Mi poeta favorita del mundo mundial

Mi poeta favorita del mundo mundial

Hace un tiempo lxs chicxs de Outsider me invitaron a escribir una semblanza para este número especial que dedican í­ntegramente a Diana Bellessi. Acepté porque siempre les digo que sí­ a los chiques de Outsider, no por obligación o porque diga que sí­ sin ponerme a pensar las cosas, sino porque invariablemente me parece bien lo que proponen y, sobre todo, lo que hacen para generar y divulgar (qué horrible palabra "divulgar", suena a Facundo Manes con la neurociencia) literatura.

Otro tanto accedí­ porque sé que ellos saben que nunca hago exactamente lo que se me pide pero, justamente como ya lo saben, no les importa o, al menos, yo creo que no les importa y me relajo. Por eso es que ya llevo diez lí­neas hablando de cualquier cosa menos de Diana Bellessi.

Resulta casi evidente que ellos sabí­an que no me ajustarí­a a la elaboración de una semblanza porque no tengo la menor idea de lo que significa académicamente y jamás escribirí­a una "descripción fí­sica y/o moral generalmente acompañada de una breve biografí­a, acontecimientos importantes y pequeños recuerdos ...", como sugiere la definición wikipidiana de "semblanza".

Diré, para que finalmente este texto se publique, que lo que estoy haciendo es una semblanza informal, un pequeño texto lejano a cualquier estereotipo sobre Diana Bellessi (y sobre cualquier tipo de semblanza). Esto implica algunas limitaciones a la hora de utilizar secuencias históricas. Nada de ponerme a contar cuando...

–¿Otra vez vas a decir que recorrí­ América a pie?

–Toda América, Diana. ¡Y eras tan chica!

–Qué aburrimiento, mi querida, eso ya lo dijeron mil veces, a quién le importa.

De modo que ni siquiera para sumar caracteres puedo contar que Bellessi fundó la cooperativa editorial Nusud, de cuyo catálogo me "obligó" a formar parte. O repetir, aunque más no sea porque el público se renueva, que obtuvo la beca Guggenheim, la beca Trayectoria en las Artes de la Fundación Antorchas y el Premio Nacional, entre tantos premios. (Más divertido que enumerar sus galardones serí­a lograr que imaginen la cara que puse aquella vez que me pidió que le sostenga un premio que acababa de recibir (no diré cuál para que nadie se ofenda y ella no vaya a fijarse si se nota) y a los pocos minutos de tenerlo se me partió al medio. Literalmente al medio. Salí­ corriendo a comprar la gotita en el kiosco de la vuelta para pegarlo y hasta hoy –dios quiera no esté leyendo estas lí­neas– nadie notó el emparche.

Para mí­ Diana es Diana. Y seguirí­a siendo Bellessi aunque no tuviera todas esas merecidas medallas (incluida la que partí­) que atesora. Porque ya lo era cuando la conocí­ y, aunque ya habí­a dado la vuelta a América a pata, yo no le daba importancia a esa aventura ni tení­a conciencia de con quién compartí­a cada jueves de 19 a 21 en su casita de la calle Zapata (esa que no tení­a teléfono y para comunicarme tení­a que dejarle mensaje en una casilla telefónica que no era otra cosa que la changuita de un vecino que se ocupaba de tomar los mensajes para Diana y todo el barrio).

Considero que cada poemita suyo (como le gusta llamarlos) serí­a igual de enorme sin esos premios que, además, "empecé a recibir de grande", como siempre me aclara. Bueno, cuando ese reconocimiento llegó de manera rutilante, Diana Bellessi para mí­ ya era Diana Bellessi, así­, con todas las letras (aunque siempre me retaba porque escribí­a Belessi o Bellesi, jamás Bellessi).

