Todas las cosas

Todas las cosas

El alma de los objetos. Una mirada anropológica del diseño.

Luján Cambariere

Paidós

Buenos Aires, 2017

209 páginas

 

¿Es posible en una sociedad en la que la obsolescencia programada domina casi todos los objetos que adquirimos y nos arroja al consumo infinito, los objetos tengan alma?

A partir de la temática que toca este número de Outsider La Revista, Alexandra Jamieson reflexionó sobre el alma de los objetos.

No estoy segura de la existencia del alma en sí­. Es un concepto que siempre asocié a lo religioso, a la fe, y como mujer de poca fe, dudo. De lo que no dudo es de la existencia de algo que nos hace ser quienes somos y que si eso ya no está, dejamos de ser. Si me preguntaran si los perros tienen alma, dirí­a que no —-sin estar muy segura, por aquella pelí­cula de "Todos los perros van al cielo"—. Si me preguntaran si mi perro, Owen, tiene alma, indudablemente dirí­a que sí­. También la gata, í“nix. ¿Lo siento así­ porque están vivos? ¿Porque compartimos la existencia en este plano? ¿Porque siento que nos comunicamos? Quién sabe.

La cosa se me empezó a complicar cuando me pregunté si el mate con bombilla que me regaló mi pareja y del que disfruto prácticamente todos los dí­as, o aquel que también ella me regaló y me robaron en un trabajo, tienen alma. Claro que no, son objetos, fue la primera respuesta que surgió. Pero algo deben tener, porque mis mates no serí­an iguales sin estos implementos.

¿Podrí­a tomar mate de cualquier otro recipiente? Por supuesto. ¿Me da lo mismo? No. ¿Lloré amargamente el dí­a que descubrí­ el robo en aquella oficina? Desde luego que sí­. ¿Y por qué, si es sólo un objeto, probablemente producido en masa, que no pertenecí­a a la herencia familiar ni era extremadamente costoso, ni depositario de mi relación? Aquí­ va la cursilerí­a: en mi corazón sí­ era costoso, esto es: tení­a un valor afectivo imponderable.

Segurí­sima de que esto les pasa a muchas más personas en mayor o menor medida, para averiguar de dónde sale este ví­nculo de la humanidad con las cosas me propuse leer El alma de los objetos. Una mirada antropológica del diseño, de Luján Cambariere (Paidós, 2017).

 

Leer o no leer

Desde su salida del sobre de la editorial en el colectivo de regreso a mi casa, el libro me deslumbró. Portadas blancas, suaves al tacto, con leves relieves también blancos y el tí­tulo inscripto en un gran corazón dorado, rodeado de mí­nimos diseños sintéticos fácilmente reconocibles: una máquina de escribir, un tambor, una lámpara, un avioncito de papel, un violí­n, un par de copas y tantos otros. Su peso me llamó la atención: no supera las 210 páginas, por lo que esperaba un libro liviano y voluminoso. Este es pesado y de tamaño justo para la mano. El secreto está en el tipo de papel. Es sedoso al tacto y cada hoja es gruesa. Lo hojeé con cuidado, tratando de no marcarle las hojas ni ensuciarlo. Producí­a tantas ganas de tocarlo, acariciarlo y leerlo, como ganas de tratarlo con mucha consideración para no arruinarlo. En manos de cualquier otra persona me hubiera engendrado esa codicia que sólo conocemos les lectores cuando vemos una edición bella.

Por supuesto, en un libro acerca del diseño no iba a quedar esto librado al azar. Como mi trabajo era leerlo, y lo leí­ durante varios dí­as yendo de aquí­ para allá, apoyándolo en la cama, en un sillón, en mi falda, tomando agua, trasladándolo en una cartera, en un bolso, en la mano, fue perdiendo su encanto por abolladuras, marcas, subrayados —siempre con lápiz, guay de quien marque un libro de papel con tinta— y otros accidentes propios de la lectura apasionada.

Debo analizar este hecho a la luz del furor por el orden de acuerdo a las reglas de la famosa japonesa Marie Kondo. Nos dice que sólo conservemos los objetos que nos dan felicidad. Para mí­ los libros son unos de esos objetos. Independientemente de su diseño, pero si son bellos, tanto mejor. También dice que debemos conservar sólo una treintena de libros. Disculpame, Marie, pero de ninguna manera. Por más que ya haya leí­do muchos de los libros de mi biblioteca y tenga tantos otros acumulados aún sin leer —casualmente existe una palabra japonesa para esta actitud: tsundoku, aunque también podrí­amos decirle bibliomaní­a—, jamás será la mí­a una biblioteca con sólo treinta libros. Si hay un objeto que tenga alma, dirí­a que ese es el libro, así­ se haya producido en masa o artesanalmente.

 

Tanta vida yo te di

Lo anterior me lleva al concepto del tiempo relacionado con el objeto. Luján Cambariere, al hablar de lo artesanal, expone: "No somos quienes para juzgar, pero, sin dudas, una vida que se rige por otros tiempos, los del proceso, diametralmente opuestos a la rapidez de las máquinas y otros valores. La peculiaridad o el sello personal del hombre, de nuevo, frente a la estandarización que propone la dinámica industrial. El objeto artesanal es único. No hay dos iguales. Ostentan la belleza de la imperfección. Y en un mundo globalizado esto es un verdadero hallazgo. El sello personal de quien lo ha fabricado es un valor fundamental. Y su destinatario recibe la magia y la energí­a de la dedicación de ese ser humano." (p. 90)

Tode autore dedica tiempo a escribir un libro, verdaderamente está intentando expresar algo que no podrí­a hacerlo de ninguna otra manera. Se esfuerza por transmitir una idea, por expandir la mente de les lectores, por mostrarles un nuevo punto de vista, por entretenerles. Por esto es que siento a los libros con un valor mayor al de, digamos, un mate, y me cuesta mucho deshacerme de ellos.

