Diana y una cartita de amor

Diana y una cartita de amor

I

El generoso de Marcos Bertorello me pide una nota, una semblanza, un comentario sobre la poesí­a de Diana Bellessi para un dossier que están preparando para la revista Outsider del mes de septiembre. Como no soy crí­tico literario, esas actividades generalmente me abruman. Las hago, pero como quien lucha contra un ejército solito y sin muchas armas, o con unas armas muy primitivas, que más que dar en el blanco, rodean el blanco, y de vez en cuando encuentran un fulgor, una maravilla que lo impulsa a escribir.  Nada que tenga que ver con un trabajo crí­tico serio. Pero, además, qué decir de Diana. Ella es todo fulgor, ella es el centro mismo de la poesí­a diversificada en cada uno de sus libros. Pero a lo mejor si la rodeo, si pongo mi atención en algunas anécdotas, encuentro algo que no caiga fulminado por el brillo de su mirada. Y ese algo, si no me equivoco, está en mis comienzos, cuando yo todaví­a no habí­a escrito nada que valiera la pena, salvo un librito que después Diana tuvo la generosidad de leer. Algo í­ntimo, en todo caso, que me tiene como testigo privilegiado.

Estamos en Buenos Aires, finales de los años 80.  La vuelta de la democracia en nuestro paí­s, después de enormes bloques de oscuridad, y los jóvenes poetas nos juntábamos para hacer una revista de poesí­a y un encuentro, una "Bienvenida del regreso", así­ lo llamamos, al poeta Juan Gelman, que después de muchos años de exilio volví­a al paí­s. Para que su vuelta no pasara desapercibida, con mis compañeros poetas de generación (Daniel Durán, Darí­o Rojo, Fabián Casas, José Villa, y tantos otros) decidimos salir al encuentro de  los y las  poetas de una generación anterior, inmediata, muchos de los cuales habí­an conocido personalmente a Gelman, en busca su adhesión. Querí­amos, aunque fuera mí­nimamente, reparar el tejido social que la dictadura habí­a destruido. Así­ fue cómo llamamos a Diana Bellesi. Y así­ fue cómo, entre todos mis compañeros, decidieron que fuera yo el encargado de visitarla.   

 

II

Diana me recibió en su casa de Palermo, una mañana soleada de agosto o de septiembre. Recién llegada a Buenos Aires, después de una larga travesí­a por el continente, estaba armando su biblioteca. Recuerdo los estantes blancos, pelados, y la pila de libros que esperaban a su alrededor. La mesa de madera, reluciente. Los grandes ventanales que daban al jardí­n --el jardí­n de Diana. El mate. Su manera afectuosa de tratarme, de acariciar mi mano, el pañuelo de colores anudado a la muñeca que yo llevaba por aquel entonces, ya que era un muchacho joven y me gustaban esas cosas. No recuerdo los detalles de nuestra conversación. Seguramente hablamos de Gelman y del motivo que nos juntaba. Pero en la memoria, todo eso se me borra ahora. Lo que me quedó en cambio, marcado para siempre, fue otra cosa: la voz de Diana, cálida y envolvente, con esa mezcla de muchacha campesina y de vanguardista a la vez, conocedora de las cosas del mundo. Esa voz que es una de las cualidades poéticas de Diana, al igual que sus ojos, que pueden mirar con ternura o firmeza, según el interlocutor o las circunstancias. Sus ojos, en donde uno ve reflejada la poesí­a de Diana con toda su belleza.


 

En fin. Lo cierto es que Diana me miró con esos ojos, y yo caí­ rendido de amor ante ella, para siempre. Recuerdo que, en algún momento, como si se hubiera dado cuenta de este detalle, para retrucarme, me dijo que yo tení­a los mismos ojos que David Bowie. Fue muy gracioso. Nuestro cariño iba y vení­a a través de pequeños mensajes cuyo único fin era complacernos.

Al despedirnos, me preguntó si tení­a algo, algún librito mí­o así­ ella podí­a enterarse de mi escritura. No recuerdo si fue en ese encuentro, o en el siguiente, cuando le llevé los poemas que luego formaron parte del libro del Coyote y el Correcaminos.  Lo cierto es que después de una semana, no mucho más, la mismí­sima Diana Bellesi en persona me llamó por teléfono. La comunicación telefónica por aquellos años era muy mala. Ardua, quizás, serí­a la palabra más justa. De hecho, yo no tení­a teléfono. Al que Diana me habí­a llamado era el de una tí­a que viví­a a dos cuadras de mi casa. Diana me llamó y dijo que a tal hora volverí­a a comunicarse. Por favor, dí­ganle a Osvaldito.  Y a tal hora yo ya estaba ahí­, sentado en el sillón del living, esperando oí­r su voz, el milagro de su voz una vez más.

Lo que sigue forma parte de una mitologí­a personal. Si la comparto, no es tanto para hablar de mí­ sino de ella, de Diana, de la generosidad de Diana, que sacaba a un chico como yo de su soledad pueblerina y lo colocaba en un lugar de privilegio.

Resumiendo, dijo que mi libro le habí­a gustado mucho. Tanto, que se habí­a animado a escribir unas palabras, un prólogo, dos hojitas nada más, me dijo, espero que te guste. No sé qué le contesté. Supongo que gracias, muchas gracias Diana, y ahí­ mismo quedamos en vernos otro dí­a en un café de la calle Corrientes (o la calle Montevideo, que además funcionaba como librerí­a) así­ me entregaba las dos hojas mecanografiadas.

