Razones para leer a Nicolás Lapido

Razones para leer a Nicolás Lapido

Conozco la obra de Nicolás Lapido, que está compuesta de novelas, cuentos y algún poema suelto. Muy poco de ese material está publicado, en alguna antologí­a. No tiene libros propios y no creo que eso le genere preocupación. Nico escribe, con regularidad, por el puro placer de escribir, y cada vez que termina algo, empieza con otra cosa. Un cuento lo lleva a otro cuento, una novela lo lleva a otra novela y su obra se vuelve cada vez más ancha y variada. Pero con ciertos elementos comunes: historias incompletas, que empiezan ya en curso y terminan antes de tiempo. Una ironí­a contenida, mezclada con una tristeza que nunca se despliega del todo.

El barrio de Mataderos es uno de los espacios más frecuentes de su ficción. Y uno de los personajes, también frecuente, que atraviesa sus textos, es el padre. El padre del narrador protagonista, que va contando diferentes situaciones vividas con ese padre que ya no está, pero que le dejó un conjunto de historias y saberes que fueron dándole cuerpo a sus dí­as. Tal vez ese sea uno de los momentos que más me gustan de la ficción de Nico, algo que podrí­a denominarse así­: "hacerse hombre". Como podemos leer en su cuento "Santa Teresita". El padre, de pocas palabras, el hijo, siguiéndolo sin querer molestar, cerca y lejos a la vez. Aprender a pescar es aprender muchas otras cosas, en ese mundo de hombres solitarios.

"Le pregunto a mi viejo si podemos tirar el balde de nuevo al mar", dice el narrador. "í‰l me mira, un poco sorprendido. Tarda en responderme. Abre la boca como para decir algo, pero no lo escucho".

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Santa Teresita

 

El viento me golpea en la cara. Se filtra por los escasos huecos que dejan el pasamontañas, la bufanda y la capucha de la campera. Mi viejo también está abrigado. Se puso dos guantes en cada mano. Vamos caminando. Los tablones de madera amortiguan nuestros pasos, hundiéndose un poco. Observo el mar espumoso y revuelto. Los mejillones que se aferran como garrapatas a los palotes pintados de verde.

A medida que avanzamos, la distancia entre el mar y el muelle aumenta. Empiezo a marearme y trato de enfocar la vista hacia la costa. Santa Teresita está iluminada y dispersa. La bruma de la madrugada esconde el resplandor amarillento de los edificios amontonados al borde de la playa.

Me da miedo el mar. En realidad, me da miedo caerme. No saber nadar y ahogarme. Me dan miedo las caras de los pescadores. Arrugadas. Curtidas por el sol o por la noche. Observo a todos esos hombres apoyados contra la baranda. Algunos esperan sentados en un banco. Los brazos cruzados, tratando de olvidarse del frí­o. Vigilan sus cañas con la mirada. Otros sacan exageradamente su cuerpo por fuera de la baranda para poder tirar el medio mundo. Están por caerse, pero no se caen. Me tapo los ojos. Estoy esperando el momento en que uno de ellos desaparezca. Escuchar el ruido de un cuerpo chocando contra el agua. Los gritos de auxilio. La gente amontonándose. Me agarro fuerte del pantalón de mi viejo. Me agarro a la altura de la rodilla, a él se le hace más difí­cil caminar, pero sigue avanzando.

A lo largo del muelle los baldes con pejerreyes muertos o a punto de morir forman un sendero. Encontramos un banco desocupado a unos pocos metros. Me siento. Lo veo a mi viejo preparar el medio mundo. Engancha la red en forma de cí­rculo al palo de madera. Me muestra un papel. Es la tabla de mareas que le dieron a la entrada.

—Esta es la mejor hora —me dice. Me habla de la posición de la luna, de unos cálculos matemáticos.

—¿Para pescar hay que saber matemática? —le pregunto.

—Pescar es una ciencia —me responde y después agrega—: intuición y ciencia.

Señala a los pescadores que están inmóviles, casi dormidos. Me dice que ellos perciben cuándo va a haber pique. Unos segundos antes ya lo saben. Eso es la intuición. Darse cuenta de las cosas antes de que sucedan. Me quedo pensando en eso mientras él empieza a tirar el medio mundo. Lo veo sacar su cuerpo fuera de la baranda. Los brazos, sobre todo. Estira el brazo derecho para que el medio mundo se hunda en el agua. Se queda así­ unos segundos. casi acuclillado y con su cuerpo torcido, tratando de mantener el equilibrio. Saca el mediomundo, comprueba que no hubo pique y lo vuelve a tirar.

Le digo que tenga cuidado. No quiero que se caiga. í‰l se rí­e y me dice que no pasa nada. Algunos pescadores se acercan.

—¿Sale algo? —le preguntan.

—Hasta ahora nada —responde.

—A nosotros se nos escapó una raya recién. Grande. Hermosa estaba.

—Qué mala suerte. Por acá ni una mojarrita…

A mí­ también me hablan. Me hacen chistes y señalan el balde vací­o. Yo me tapo la cara con la bufanda. Tapo mi expresión, mezcla de enojo y de miedo. Entonces mi viejo me llama. Me muestra un manojo de cornalitos atrapados en la red. Los saca y los metemos en el balde. Vuelve a tirar el mediomundo y de nuevo hay pique. Ahora el manojo es mucho más grande.

—Se viene la buena racha —dice, riéndose.

El balde se empieza a llenar. Yo veo a los cornalitos dando sus últimos coletazos. Con el oxí­geno saturándoles las branquias. Algunos pegan saltos tan altos que caen fuera del balde. A esos los agarro y los devuelvo al mar. Siento lástima por ellos. Creo que soy el único en todo el muelle que siente lástima por ellos.

Le pregunto a mi viejo si podemos volver, si podemos tirar el balde de nuevo al mar. í‰l me mira, un poco sorprendido. Tarda en responderme. Abre la boca como para decir algo, pero no lo escucho.

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Nicolás Alejandro Lapido nació en el barrio de Mataderos, Buenos Aires, Argentina, en 1986. Hace un par de años se mudó del barrio que lo vio crecer, aunque siempre piensa en volver. Estudió Ciencia Polí­tica en la UBA y tuvo un paso fallido por la carrera de Ciencias Antropológicas de la misma universidad. Algunos de sus cuentos recibieron menciones especiales en diferentes concursos y fueron publicados en las siguientes antologí­as: Yo te Cuento Buenos Aires II (Edición Bicentenario, 2011), Nueve (Edición Textos Intrusos, 2013), Las Mejores de las Cosas de la Vida no son Cosas (Edición Allianz Argentina, 2014).