Razones para leer a Isabel Santos, por Claudia Cortalezzi

Razones para leer a Isabel Santos, por Claudia Cortalezzi

"Creyentes" es uno de los cuentos que mejor representa la escritura de Isabel Santos. Isabel empezó a escribir de grande, pero es muy lectora, de ahí­ su estilo sencillo y claro. Muchos detalles de tantas lecturas se van entramando en sus escritos. Ella escribe principalmente ciencia ficción, una ciencia ficción sin demasiada tecnologí­a, donde muchas veces prima lo biológico, y hasta lo metafí­sico. Nos trae universos diferentes que interactúan con este mundo. Y ahí­ se destaca la naturalidad con que sus personajes toman los cambios y se suben de lo cotidiano a lo extraño, que para ellos no es para nada extraño. Lo que siempre lleva al lector a un viaje muy placentero.

Isabel publicó su primer libro, y después arrancó a hacer talleres. Pero, como es muy activa, no hace un taller sino tres: uno a cargo de Teresa Mira de Echeverrí­a, el de Pórtico CF y el que yo coordino. Algo que le viene dando buenos resultados: varios de sus cuentos aparecieron en publicaciones del género. Este cuento, "Creyentes", integra la revista colombiana Sinestesia.

Si bien el nombre Isabel Santos es bastante nuevo en la ciencia ficción argentina, sus cuentos tienen la garra suficiente para llevarlo a otros universos; donde ella, al igual que sus personajes, se moverá con la mayor naturalidad del mundo.

Claudia Cortalezzi

 

Creyentes

 

La nave dio señales de estar cerca de su muerte súbita.
Un visionario meditaba esa desgracia saboreando una copa de vino en uno de los bares de la nave. Alejado en un rincón, intentaba pasar desapercibido, leyendo.
Al ver que un grupo de musicales entró al bar, el visionario intentó salir. Y no pudo hacerlo, porque lo encaró una avalancha de aromáticos que entraban en procesión con antorchas de palo santo.
Sin querer ser parte, se vio en medio de un brindis general.
Un sacerdote pidió silencio y propuso el recitado de profecí­as. Todos acordaron una batalla de salmos. Aromáticos y musicales desplegaron su arte.
Aprovechando un intervalo, el visionario pudo salir del bar. Su falta de fe lo hací­a sentirse más triste en medio de todo ese júbilo religioso.
Cada vez era más difí­cil estar solo. Los creyentes tení­an otro ánimo y ocupaban los bares para festejar la llegada del juicio final. Confiaban en que se cumplirí­a la profecí­a que decí­a que la nave los salvarí­a de la muerte. La resurrección habí­a sucedido siempre, y cada religión llevaba la cuenta a su manera: cinco aromas, cuatro ritmos.

