Cuando el camino del héroe es una cinta de Moebius

Cuando el camino del héroe es una cinta de Moebius

No recuerdo detalles como el año o el mes. Fue hace más de una década, entre las nueve y las once de la noche, en la pizzerí­a La Perla, frente a la estación de Villa Ballester. El dí­a anterior Carlos Gardini me habí­a dado una carpeta con el manuscrito de lo que luego serí­a Trí­ptico de Trinidad. Comencé a leer apenas subí­ al 87, de regreso al departamento que por aquel entonces alquilaba a dos cuadras de la estación.

 

Tierra seca, aire polvoriento, piedras desmoronadas.

La tierra crují­a bajo sus pies, el aire le quemaba los pulmones, las piedras le entorpecí­an la marcha. El mayoral Séptimo perseguí­a a los ejotes entre las ruinas de Pampa del Desamparo…

 

El dí­a siguiente era laboral. No recuerdo cómo hice para apartarme de la lectura y cumplir con mis obligaciones. Por la tarde retomé la lectura, y a la hora de la cena me obligué a hacer una pausa y abandonar el departamento. Ni bien hice el pedido al mozo de La Perla, seguí­ leyendo. Cuando di vuelta la última página, tomé aire y busqué en el plato vací­o el camino de vuelta a la realidad. Estaba emocionado o, mejor dicho, conmocionado. Saqué el celular y llamé a Gardini para felicitarlo. Debe haber notado la emoción en mi voz porque quedé con la impresión de que se sintió un poco abrumado por la llamada.

Todaví­a creo que Trí­ptico de Trinidad (Bibliópolis Fantástica. Madrid, 2010) es la mejor novela de Carlos Gardini: la que mejor cristaliza la metáfora del libro que se lee / se cuenta a sí­ mismo(recurrente en muchos de sus relatos largos) y la visión gardiniana del Camino del héroe. Es, además, la primera que hace todo esto sin traicionar el universo narrativo en el que está inserta. Y cuando digo "sin traicionar" me refiero a que, una vez finalizada la novela, ese universo admite ser revisitado, explorado, expandido, intervenido… Es un universo que pervive después de la última página, algo que no sucede en otras novelas anteriores donde Gardini puso en juego planteos similares. Esto es así­ a tal punto que Gardini volvió a escribir dentro de ese universo y, hasta donde sé, todaví­a permanecen inéditos otra novela y algunos cuentos. De hecho, yo mismo tengo arrumbado en el disco duro un cuento propio que transcurre en ese universo, todaví­a sin terminar.

 

Sé que no me equivoco cuando hablo de la maestrí­a lograda por Gardini en Trí­ptico… Pero, por si hiciera falta, algunos años después (en 2011, al año siguiente de la publicación de la novela en España) encontré una voz autorizada e independiente que confirmaba el valor superlativo de Trí­ptico de Trinidad. La versión online de la prestigiosa revista Locus publicaba "Larry Nolen’s Best Heroic Fantasy of 2010" donde, en palabras del crí­tico, la novela de Gardini era (y por mucho) la mejor del año en materia de fantasí­a heroica.

 

(…) Aunque actualmente no está disponible en inglés, la historia de Gardini se parece a algunas de las mejores novelas de Gene Wolfe. En esta novela, Gardini muestra un dominio de la prosa y el tema que pocos autores han logrado alcanzar en cualquier idioma. La historia es, en la superficie, bastante simple: la lí­der de la ciudad de Trinidad, la Ducásima (una maga y visionaria que protege las leyes y el alma de la ciudad), ha sido envenenada. El Eje del Mundo está en peligro. A partir de la búsqueda del antí­doto para este veneno, la historia se convierte en un reflejo de la naturaleza del mundo creado y en una exploración de los motivos encontrados en nuestro interior. No es una aventura tí­pica de búsqueda (de género fantástico), donde los héroes buscan un objeto. Aquí­, parece que la búsqueda en sí­ misma sirve como una logradametáfora de cómo los humanos intentamos establecer un orden y crear sistemas de comprensión para el mundo salvaje y caótico que nos rodea.

 

El otro camino del héroe

Existe un camino del héroe gardiniano. O, en todo caso, un abordaje no tradicional al camino del héroe por parte de Gardini: una suerte de factor común que aparece en buena parte de sus novelas y que, estimo, enraí­za en la filosofí­a de vida del propio autor.

A las pocas semanas del fallecimiento de Carlos Gardini, en marzo de 2017, me planteé hacer un artí­culo elegí­aco que estuviera a su altura, para lo cual volví­ a leer con vena analí­tica algunas de sus novelas. Fue en el contexto de ese artí­culo (publicado oportunamente por Página/12 gracias a la intermediación de Gabriel Guralnik) que expuse vagamente algunos lineamientos de la jornada del héroe gardiniano. Creo que algunas ideas allí­ bosquejadas ayudarán a entender mejor lo expresado en los párrafos precedentes.

