Homenaje a Felisberto

Homenaje a Felisberto

Me deleito saboreando cada frase, cada animal persona, cada ventana mujer. De la mano de este hombre irí­a a cualquier lugar del mundo, aunque sé, lo sé intensamente, él prefiere a su madre por sobre todas nosotras. Por sobre todas las Anas, las Irenes, las Marí­as, las Hortensias, las Julias, las Celinas:  su madre. Igual, tanto me da, prefiero estar con él que nunca haber vivido con su mirada. Ir a su lado cada dí­a es como volver a nacer, aprendo a mirar esta casa en la que habito como si nunca antes hubiera sido descubierta.

Es por eso que mi amor por él me hace cometer cualquier clase de locura. Se me despierta en el pecho el alocado y sabio corazón y todo se realiza. Vivo en el mismo barrio que él, conozco las calles vací­as, las casas tranquilas y casi sumisas. Los jardines llenos de enredaderas y árboles que le dan misterio al barrio Atahualpa. Si no fuera por los jardines el barrio no pasarí­a de ser un modesto almacén que guarda gente en su interior. Cuando salgo a la calle traigo la sensación de estar caminando en la madrugada en el interior de una casa ajena en la que todos duermen menos yo.  Y sin embargo acá el sol está justo en el medio cielo y los árboles sacuden sus cabelleras para recordarnos a todos que estamos vivos, somos el viento y el cielo y las nubes. Camino por Juan José de Arteaga que me lleva por esas venas rieles todaví­a visibles de un tranví­a que ya no corre. Y al final de la calle ella. El misterio más grande del barrio es la Quinta de Vaz Ferreira, una casona monumental de dos o tres pisos, con una gran escalinata de mármol blanco en la entrada y el jardí­n del misterio. Monos, tigres y leopardos podrí­an habitar este jardí­n sin ser descubiertos. Es la clásica casa embrujada de los cuentos. Y ahora tengo la excusa perfecta para entrar, no sé que es lo que busco ahí­ adentro, pero necesito entrar. Ya no sé si lo sé, lo imagino o lo deseo: que el cuento "El comedor oscuro" fue escrito en esta casa. Inspirado en el comedor de esa casa. Basada en la relación de amistad entre Felisberto y Vaz Ferreira y las tertulias que sé se realizaban ahí­ estoy convencida de que tengo que entrar a buscar algo. Esta casa está siempre cerrada. Siendo niña me gustaba llegar hasta las rejas y merodear, como si estuviera mirando sin ver, como si no tuviera nada que hacer ahí­. Buscaba como un cazador algo ahí­ adentro que denotara vida animal. O humana. También animal. Pájaros. Sólo alcanzaba a ver pájaros que se moví­an entre los árboles. Cada vez que me iba, en el cuerpo se quedaba la sensación de que alguien me veí­a desde adentro, alguien a quien yo no llegaba a ver completamente pero sí­ a percibir.

Con la excusa de realizar un espectáculo homenaje a Felisberto y que deberí­a realizarse en esa casa debido a que el cuento estarí­a basado en ese comedor vuelvo a casa y agarro la guí­a de teléfonos.  La de apellidos. Y busco por la V: Vaz Ferreira. Hay muchos más de los que supuse, más de treinta. De todas formas selecciono los que por las caracterí­sticas del número telefónico están en el mismo barrio o muy cerca, y entre ellos a las mujeres. Un hombre no se interesarí­a por el misterio como lo hace una mujer.

Elijo una de ellas al azar, marco el número y espero que suene. Nadie atiende. No intento con otros, la elección ya fue realizada, llamaré cerca del mediodí­a a la hora en que con seguridad alguien almuerza en esa casa. Con una birome azul subrayo el número y dejo descansar la guí­a abierta sobre la mesita del teléfono.

La mujer resulta ser la nieta de Vaz Ferreira, y profesora de literatura. Primero desestima absolutamente que este cuento haya estado inspirado en el comedor de esa casa, pero llevada por la curiosidad y tal como me dice: "quiero conocer a la persona que trama tamaño disparate" me da cita en la reja para entrar juntas al mediodí­a del dí­a siguiente.

No hay nubes, el cielo es celeste intenso, nos encontramos y ella abre la reja antes de ni siquiera saludarme. Me observa y toma distancia. Quizás se haya arrepentido de consentir esta visita pero no tiene otra opción que hacerla. El jardí­n ahora tiene olor a sagrado, este bosque podrí­a haber guardado seis o siete ermitaños, el olor es dulce y parece haber un microclima tropical. El sol brilla con fuerza sobre nuestras cabezas cuando llegamos al pie de la escalinata de mármol. Ella sonrí­e, como sonrí­en los que saben que detrás del encuentro hay algo que no se entiende. Su cuerpo se mueve con libertad, como dueña de todas las llaves del reino; el pelo castaño descubre unos ojos negros y movedizos, tienen algo de perro caniche.

Abre la puerta que es tan alta que yo entrarí­a parada sobre los hombros de ella, y todaví­a podrí­a llevar a alguien sobre los mí­os. En la parte superior un vitral deja pasar la luz solar tiñiéndola de colores: rojo, amarillo, naranja.

Entramos y la casa tiene el aire de la iglesia, ese silencio esconde todos los murmullos, todos los pedidos, todos los llantos bajitos, los orgasmos suspirados y toda la música. Efectivamente el comedor es muy luminoso lo que descarta inmediatamente que haya sido el inspirador de "El comedor oscuro". Aunque esto ya lo sabí­a, ella sonrí­e.

Tengo la impresión de que todos los seres de esta casa tuvieron que huir a gran velocidad, dejando el aire de sus pulmones en cada rincón. Es una casa habitada, se presiente en el vací­o el alma de las personas.  Puedo escuchar a los niños que suben y bajan las escaleras de madera a las corridas y riendo. Veo un piano, y junto al piano a Felisberto. Me acerco, acaricio la tapa de madera esperando encontrarme con su mano, dejo que me toque, me descubra. Puedo percibir su transpiración nerviosa en las manos. Contengo la respiración.

Ella me quiere llevar a otras partes de la casa, está parada en la puerta de esta habitación y me mira con curiosidad. No me muevo, me quedo suspendida ahí­ al lado del piano. Espero escuchar que me dirá en secreto. Los cajones. Sugiere que revise los cajones. Camino hasta un secreter que está en la misma habitación y abro un cajón. Cartas, notas, una factura de luz de otra época, todo como si alguien estuviera acá todaví­a. Ella se acerca y lo cierra de golpe: "Esta casa está llena de secretos, pero queremos que así­ se quede", dice, y yo sonrí­o nerviosa. Estira su brazo hasta una lámpara en el techo, mueve una varilla y en la esquina de la habitación se descorre una puerta. Un pasadizo, un escondite. Camino hacia él. Ella lo cierra y me habla de lo que es necesario ocultar. Recorremos el resto de la casa en silencio, no me quiero perder el aliento de Felisberto que me acompaña paso a paso. Ahí­ estabas. Escondido.

 

Balneario Solí­s, 30 de mayo 2018