Por otro lado, además del tiempo dedicado a producir el objeto en sí­, hay dos lí­neas temporales más que observo. Una de ellas tiene que ver con el tiempo y dedicación que invirtió mi pareja para conseguir el famoso mate. Al recibirlo, percibo que lo buscó para que se ajustara a mis gustos, o para sorprenderme o quizás sólo para regalarme algo útil. Pero ese objeto totalmente funcional ya me llega cargado de esa energí­a, no es igual a un mate que me consiguiera yo misma. La otra lí­nea está relacionada con la cantidad de tiempo que el objeto forma parte de mi vida. Está comprobado —en un estudio al que alguna vez tuve acceso y entre la tonelada de favoritos que guardo no encuentro— que cuanto más nuevo es el objeto, menor es el valor relativo percibido por sobre uno que ya tengo. Me explico: si tengo un lápiz desde hace seis meses en mi cartuchera y me ofrecieran renovarlo por uno exactamente igual, agradecerí­a y dirí­a que no. Esto, que parece una locura total, tiene que ver con que para mí­ vale más el objeto que ya usé, ya me "hice amiga" de él y con el nuevo no tengo experiencias compartidas, por así­ decirlo. No me pasa a mí­ sola, somos millones los que percibimos que el objeto tiene más valor cuanto más tiempo está con nosotros. Por eso es más fácil deshacerse de objetos que ingresaron a nuestra vida recientemente y mucho más difí­cil, de los más antiguos.


Obsoletos

Un amigo mí­o no puede desprenderse de las esponjas para platos una vez que finiquitaron su misión, y yo no puedo deshacerme de los frascos de perfume cuando quedan vací­os. Es que son tan lindos...

¿Qué pasa con las cosas cuando ya no sirven? Estamos en un mundo en el que la obsolescencia programada es cada vez más breve para que consumamos más rápido las toneladas de productos que se manufacturan. Debemos desecharlos simplemente porque han dejado de cumplir su función, por diseño. Italia ya multó a Apple y Samsung por la obsolescencia programada de sus dispositivos.

Volviendo a las técnicas de organización y felicidad, Kondo nos indica despedirnos —agradeciendo primero, en un acto de origen animista— de los objetos que no se corresponden con nuestro yo actual o futuro. Es cierto que los libros me producen felicidad pero considero que una remera quizás no me darí­a tanta felicidad directa aunque sí­ permite salir vestida a la calle por más que no coincida plenamente con quien soy ahora mismo. Veo esto como una leve incitación al consumismo y temo comenzar a leer el libro del método Konmarie porque quizás decida finalmente tirar todo y quedarme sólo con tres vestidos..

En esto se pone de manifiesto el peligro que Cambariere y otros enuncian en cuanto al diseño. Al pensar el diseño de un objeto no puede dejarse de lado el hecho de que en algún momento finalizará su vida útil y habrá que disponer de él: reciclarlo, reutilizarlo, reducirlo. El diseño va mucho más allá de hacer que un objeto sea bello, como comúnmente se piensa. El diseño actual requiere pensar en el ciclo completo de cada objeto. De otra manera, continuaremos creando un mundo de residuos.


Lo que el viento no se llevó

"Alma, aura, numen, maná:distintos nombres según las corrientes de estudio que los analicen, como la antropologí­a o sociologí­a, que definen en todos los casos cierta fuerza anónima y difusa que anima los objetos y que, de algún modo, habita en ellos. Una especie de energí­a —fuerza oculta, calor, electricidad— que se encuentra en la atmósfera y se adhiere a las personas y a las cosas", dice Cambariere (p. 62). Esto me hace pensar que, en efecto, y sobre todo si alguien se ocupó de conseguirlo o hacerlo para mí­, los más de 20.000 objetos con los que entro en contacto diariamente para desarrollar mi vida están dotados de algo más que sólo su materialidad y funcionalidad.

 

Tsundoku (積킓読?) es un término japonés que se refiere al hábito muy arraigado en ciertas personas, relacionado con la bibliomaní­a, de la adquisición de todo tipo de materiales de lectura, pero dejando que se amontonen en la vivienda sin leerlos. "Tsundoku" es un término de argot japonés que proviene de la unión de los términos tsunde oku (積킓Á§ÁŠÁ?), que significa empacar cosas listas y dejarlas para más tarde, y dokusho (読書?), lectura de libros. También se utiliza para referirse a los libros listos para una lectura posterior cuando están en una estanterí­a. En su grafí­a actual, la palabra combina los caracteres de "apilar" (積) y "leer" (読). Al editor y coleccionista de libros estadounidense Edward Newton se le cita diciendo: "Incluso cuando la lectura es imposible, la presencia de libros adquiridos produce tal éxtasis que anima a la compra de más libros, lo que representa un afán del alma de infinito... apreciamos los libros incluso si no son leí­dos, su mera presencia emana confort, su fácil acceso, la tranquilidad".