—¿Cuántas cápsulas de incienso quedan? —preguntó Zeta, chequeando los contenedores de provisiones que se guardaban en el control.
—Tranquilo —dijo Alfa, consultando el stock en el ordenador—, van a alcanzar para toda la temporada.
—Vos y tus decisiones —insistió Zeta—. Odio el incienso.
—Me toca elegir a mí­, Zeta, y voy a elegir aroma.
—Incienso... ¿Te parece?
—El incienso los va a equilibrar. Y tendremos menos trabajo para mantenerlos vivos.
— ¡Odio a todos estos humanos! El dí­a que encontremos al que nos puso acá en la nave para cuidarlos, lo fulmino.
—¿Qué decí­s, Zeta? El que nos puso acá ya debe estar muerto.
Zeta salió del control y pasó por la sala de vestuario. Se puso la capa de visionario y observó que no hubiera ningún aromático en la reja del pasillo. Abrió la compuerta invisible y se dedicó a observar a los humanos sobrevivientes. Quedaban bastantes.
La nave ya estaba llegando al sol, el cual los reabastecerí­a de energí­a. Podrí­an volver a accionar el circuito de regeneración vital y conservar algunos humanos vivos, otro ciclo más.
Dada las dimensiones de la nave, Zeta habí­a elegido un recorrido especí­fico. Sobrevolarí­a por algunos sectores elegidos al azar, para armar las estadí­sticas en el control.
Iba contando o descartando, según el estado de sus signos vitales. Algunos no sobrevivirí­an la muerte súbita.
Los aromáticos hací­an filas de reemplazo en cada rejilla del aire acondicionado. Intentaban agudizar el olfato para notar cualquier cambio en el aroma del oxí­geno. Un milagro que no habí­a ocurrido, pero que gracias a Alfa iba a ocurrir.
—¿Para qué esperan haciendo filas? —preguntó Zeta al primer aromático lúcido que encontró.
—Todos queremos ser el elegido —dijo uno.
—Estar justo en el momento en que reviva la creación —contestó otro.
— ¡Dar la noticia del triunfo de los aromáticos! —gritaron todos.
Zeta siguió contando.
Los musicales acostumbraban a reunirse para sus rituales en la zona de motores. Danzaban al ritmo de los sonidos casi imperceptibles de los motores de la nave. Y ya quedaban pocos para sumar en las estadí­sticas. Exhaustos por los canticos y los bailes, deliraban afectados por la falta de oxí­geno.
Quedaban por contar los visionarios. Pero como Zeta simulaba ser uno de ellos, los conocí­a muy bien, y ya sabí­a de los dos o tres lugares donde se refugiaban del agobio de la vida religiosa.
Fue directo a esas zonas.
Los visionarios no necesitaban estadí­sticas. Se podí­an contar directamente y saber cuál era el número exacto en la nave.
Cuando finalizó el recorrido, Zeta subió a los controles a cargar los datos y a esperar el renacimiento.
Alfa ya habí­a hecho el cálculo: diez segundos después de la muerte súbita. El renacimiento tendrí­a esa demora.
Algunos no iban a resistir el trauma de fe. Algunos no podrí­an seguir creyendo sin ver los resultados, durante esos diez segundos de demora entre la muerte y la resurrección.
Aunque era Alfa el de los cálculos, era Zeta quien siempre insistí­a en reprogramar la nave con retardo. Cambiar órdenes y hacerlas pasar por errores, para así­ matar algunos humanos más, sin que se notara demasiado. No podí­an desobedecer lo programado en ellos mismos. Pero tení­an esas válvulas de escape, y Zeta las usaba para sacarse trabajo de encima.
Si pudiera descubrir quién los habí­a programado a ellos y desde dónde los controlaban, podrí­a arriesgarse más. Pero no lo sabí­an. Zeta ni siquiera sabí­a que él era un ciborg, se creí­a una máquina.
—0, 1, 2, … …, 8, incienso, 10 —contó Alfa. Y la nave reinició sus sistemas.
El primer aromático en descubrir el milagro fue Nihil, por lo cual se hizo famoso.
Enseguida se organizaron los festejos. La nave estaba viva y con toda la fuerza de una resurrección poderosa. Se vieron los cambios: azules, verdes, anaranjados, rojos. La vida en la nave volvió.
Nihil y su rejilla se transformaron en un santuario.
Se formaban filas de creyentes para tocarlo a él y a la rejilla. Todos querí­an estar donde se habí­a percibido el aroma a incienso por primera vez.
El incienso se percibí­a en el aire y, para estar a tono con los tiempos, Alfa dejaba salir más aroma a incienso, en esa rejilla en particular, donde estaba el santuario. Para ayudar un poco al comienzo de la nueva religión: nihilista, en honor a Nihil, su creador.
Zeta y Alfa se ocuparon de calibrar los sistemas para que se pusiera todo en marcha. Muchos programas superfluos habí­an sido desactivados para reservar energí­a.