Tengo la suerte de aprender a diario de la grandeza y sabidurí­a de Diana, de ese don enorme que tiene para mandarme a leer justo lo que me va a servir en determinado momento para determinado texto o determinada situación. Y disfruto como loca de cada encuentro donde piensa y me hace pensar sobre mi propia escritura y lo que puede significar o no la suya (aún hoy que hace años que no superviso mi producción con ella). Sin embargo, no hay nada que disfrute más de mi adorado ví­nculo con Diana que nuestros viajes a Zavalla mirando la ruta, el horizonte, algún pájaro perdido, o a nosotras mismas perdiéndonos en los cruces de la autoví­a siempre en el mismo lugar. No hay vez que recorra la ruta de Rosario a Zavalla en la que no me resuene con ternura la voz de Diana:

–Cuidado, Ingricita, que esa ruta es muy peligrosa.

Y yo la burlo con amor infinito:

–Sí­, Dianita, voy a bajar la velocidad para atravesar "la curva de la muerte".

Entonces me vuelve a contar del accidente donde murieron un montón de estudiantes y yo me asusto en serio y voy a 20, dos kilómetros antes y los tres siguientes de la oscura curva de la muerte. Y me persigno cada vez que la atravieso, como agradeciendo al universo.

Si hubiera que elegir (que por suerte no hay por qué) un momento, me quedarí­a contemplando eternamente el entusiasmo con el que planificó durante años su viaje a África (que recién concretó el año pasado). O la pasión y paciencia con que buscó su escultura de la familia de Etiopí­a que tardó meses en atravesar el océano y nos llevó tanta burocracia y sudor (enero, plena ola de calor) recorriendo laberintos aduaneros del aeropuerto internacional de Ezeiza con esa alegrí­a contagiosa que solo ella puede transmitir por algo tan chiquito y enorme a la vez: por fin tendrí­a su pieza tallada a mano en ébano para llevar a casa.

Con Diana tenemos una mini grieta que nunca pondremos saldar. Ella dice que me conoció cuando yo tení­a 14 años y yo digo que la conocí­ a los 15. Son unos meses de diferencia, nada importante, pero no hemos logrado establecer la fecha exacta. Se darán cuenta qué poco tiene que ver este dato con una descripción fí­sica y/o moral y que es un detalle que podrí­a ser más relevante en una pequeña biografí­a mí­a que en la de ella.

Usaré este texto, muy probablemente, para hablar de Bellessi no como poeta sino como mi maestra, mi amiga y, en los últimos difí­ciles años, mi compañera de resistencia y esperanzas compartidas.

Cuando yo era chica, porque ahora todos tenemos la misma edad, pero en los 80 yo era más chiquita, Diana me insistí­a todas las semanas de la vida con la misma pregunta:

–Ingricita, ¿por qué no probás con escribir poesí­a?

Y yo, inequí­vocamente, todas las semanas respondí­a:

–No me sale, no sé, no me sale, no sé.

Hasta que un dí­a, ya cansada del reclamo, le llevé un poema. ¡Una porquerí­a! Habí­a hecho un cuento que, en lugar de escribir en horizontal, escribí­ en vertical, sin el menor sentido del ritmo ni de nada. Entonces Diana, que hoy es mi amiga, pero siempre fue una maestra muy rigurosa, me dijo: "Mejor, seguí­ con los cuentitos". Y yo un poco le hice caso.

También logré enojarla muchas veces cuando repetí­a con aire de superada: "No entiendo la poesí­a, no sé para qué sirve, no me conmueve". ¡Canas verdes, le he sacado a esa mujer! Nunca me echó, pero cuando a los treinta y pico repetí­ la misma cantinela, me miró seria. No estaba enojada, era frustración lo que sentí­a:

–Ya sos una mujer. No digas eso, queda feo, Ingrid…

Así­ que hoy no lo voy a decir. Pero después de tantos años lo que puedo asegurar es que más que leer la obra de Diana, la escuché. O, mejor dicho, la oí­. Y muchas veces se convierte en imágenes que podrí­an narrar mi vida cotidiana. Por ejemplo, pasa algo y me suena una voz que dice: "tener lo que se tiene" o "como es tanto mejor nada" o "como hablar con el reflejo del espejo y no con quien se mira en él". "Todo canta che, todo y no se sabe/ de qué diablos nos alegramos tanto". O, este que durante tanto tiempo me acompañó: "Sola, de una colmada soledad". Y bueno, eso. Para mí­, rebeldona del canon y la teorí­a literaria como soy, eso es la poesí­a.

