21 gramos

21 gramos

"Un dí­a hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa. Todo es como era, como será siempre. Pasa un dí­a y otro, ocupándose sólo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, aparece la muerte. El hombre deja escapar un pequeño suspiro, se desploma en un sillón y muere. Sucede de una forma tan repentina que no hay lugar para la reflexión; la mente no tiene tiempo de encontrar una palabra de consuelo. No nos queda otra cosa, la irreductible certeza de nuestra mortalidad."

Así­ empieza La invención de la soledad, así­ comienza a reflexionar Paul Auster sobre la muerte de su padre. Leí­ este libro cuando hací­a relativamente poco habí­a muerto el mí­o, y esta descripción tan exacta del momento del antes y el después me impactó. No tanto por que estuviera hablando de la muerte de un padre, sino porque me pareció impecable el uso de tantas palabras (que hablan más de lo que pasa antes y después) para poder decir lo indecible de ese instante: "el hombre deja escapar un pequeño suspiro". Es, incluso, más extenso el tiempo que se tarda en decir "el hombre deja escapar un pequeño suspiro" que el momento que dura el pasaje de la vida hacia la muerte. Es, si no imposible, dificilí­simo pensar en cómo un cuerpo era alguien antes del suspiro y luego pasa a ser solo un cuerpo: materia ordenada con la lógica de la vida (células, órganos) pero ya sin vida. ¿Qué es lo que se deja escapar (o se escapa aunque no queramos) en ese suspiro? ¿Y cómo saber si entre una cosa y la otra hay un tiempo mensurable o no? Es tan sutil ese instante que hasta nos hace creer en la ilusión de reversibilidad.

En 2008, con la muerte de la madre de mi ex, y recordando este texto de Auster, escribí­ un epí­grafe para una foto de Hiroshi Sugimoto:

ese último instante incronometrable

como el click de la cámara

siempre es del otro, la muerte

y, sin embargo, tan amiga de la nuestra

Pero no quiero enfocarme tanto en la muerte, sino en aquello que nos diferencia entre ser un conjunto de células que forman órganos y ser una persona. Indudablemente hay algo que existe hasta el momento de ese click, algo que luego no está más y que tal vez se vaya con ese suspiro que se deja escapar.

Hice mi escuela primaria en un colegio parroquial (incomprensiblemente, siendo mis padres agnósticos y mi abuelo materno, ateo, pero esa es otra historia). Nunca me voy a olvidar de cuando en la clase de catequesis nos dieron el dato irrefutable que probaba cientí­ficamente la existencia del alma: el cuerpo pierde peso cuando muere, porque lo que se va de él es el alma. ¿Y los animales, tienen alma?, pregunté. Y la señorita Milly dijo que no. Yo no le creí­, y eso que en esa época creí­a en todo, creí­a en Dios, rezaba todas las noches y pedí­a a la Virgen que les mandara una señal a mis familiares para que se volvieran creyentes.

Hoy creo en el alma, creo que todo tiene alma. O si no es que cada cosa que existe tiene un alma, creo que existe algo "inmortal", porque nada puede desaparecer: si el universo es infinito y no hay otro lugar fuera del universo, lo que sean esos 21 gramos que desaparecen del cuerpo, no tienen adónde irse, así­ que siguen existiendo. Por las dudas, que quede claro que esto que escribo acá son reflexiones que no tienen pretensión cientí­fica. Tal vez la fí­sica cuántica pueda demostrar la existencia del alma, finalmente, quién sabe, pero no es ese el caso.

Por otro lado, teniendo en cuenta que nuestro cuerpo renueva todas sus células por completo cada mes o algo así­ (el tiempo depende de cada tipo de célula según el órgano), podrí­amos preguntarnos qué es entonces lo que nos hace ser siempre los mismos, porque sin lugar a dudas, no es nuestra parte material. Y también podrí­amos preguntarnos, si es que nada desaparece del universo, a dónde van las células que no tenemos más.

A mí­ me gusta pensar que el alma es la chispa de la vida y, a la vez, es eso que nos hace constantes porque es la conciencia del universo. Que es cierto eso de que somos uno, pero que, ante la construcción del ego, nos comenzamos a creer separados e individuales. Pero aún así­, como parte del universo, somos conscientes de ser parte y del universo, incluso al creernos separados. Tanto la energí­a (que es infinita y no se pierde) como la materia (que no es otra cosa que energí­a que se ha manifestado) hablan de que todo lo que hay en el universo siempre fue y siempre será, incluso nosotros y nuestras almas.

Para ilustrar que todos somos uno (el universo es todo y uno y somos parte de esa unidad) y para, tal vez, responder a dónde van las células que ya no forman parte de nosotros, cito al Dr. Pang Ming, creador del Zhineng Qigong, en su libro Teorí­a de la completud hunyuan: "Si en una realidad ficticia pudiéramos marcar cada elemento del mundo material y cada elemento de un humano, después de un tiempo encontrarí­amos estos materiales completamente mezclados entre sí­, con cada cosa contenida en lo demás, con usted dentro de mí­ y yo dentro de usted, todo ello demostrando los magní­ficos alcances de la completud".

El asunto es, entonces, con qué nos identificamos. ¿Somos el cuerpo solo o con alma? ¿Somos un alma que encarna en un cuerpo? ¿Somos lo que pensamos? ¿Somos energí­a? ¿Somos inmortales e infinitos o somos esto que va a pasar sin pena ni gloria por la tierra a menos plantemos un árbol, escribamos un libro y tengamos hijos?