Atareados con eso, casi no salí­an a la zona habitada por los humanos. Sin embargo, Zeta tení­a que aparecer, porque algunos visionarios reclamarí­an su presencia, al no contarlo entre los muertos por la resurrección retrasada.
Nihil hací­a alarde de su fortuna, aspirando el incienso en grandes cantidades. Se habí­a instalado un habitáculo justo al lado de la rejilla del milagro.
Sin que se lo propusiera, su cerebro asoció ese aroma a un color. Lo fijó de tal manera que Nihil no podí­a ver a las personas como las veí­a antes. Cada vez que se enfrentaba a un ser humano, lo veí­a verde.  
Desde los controles, Alfa y Zeta observaban lo que pasaba en el santuario. O Nihil era muy buen actor, o realmente algo le habí­a pasado a su cerebro.
—Te dije, Alfa —dijo Zeta—, que el incienso es peligroso.
—Tonterí­as, está exagerando el papel.
—Alfa, no puedo pasar cerca de Nihil. ¿Escuchaste lo que dicen? ¿Y si es verdad?
—Estamos bien camuflados, Zeta. No puede darse cuenta de que somos máquinas. ¿Qué nos va a ver? ¿La cabeza de color metalizado?
— ¡Estúpido! Ya sé que tenemos la capa camaleónica, pero, ¿y si no alcanza con eso para que nos vea verdes? ¿Y si nos ve metálicos?
—¿Vos le crees a ese Nihil, Zeta?
—Dado que, conozco a ese aromático, no se me ocurre que esté mintiendo. Lo voy a dormir y lo vamos a traer acá para estudiarlo.
— ¡Estás loco! —dijo Alfa—. ¡No vas a traerlo! —Pero se ordenó a sí­ mismo investigar el fenómeno de la sinestesia.
Zeta salió como siempre a hacer sus recorridos programados por la nave, evitando esta vez la rejilla de Nihil.
Los musicales habí­an perdido la fe. En los primeros dí­as de resurrección, todos los habitantes se habí­an hecho nihilistas o visionarios.  
El incienso habí­a sido una buena elección: menos conflictos.
La nave parecí­a haber reaccionado bien. Todo estaba funcionando a la perfección. Zeta ya estaba a punto de irse al control, cuando Nihil lo llamó, pero sin hablarle. Percibí­a el llamado, pero no el sonido de su voz.
Y cuando quiso huir de la perturbadora situación, Nihil llegó corriendo por un pasillo, sus seguidores le pisaban los talones.
Lo miró directamente a la cabeza y le dijo:
—¿Por qué solo veo verde toda tu cabeza? —Y sin esperar una respuesta. Nihil  remató—: Vos no sos humano. —Lo miró de arriba abajo. Y trató de tocarle el cuerpo, que Zeta ocultaba debajo de la capa de visionario.
Un murmullo se generalizó.
Alfa, que estaba viendo la escena en los monitores de observación, tomó la decisión de responder a ese remate. Hizo salir de la rejilla del pasillo un relajante muscular y un somní­fero, que los dejó a todos dormidos y apilados unos sobre otros.
Zeta aprovechó para huir, antes de que se despertaran.
—Explí­came qué pasó, Alfa. —Zeta no salí­a de su asombro.
—Investigué sobre sinestesia. Nihil te vio como sos.
—¿Por qué me dijo que me veí­a toda la cabeza verde?
Y Alfa contestó:
—Zeta, es hora de que lo sepas. Vos y yo no somos máquinas, somos ciborgs. Somos robots con cerebro humano. Somos los únicos sobrevivientes de la tripulación de la nave que construyeron los humanos cuando abandonaron la Tierra.
Y Zeta, como si hubiese sido bautizado de humanidad, se descubrió haciendo una insólita pregunta:
—¿Podemos morir igual que los humanos?
—Vamos a vivir mientras la nave viva —dijo Alfa—. Quizás algún dí­a ocurra un milagro, y podamos hacer contacto con otros seres vivos. Quién te dice que no estamos solos en el universo.
En la nave, Nihil se despertó sin comprender lo que le habí­a pasado. Todos los que lo rodeaban estaban igual que él.
Mientras iba caminando hacia su rejilla, percibió otra vez el color verde. Pero no solamente en las personas.
Siguiendo sus nuevos instintos, miró al espacio, y sonrió diciendo algo en voz alta, como si fuera un profeta:
—Veo un camino con color humano en el espacio. Y ese camino llega hasta esa estrella. —La señaló.
Alfa y Zeta, que observaban todo desde los controles, tomaron el gobierno de la nave por primera vez. Marcaron el curso señalado por Nihil, y se prepararon para el milagro.

 

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Isabel Santos nació en 1965, es argentina y vive en Buenos Aires. Participa de la Tertulia de Ciencia Ficción de Buenos Aires. Concurre al taller de corrección de Claudia Cortalezzi, al taller de literatura creativa de Teresa Mira de Echeverrí­a, Exégesis, Pórtico.
Estos son sus cuentos publicados: "Infrarrojo", en Ficción Cientí­fica; "Rosita", en Futuro Imperfecto, antologí­a de Pórtico CF, 2018; "Silé", en la revista Axxón 283; y "Creyentes", en la revista Sinestesia, Colombia.
Tiene un libro editado: Cuentos, 2013.
Página web: https://www.facebook.com/IsabelSantosCuentos/