 

III

Por aquella época, todo era precario y más lento. Si las personas no se encontraban, las cosas no sucedí­an. No habí­a mails ni teléfonos celulares. Dependí­amos de nuestros cuerpos, cien por cien, y de nuestro corazón. A la semana siguiente nos vimos en el café. Ella sacó las dos hojitas y las leyó en voz alta. (Como verán, lo mí­o era un milagro detrás de otro). Desde luego, era tan hermoso lo que me estaba pasando, que me distraje. Escuchaba su voz, oí­a sus palabras, pero no entendí­a lo que me estaba diciendo. Esa misma noche pude leerlo con detenimiento y creo que lloré. Diana decí­a que mis poemas le habí­an gustado y me saludaba, como decí­a ella, desde el sitio mismo de la diferencia, como poeta.

Fue –estoy convencido-- mi segundo bautismo. El primero, lo recibí­ cuando mis padres me pusieron el nombre. El segundo, cuando Diana me llamó así­ nomás, de buenas a primeras, poeta, y yo le creí­. No de un modo vanidoso, sino secreto, que me ayudó después, y me sigue ayudando ahora, cuando estoy inseguro o se cruzan por mi camino toda clase de fantasmas. Esas dos hojitas mecanografiadas fueron un talismán para mí­ y una carta de amor. El libro tardó años, muchí­simos años, en publicarse. No importa. Yo tení­a esas dos hojitas mágicas donde una poeta importante decí­a que confiaba en mí­. Que mi escritura, mis versitos (como suele decir Diana) valí­an la pena.

 

IV

Cuentan que Raúl González Tuñón era así­ con los poetas más jóvenes: generoso. Hermosa tradición, de la que Diana es una enorme discí­pula y una maestra. Humildemente, creo haber aprendido la lección, y cada vez que una poeta, un poeta joven se me acerca, intento devolver algo, un poco, de lo mucho que a mí­ me dieron. Es decir, hay escuelas y escuelas. Algunas, cultivan el odio y el resentimiento. Otras, como las de Diana, el amor. Yo todos los dí­as me preocupo, no solamente por escribir mis libros, sino por ser un buen discí­pulo de González Tuñón y de Diana.

 

V

No es mi maestra de una forma convencional. No asistí­, no tuve la suerte de asistir, a sus talleres. Pero de alguna manera es mi maestra. Lo descubro cuando leo sus libros, sus variados y hermosos libros. O cuando la escucho hablar de poesí­a en una entrevista o leo alguno de sus reportajes. O cuando nos cruzamos en alguna lectura, o a tomar un café, cada tanto. Recuerdo una frase de Lezama lima, en relación a Juan Ramón jiménez, que fue tantos poetas en uno solo. El joven Lezama cuenta que tuvo la suerte de charlar con Juan Ramón, de conocerlo, y que esa experiencia fue fundamental para él y para los poetas de su generación, que no tuvieron la suerte de, por ejemplo, conocer a Martí­.  

Copio lo que dijo Lezama en relación a ese encuentro: "Pero entonces tuvimos una suerte, una dicha sin término. Oí­mos una voz, vimos un gesto, sentimos un misterio, conocimos de cerca a un gran poeta. Juan Ramón se hizo amigo de todos nosotros. He dicho se hizo con toda intención, pues fue entre nosotros donde su trato, su conversación, su transcurrir de todos los dí­as se transparentó, nos hizo ver a todos una gran claridad, pues la cercaní­a de un gran poeta es de orden numinoso, nos acerca al milagro". Esa cercaní­a y ese misterio es Diana para mí­. Y no cero exagerar si agrego: para los poetas de mi generación y para los nuevos, los más jóvenes, que siguen escribiendo y ven en Diana un referente ineludible. 

Desde entonces, la sigo leyendo y la veo cada tanto, cuando alguna lectura o algún encuentro de poesí­a nos junta. No mucho más. Sin embargo, es mi maestra y es mi amiga. No porque ella me haya elegido como amigo, sino porque yo siento, todos los dí­as de mi vida, la amistad de sus palabras y de su y de su cercaní­a, aunque no nos veamos muy seguido. A veces, como todos los enamorados, tengo la sensación de que soy el preferido de Diana. Pero después me despierto de ese sueño y me doy cuenta que es nada más que una sensación. Que todos los que conocen a Diana y la leen sienten lo mismo. Su profundo amor y su magisterio.

 

 

 

VI

No sé si con este recuerdo aporto algo valioso a este dossier. Espero que sí­. En Diana, poesí­a y persona no pueden separarse. Pertenece a la raza de esos poetas que, con su sola presencia, transfiguran el mundo a su alrededor. Si me apuraran, armarí­a una tradición fulgurante, en la que estarí­an, como figuras centrales, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik (ví­a Olga Orozco) y la propia Diana. Las tres revolucionaron la poesí­a argentina. Las tres dejaron una marca, estética y vital, que las generaciones sucesivas tomaron para sí­. 

Desde su hermoso viaje por el continente, reflejado en su libro Crucero ecuatorial, hasta su último Fuerte como la muerte es el amor, su poesí­a no ha dejado de celebrar las pequeñas cosas del mundo. O como dice ella, mucho mejor, la pequeña voz del mundo. Con una fuerza y una ternura que no se contradice. Todo lo contrario. Belleza del mundo y herida del mundo, reflejadas, juntas, en el espejo de la poesí­a.    

 

 

Septiembre de 2019, Abasto