Ahora que ya me acostumbré a escribir esto que tendrí­a que ser una semblanza que no es, voy a contarles un par de anécdotas que son mi manera de presentarla porque Diana es todo lo que es y también poeta. Todo el dí­a lo es. Por eso me gusta poder abordarla desde otro lugar, ese que, por ejemplo, la hace insistirme una y otra vez con lo bien que me harí­a la tierra, cuidar algunas plantitas.

–No es para mí­, Dianita. Entendeme: se me mueren los ficus. El año pasado se me secó un cactus.

–No seas payasa, es cuestión de que conectes con la tierra y nada más, vos haceme caso.

Una vez estábamos desayunando con nuestra amiga Marí­a Laura y con el Morito, y con la Chanchi (sus perros que van a todos lados con ella y con nosotres) y los pajaritos y los mosquitos y yo estaba con un tema fundamental y decisivo para la vida de todas y todos así­ que le anuncié como si fuera a confesarle que me habí­a afiliado al Pro:

–No sé, yo nada más te aviso que necesito recuperar un poco de dignidad así­ que me voy a pintar las uñas…

Diana se rio y siguió su rutina, el mate, los papeles… Me estaba acomodando con el esmalte y las boludeces de la manicura y la escuché, es como si hoy la escuchara y sé que pronto la volveré a escuchar:

–A ver, chicas, ¿qué vamos a leer?

Mientras, buscaba su obra reunida y otra vez las quejas de toda la vida: que este lo leo siempre, que al final siempre lo mismo, que la humedad no deja que se me seque el esmalte… Hasta que de pronto Diana dictaminó, así­, como quien oye llover:

–A veces pienso que lo que escribo es una porquerí­a.

Marí­a Laura y yo arqueamos las cejas, yo me soplé las uñas como si ya no hubiera pasado tiempo suficiente secándolas y seguimos respirando como si tal cosa. Entonces, Diana agregó:

–Pero los poemas más conocidos también me parecen una porquerí­a, eh. ¿A ustedes no les pasa lo mismo con sus textos?

–Claro, Diana, pero nosotros no somos Bellessi… ¿Querés que te pinte las uñas, Dianita?

–De ese color no me parece–, responde mientras sigue marcando poemitas.

Más tarde nos ponemos a hablar de los perros, los gatos, los hijos. Así­, todos en la misma bolsa. Y yo digo:

–Por eso, no hay que tener hijos y listo. Entonces, Diana me mira seria, pero seria posta, y concluye:

–Es lo primero coherente que te escucho decir en años.

–Qué feo lo que me decí­s. Yo no hablo así­ de tus cachorros.

Más tarde, charlando boludeces de mujeres con los pijamas puestos, a esa hora que estás en off pero todaví­a podés interactuar y salen los temas de vigilia, Diana apunta:

–¿Y cuándo se van a casar? ¿Cuándo te va a regalar a Kici? (Kici es un perrito que me tiene que regalar el que supuestamente se tiene que casar conmigo).

–Nunca me lo va a regalar. Se ve que no le gustan los Kicis.

–Tené paciencia que todo llega. ¿Y vos, Marí­a? ¿Qué pasa con XX, ese que me gustaba tanto para vos?

Habla de uno que nunca llama, no aparece, no contesta…

–Qué pena, tan lindo ese muchacho…–. Y sigue Diana, para mí­ (que un poco la conozco) ya medio dormida, –escribile un mail y decile… Anotá lo que te digo, che.

Y entonces se pone a decir lo que habí­a que escribirle. Y yo escucho y les juro que era un poema. No lo voy a revelar porque no tengo los derechos, pero lo importante de todo es que en ese momento comprobé que Diana, mi amiguita, mi maestra, la que se enoja cuando le digo que es mi mamá, la compañera con que esperamos con tanta ansiedad esta primavera que parece que se concreta el 27 de octubre (creé en mí­, Dianita, vas a ver que vamos a volver) es poeta, mi poeta favorita del mundo mundial, hasta cuando duerme.