Decí­a entonces que, quien pudiese acceder a las novelas de Gardini, sobre todo las escritas en las últimas dos décadas y media (tarea complicada por el hecho de que la abrumadora mayorí­a no está disponible en las librerí­as argentinas), verificará que los protagonistas arquetí­picos son "elegidos" o "predestinados", en general marcados por el dolor.

 

El que los hayan elegido los lastra con una misión que los excede y los obliga a jugar el juego que otros (con más poder, con más visión) les han impuesto. Son, por eso mismo, los involuntarios engranajes motores de un proceso de cambio que implica a muchos. Se ven a sí­ mismos como actores/observadores de la sociedad, en lucha por despegarse de su entorno. Este sino ya puede verificarse en El Libro de la Tierra Negra: una de las novelas más publicadas de Gardini, cuya primera edición en 1991 fue en formato digital (Axxón, febrero de 1991). En Belcebú en llamas (originalmente publicado en España, en la antologí­a del Premio UPC 2007 de novela corta de ciencia-ficción, y reeditado por Letra Svdaca el año pasado), el hermano Quinto es el miembro destacado de una cofradí­a de asesinos, aunque su férrea disciplina lo hace ver más como un monje o un samurái. En su condición de mercenario, está sometido a las cláusulas del contrato que sus lí­deres han acordado con el cliente. í‰l solo es la herramienta de una tarea desagradable. En El Libro de la Tribu (Elaleph.com, 2001), Ariel es también un elegido: todo cuanto hace, incluso durante su miserable infancia, parece cobrar sentido en la medida en que el lector y el mismo Ariel van conociendo la naturaleza del destino que su padre en la sangre le ha reservado.

 

El protagonista de Fábulas Invernales (Minotauro-España, 2004), Jonás Angélico, es un Observador de Artes y Menesteres destinado a ser el intercesor entre la metrópoli y las deidades que la protegen. Fallará en seguir el rí­gido guion protocolar que exigen esas potestades para garantizar sus dones, y entonces —al igual que Quinto, al igual que Ariel— sentirá que su realidad se resquebraja, que el mundo es un gran teatro de sombras y apariencias. En esa iluminación está la semilla de la rebeldí­a, que impulsará el cambio. Pero en ese cambio está la realización del libreto vital que les han impuesto. Así­, los personajes asumen sin contradicciones ambas caras de la moneda: sumisión y rebelión, predestinación y libre albedrí­o. Quien haya leí­do las novelas de Gardini con alguna rigurosidad pronto observará esta suerte de nuevo camino del héroe. No se trata de una receta industrial para escribir relatos de fantasí­a o ciencia-ficción, de esas que abundan en las mesas de novedades de las librerí­as, y también en las de saldos. Es más bien una estrategia para explorar universos, personajes, circunstancias y preocupaciones, que Gardini emplea con eficacia.

 

Uroborismos

Gardini solí­a emplear un número como leitmotiv de sus relatos, y esto se puede ver tanto en algunos cuentos largos como en varias novelas. í‰l consideraba que la reiteraciónde estos números en distintos planos (algunos argumentales, otros estructurales) le daba al relato una suerte de anclaje o esqueleto. Con el tiempo comprendí­ que esos números ayudaban también a proyectar cierta recursividad, necesaria para hacer sentir al lector el proceso del libro que se cuenta a sí­ mismo. No se trata solamente de mostrar en el relato un objeto o personaje que enuncia el texto que estamos leyendo. Tampoco me refiero aquí­ a la puesta en abismo, que con frecuencia Gardini utiliza para enriquecer la experiencia del lector (de la que hablaré más adelante). Es, más bien, el hecho de que, de manera fortuita, un detalle del relato evoque otro y que las estructuras se repitan a diversas escalas con vocación fractal, en una suerte de uroborismo iterativo que se concreta con la complicidad del lector.

 

Así­, previsiblemente, en Trí­ptico de Trinidadel número germinal es el tres. También es el tres en la novela corta "Los nombres de la luz", publicada en Axxón n°150. En Vórtice (Equipo Sirius para su colección Transversal. Madrid, 2002)es el ocho. En Fábulas Invernales (Minotauro, 2004) destaca el cinco.

