Conversación

Conversación

Vuelvo muchas veces a los poemas de Diana Bellessi. Especialmente, a aquellos que por algún motivo suelo llevar a los talleres que coordino o a esos pocos que tengo en la memoria, no con su forma precisa, palabra por palabra –soy incapaz de recordar con exactitud–, sino como una imagen, un imán que trae con él escenas, pensamientos, respuestas. También vuelvo a las conversaciones viejas, porque Diana es de esa gente a la que he escuchado con más atención en la vida. Sin embargo, ahora que vivo tan lejos y corro de casa a un taller y de ahí­ a la escuela de mi hija o a llenar formularios en la computadora y después a otro taller, cuando me invitaron a escribir sobre ella, no encontraba por dónde empezar. Decidí­ leer unos apuntes viejos, volví­ a los poemas de su último libro, y fue como cuando dos se reencuentran, después de meses o años, y la conversación arranca desde donde la dejaron. No la conversación real, sino esa conversación que se mantiene con la voz de la otra persona cuando resuena en una.

 

Cuando se hace la palabra bosque / en mi cabeza

 

Leo en orden los poemas de su último libro, el libro del regreso a Zavalla, el pueblo natal. Ya no leo como antes. Todaví­a me asombra el bosque musical en la cabeza, pero ahora conozco el pueblo en el que nació mi amiga. Lo recorrí­ hace unos años como quien visita un lugar preciso –las calles tranquilas, una casa blanca, las ví­as en desuso– y también como si hubiese sido invitada a hacer un viaje extrañí­simo por la memoria de alguien, mirando cada cosa en relación a una vida. Ahora, mientras leo, puedo ver el Parque Villarino en el que el padre de Diana trabajó durante un tiempo y tardó mucho en cobrar o no cobró; imagino a Leticia acariciando una paloma y le conozco el brillo en los ojos; veo a la tí­a Coca, su sonrisa cuando nos invitaba con un pan dulce marmolado; veo el pueblo adornado para la Navidad; recuerdo el calor, recuerdo el cementerio en donde hay una tumba que habla de un ciruelo. Al leer este libro reconozco, sobre todo, la voz de Diana, su tono, los detalles en los que detiene la mirada, esa manera de llevarme, en un poema, de un lugar familiar a otro inesperado sin que yo sepa cómo está sucediendo eso ni quiera parar a descubrirlo, hasta que vuelvo atrás para buscar el puente. A veces lo descubro y otras acepto la alegrí­a de perderme en el bosque.

 

pero ya / no vuelven más, y con su sombra / enfrentarás el mundo inmenso

 

Encuentro acá también algo muy nuevo, una manera de decirse huérfana y así­ decirse, para siempre, hija, una forma casi maternal de llamarse rubia mí­a. Me acuerdo de unos versos de Mate Cocido: "Pero me voy volviendo / yo también, cosa tierna, / la fila de los que entran / al umbral de recuerdos" y pienso que, en este libro, la ternura gana el permiso completo, y la poeta extiende la mirada amorosa, atenta, sobre sí­ misma, pastito entre los pastos, voz entre las voces que componen la pequeña voz del mundo.

¿Y yo? Acá estoy leyendo sus poemas tal vez veinticinco años después de conocernos. Alejo el libro, las letras son muy chicas y, aunque es mediodí­a, como una vieja prendo la luz. Leo Fuerte como la muerte es el amor ahora que soy en parte huérfana. "ya / no vuelven más", no, tampoco volverá mi padre, y al igual que ella, que se acuesta con lágrimas, me desvelo en mitad de la noche para consolar las pesadillas de mi hija, que pronto se duerme de nuevo, mientras yo quedo sola extrañando todaví­a y para siempre el abrazo de mi padre.

 

ese libro sin nombre al que llamo / Zavalla

 

Me pregunto qué me mantuvo escuchando con tanta atención a Diana desde los veintitrés años hasta hoy, lectora, alumna, amiga, grabándola para un documental, escribiendo lo poquito que pude acerca de sus poemas. Hay muchí­simas razones que me parecen ciertas. Sin embargo hay un rasgo suyo que descubrí­ entonces y me sigue conmoviendo ahora, su corazón capaz de contener, con igual intensidad, agradecimiento y rebeldí­a.

Casi no hay poema, en Fuerte como la muerte es el amor, en el que no aparezca el nombre Zavalla, repetido con el gusto con el que se repiten los nombres queridos. En Zavalla, está la infancia y las ruinas de la infancia, allí­ están las ausencias, están la hermana, el sobrino, el cuñado, unos pocos amigos y parientes. En Zavalla, siente necesidad de señalar el disgusto con una frontalidad que no le conocí­a en los versos y que me hace pensar en aquella chica que se fue del pueblo: qué hago / en este joven pueblo / de mierda donde nadie sabe / un poema y de sus héroes  / menos sabe, de los bichos / y flores invisibles / y tampoco de los negros / del otro lado de la ví­a. En Zavalla, están esos bichos, y esas flores y los negros del otro lado de la ví­a donde estuvo siempre su casa. En Zavalla, está el recuerdo de la gente de antes y su forma discreta de ser héroes. La vida como un libro. A Zavalla, vuelve la hija.

 

donde se alza la chacra / las ruinas de mi infancia

 

Cuando grabábamos para el documental El jardí­n secreto, Diana nos llevó a conocer las ruinas de la chacra que habí­a sido de su familia. En medio de los árboles, a la sombra, solo quedaban unos pocos escombros, difí­ciles de filmar y extrañamente verdosos por la luz que llegaba a través de las hojas. Afuera de ese bosquecito, el calor era fuertí­simo. Igual nos sacamos fotos, juntamos girasoles y le pedimos a Diana que leyera Detrás de los fragmentos sentada en una piedra. Todos estábamos cansados, pero ella lo hizo sin quejas. Leyó entero ese poema largo, que era uno de los favoritos de su padre, y mientras ella leí­a, comenzó a atardecer. La escena quedó así­, como habí­a sido: una voz que recoge los fragmentos, las hilachas de las historias que escuchó, una voz que reúne lo que fue y lo que puede ser y nos sostiene mientras se va la luz, como cuando de niñas nos contaban cada noche una historia para dormir sin miedo.