En la cancha se ven las yeguas

En la cancha se ven las yeguas

Sucias de Caucho (antologí­a de cuentos)

Autoras varias

Milena Caserola, 2018

112 páginas

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El epí­grafe que abre esta serie de nueve cuentos no es poca cosa: se trata, ni más ni menos, del relato del mejor gol de la historia del fútbol. Un hito en la historia del deporte, en la que los ingleses iban para un lado, pero Maradona, para el otro. Y este libro se planta en un año bisagra para la lucha por la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Es inevitable que la clave de lectura esté atravesada por el diálogo con lo que está sucediendo en nuestro paí­s, marcado a través de algunas sentencias firmes, como la que abre uno de los cuentos: "Jugar al fútbol. Nosotras jugando al fútbol" (pg. 51). El punto de partida podrí­a ser ese, ese espacio que tradicionalmente ha sido de los hombres, ahora ocupado por mujeres.

Pero la cuestión, tal vez, va un poco más allá.

Los cuentos son distintos entre sí­, en estilo, en aquello que relatan, aunque todos confluyen en el campo de juego. Y nos abren espacios hacia la fantasí­a de jugar con Mascherano, hacia lo catártico del juego, hacia cómo las redes sociales interactúan con nuestros relatos, los mistifican, o los vuelven parte de una bola de nieve interminable, descontrolada. Abrir espacio: hasta hace no mucho, se nos hací­a imposible pensar la cancha de fútbol como un espacio narrativo donde el amor y el desamor, los conflictos de pareja, la maternidad (o no), tuvieran un desarrollo. En otros espacios, sí­; en la cancha, no.

Y decí­a que hay un más allá: en algunos de los cuentos leemos a la protagonista relatando su primera vez en un partido. El disfrute, la incomprensión, la sorpresa. El fútbol se entiende de otra manera respecto a cómo lo vení­amos entendiendo. Se abre la cancha a sensaciones que pueden llevarnos mucho más allá de los aires de época de los que hablaba al principio, a algo que se vincula con el (auto)descubrimiento, con lo lúdico de la niñez, para aquellos que jugamos al fútbol desde momentos que ni siquiera recordamos. Y ahí­ podemos entender que hay mucho que perdimos en el camino y que todaví­a tenemos mucho que aprender.

¿En la cancha se ven los pingos? No, en la cancha se ven las yeguas. Y no nos confundamos, no les demos la bienvenida. El espacio ya es suyo.