 

Vuelvo a citarme por falta de una explicación más clara:

 

Es frecuente observar que los universos a los que Gardini encadenó a sus personajes conservan un alto grado de "fractalidad". No solo en el diseño de artefactos, edificios, paisajes o constelaciones, sino también en los argumentos, los diálogos, las metáforas y las paradojas. Las estructuras (imágenes, ideas, juegos de palabras que son a la vez juegos especulativos) se repiten en lo grande y en lo pequeño, en lo aparente y en lo patente, en lo público y en lo privado, dotando a las narraciones de un sentido que en el momento de leerlas es sólido como el acero, pero que sin embargo se vuelve evanescente una vez que cerramos el volumen: surcos en el agua.

 

En Trí­ptico de Trinidad, esta recurrencia/iteración/fractalidad es practicada lúdicamente hasta el paroxismo, llegando incluso a formar parte de la arquitectura y la topologí­a del universo.

 

Como dije, paralelamente Gardini suele poner en práctica una suerte de puesta en abismo, al mejor estilo de Las mil y una noches, que engarza en el relato principal otras narraciones de temática afí­n. En el caso de Trí­ptico… ese rol (dentro y fuera del plano literario) es confiado a los vates. Son artistas-consejeros, cuyo arte consiste en escenificar historias o mitos edificantes ambientados en el pasado de Trinidad. Con el avance de las páginas y el desarrollo del argumento, estos figmentos tienen el poder de resignificar y contextualizar lo que estamos leyendo, y refuerzan la sensación del libro que se lee a sí­ mismo. A su vez, algunos de esos figmentos pueden ser interpretados como las narraciones de otros tantos caminos del héroe, que confluyen en una corriente colectiva de jornadas/relatos heroicos.

 

La maquinaria del mundo

Decí­a en aquel artí­culo de Página/12:

 

Para que este nuevo camino del héroe concluya como se debe, el protagonista debe comprender cuál es su lugar en el universo, y entender cabalmente los mecanismos que lo animan. Previsiblemente, esa revelación llegará al final del libro. Entonces, lo que parecí­a una acumulación de piezas exóticas se revela en un conjunto orgánicamente armonioso.

 

No se trata del simple "retorno a casa"del héroe, después de la jornada, sino el que los héroes asuman el nuevo estado de las cosas que contribuyeron a edificar. Pero también de ver qué maquinarias mueven el mundo detrás del telón de lo aparente. En Trí­ptico… esta iluminación final surge de manera muy gráfica durante la navegación del Tricéfalo por la cara opuesta del mundo y la batalla del Empí­reo. En este punto arranca la etapa final del colectivo de jornadas/relatos heroicos que Gardini propone en la novela.

 

Curiosamente, y a pesar de que el mundo fí­sico en la novela tiene la apariencia de una moneda (cara y ceca) cruzada en el centro por "El Eje del Mundo", siempre asumí­ que la jornada de los protagonistas se parecí­a más (topológicamente hablando) a una cinta de Moebius, con toda su carga paradojal. No hay dos caras, predestinación y libre albedrí­o se vuelven la misma cosa. Para cada uno de los héroes, la opción de descender al propio infierno es inevitable y necesaria para la realización de ese libreto vital que les han impuesto. Los personajes deben asumir sin contradicciones ambas caras de la moneda. La dualidad es pura ilusión óptica.

Como dije, si bien Gardini empleó ambos mecanismos (el de la metáfora del libro que se lee/se cuenta a sí­ mismo, y la muy particular jornada del héroe) en buena parte de sus novelas y en algunos cuentos, en Trí­ptico de Trinidadlogró una eficacia superlativa. Esto es algo de lo que me fui convenciendo a lo largo de los años, con las diversas relecturas. Aquella noche, en la pizzerí­a La Perla, solo pude advertir la punta del iceberg, y ya entonces intuí­a que ese serí­a el mejor Gardini de todos.

 

Del mencionado artí­culo publicado por Página/12.

Axxón n° 150 de mayo de 2005. Disponible en http://axxon.com.ar/rev/150/c-150Cuento1.htm

Se refiere al año 2016.

La versión online en https://www.pagina12.com.ar/34255-el-arquitecto-de-las-palabras (consultada en junio de 2019).

El crí­tico utiliza en inglés la expresión "typical fantasy quest adventure", donde quest puede asumir el significado de búsqueda, pero también de jornada, misión o cruzada, todos ellos tópicos frecuentes en muchos relatos fantásticos centrados en la jornada del héroe.

Ver https://locusmag.com/2011/02/larry-nolens-best-heroic-fantasy-of-2010/ (consultada en junio de 2019). La versión expandida de los conceptos de Larry Nolen, traducidos al español por el editor de Bibliópolis Fantástica, Luis G. Prado, puede verse aquí­ http://artifexplus.blogspot.com/2010/08/resena-de-triptico-de-trinidad-de.html.

El monomito o patrón narrativo descripto por Joseph Campbell en El héroe de las mil caras: psicoanálisis del mito(1949, en español publicado por el Fondo de Cultura Económica).