huir de la guerra, y responde: " ¡En absoluto! Preparé ese viaje con tanta despreocupación, que solo a la casualidad (¿a la casualidad?) debo no haberme quedado en Polonia".

Y dice que, estando en un café de Varsovia, apareció un amigo contándole que iba a viajar hacia América en barco, que él se tentó y que por eso hizo las gestiones para ir también. Inclusive, para darle más verosimilitud a la historia, narra una anécdota muy divertida, en la que, a último momento, antes de zarpar, se entera de que necesita un permiso de las autoridades militares. Corriendo se dirige a la oficina correspondiente, que acaba de cerrar y donde se niegan a atenderlo, hasta que llega un equipo completo de jugadores de fútbol que viajan a Dinamarca y necesitan esa misma autorización. Un equipo de fútbol. Que entre todos hacen presión y entonces los dejan pasar. Es decir: puede irse por una contingencia absurda, de la que concluye: "Como ve usted, mis veintitrés años en Argentina dependieron de unos minutos". Luego da un giro que oscila entre la solemnidad y la ironí­a:

 

W. G.: Toda esa historia de las dificultades fue como si una mano enorme me hubiera agarrado del cuello, sacado de Polonia y depositado en tierra perdida en medio del océano, y sin embargo europea… precisamente un mes antes de que estallara la guerra.

D. R.: ¿Y por qué esa mano no lo depositó a usted en Europa occidental?

W. G.: Porque habrí­a terminado, un dí­a u otro, en Parí­s. De no haber salido de Europa, es casi seguro que hubiera vivido en Parí­s después de la guerra. Pero esto, con toda evidencia, no lo querí­a la Mano.

D. R.: ¿Por qué?

W. G.: Porque, a la larga, Parí­s me hubiera convertido en un parisiense, y yo tení­a que ser antiparisiense. Ahora bien, en aquella época, no estaba todaví­a bastante inmunizado. (…) Examine usted el mapa. Serí­a difí­cil elegir un lugar mejor que Buenos Aires. Argentina es un paí­s europeo; se siente allí­ la presencia de Europa, con mucha más intensidad que en Europa misma, y a la vez le es uno exterior. Además, en aquella patria de las vacas no aprecian la literatura. También yo tení­a necesidad de esto. Distanciarme de Europa y de la literatura.

 

Es común leer que Gombrowicz llega a Buenos Aires solamente por unos dí­as, que la guerra lo sorprende estando acá y que su deserción antipatriótica consiste en no volver a Europa y, por lo tanto, en no alistarse en la resistencia polaca que se organiza desde Londres. Esto es cierto en parte, porque la guerra estalla más o menos para esa fecha pero, contrariamente a lo que se cree (contrariamente a lo que Gombrowicz dice casi toda su vida), los acontecimientos son ligeramente diferentes: Gombrowicz sube sus valijas al barco para volver a Polonia, se arrepiente, baja, el barco zarpa, Hitler invade Polonia y los Aliados declaran la guerra. En ese orden. Es decir: Gombrowicz elige quedarse antes de tener alguna certeza sobre la guerra.

Podrí­a decirse, sin embargo, que la inminencia del conflicto bélico es más o menos obvia, que cualquier persona con un poco de sentido común podrí­a presuponer que la invasión nazi es cuestión de dí­as, que Gombrowicz toma su decisión forzado por las circunstancias. Gombrowicz no comenta nunca en público estas cuestiones. Hasta donde sé, solamente hay vestigios de esto en una carta de su hermano Janusz (que aparece en las todaví­a no traducidas al español Cartas a la familia) y, solapadamente, en Kronos, donde entre 1937 y 1939 anota "miedo a la guerra" varias veces, subrayándolo en 1938, y "Una conversación con Janusz: miedo, huir". Son los mismos pasajes donde permanentemente aparecen palabras como "angustia", "desasosiego", "nerviosismo creciente", "pánico".

Por otra parte, y esto es muy curioso, si Gombrowicz ya sabe que viene a vivir a Argentina, ¿por qué no prepara el viaje con un poco más de organización? Porque hay que tener en cuenta que llega casi sin dinero, casi sin ropa, sin despedirse de su familia y sus amigos. ¿Para no llamar la atención? Podrí­a ser, pero ¿por qué no traer algunos dólares más que le faciliten las cosas? ¿Porque cuenta con que la diáspora polaca lo ayude? Quizás, pero no parece un argumento concluyente. ¿Para que no lo acusen de desertor? No, porque como se puede leer en Trans-Atlántico, no es algo que le preocupe demasiado. Como miembro de cierta aristocracia polaca puede tener acceso a algunos contactos en Argentina, pero eso no es ninguna garantí­a. De ser un escritor en ascenso bastante rápido en su paí­s, a pasar desapercibido en otro, donde nadie escuchó hablar de él. De tener libros publicados y otro apareciendo en entregas como folletí­n, a no conocer en absoluto el idioma español.

¿No puede ser leí­do este viaje, en parte, como un autoboicoteo, como una decisión más emocional que racional que atenta contra sus intereses? En parte sí­. En parte hay mucho de juego: la ruptura con las formas, el quiebre con el destino (familiar, cultural, social, económico) que ya tení­a asignado en Polonia. Fuerza a "la Mano" a llevarlo hacia otros espacios. La inminencia de la guerra no solamente lo lleva a desertar por el pavor de morir en una trinchera, sino que puede verse afectado por otros motivos: por el asma, por el horror a respetar jerarquí­as rí­gidas en el ejército, por el espanto de defender con su cuerpo los ideales de una patria a la que aborrece profundamente.

Gombrowicz, entonces, llega a Buenos Aires sabiendo o por lo menos sospechando que va a quedarse, dispuesto a romper con todo y a pasarla mal. Si el precio que tiene que pagar es el desconocimiento literario, el exilio, el cambio de lengua, dormir en pensiones espantosas, no siempre tener para comer y alejarse de sus afectos, entonces lo paga. Pero no está del todo dispuesto a admitir que fue una decisión, y prefiere culpar el destino de su situación. No deja de ser curioso que el escritor que mejor escribe en contra de las formas se vea tan afectado por ellas y que, desde ese mismo momento, comience a construir un mito en torno a su llegada.