La construcción de la luz

La construcción de la luz

Construir una ventana en un espacio inesperado. Construirla en medio de la calle, ¿para enmarcar?, ¿para ceñir la mirada y contemplar aún mejor, aún más ní­tido? Prestidigitador de las palabras Miguel Ángel Zapata edifica lumbres y pájaros y mares en ese marco. Y tanto más, porque todo eso está en su corazón, que no sabe de buitres ni de mezquindades. Fulguran sus imágenes y se apropian del lector, que desearí­a también adueñarse de ese cielo intensamente azul y del mar reflejando luciérnagas con alas de cristal. Miguel Ángel encuadra el paisaje y al mismo tiempo lo abisma de tal manera que, lejos de desaparecer, es vértigo, relámpago generoso, privilegio. Todo en él resplandece para iluminar. Hay, pues, un espacio natural (en dicha ventana y en sus versos en general) en donde la naturaleza apremia, es relevante. El cosmos en cada uno de ellos y, al mismo tiempo, cierta melancolí­a y una amplia soledad. Muchos de sus poemas aluden a este estado del alma, a esa "isla", en la que tal vez busca siempre a la misma mujer ("cabello largo hasta los pies", Rapunzel peruana o neoyorkina), o a la que corre en el cementerio mientras las tumbas alucinan muslos y erotismo. Eros y thánatos "sobre la grama".

Poesí­a sensorial y cristalina (aunque honda y original) que cava en el meollo de lo humano: esa soledad, la muerte, el amor, la escritura en sí­ misma, el recuerdo y lo que vendrá. Poesí­a musical (él mismo menciona en algún reportaje su gusto por escuchar el murmullo del mar y por evocar a su madre recitando). Poesí­a a veces surrealista: un imaginario poblado y nutritivo ("desconcertante" comenta Armando González Torres) detrás del cual se manifiesta un gran lector y un orfebre sólido y exquisito.

Hay una epifaní­a en esta construcción poética, un deslumbramiento en medio de su í­ntima cotidianeidad. Hay una construcción que no descree del riesgo ni de las amplias variaciones de la luz.

 

 

 

La ventana

 

Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo. Plantaré un árbol en medio de la calle, y crecerá ante el asombro de los paseantes: criaré pájaros que nunca volarán a otros árboles, y se quedarán a cantar ahí­ en medio del ruido y la indiferencia. Crecerá un océano en la ventana. Pero esta vez no me aburriré de sus mares, y las gaviotas volverán a volar en cí­rculos sobre mi cabeza. Habrá una cama y un sofá debajo de los árboles para que descanse la lumbre de sus olas.

Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo. Así­ podré ver el cielo y la gente que pasa sin hablarme, y aquellos buitres de la muerte que vuelan sin poder sacarme el corazón. Esta ventana alumbrará mi soledad. Podrí­a inclusive abrir otra en medio del mar, y solo verí­a el horizonte como una luciérnaga con sus alas de cristal. El mundo quedarí­a lejos al otro lado de la arena, allá donde vive la soledad y la memoria. De cualquier manera es inevitable que construya una ventana, y sobre todo ahora que ya no escribo ni salgo a caminar como antes bajo los pinos del desierto, aun cuando este dí­a parece propicio para descubrir los terrenos insondables.

Voy a construir una ventana en medio de la calle. Vaya absurdo, me dirán, una ventana para que la gente pase y te mire como si fueras un demente que quiere ver el cielo y una vela encendida detrás de la cortina. Baudelaire tení­a razón: el que mira desde afuera a través de una ventana abierta no ve tanto como el que mira una ventana cerrada. Por eso he cerrado mis ventanas y he salido a la calle corriendo para no verme alumbrado por la sombra.

El cielo que me escribe

 

Cielo blanco sin polvo ni memoria. Cielo que limpia la visión del ave clavada sobre la arena. Cielo de algas y peñas en el moho: aire de ninguna flor, brisa de ningún árbol donde no se escribe el poema ni el diario de la muerte. Cielo mí­o que calla a tiempo el sonido del ave sobre la arena. Cielo mí­o que no escribe su visión por el ave ni la arena, sino por el moho y el alga que verdea el espejo ya disuelto.

 

Uno se cansa de estar solo

 

Uno se cansa de estar solo delirando
con su ventana en medio de la calle,
entre la nieve que arrastra
su blancor por los callejones olvidados.
Uno se cansa de salir a buscar la
misma mujer con el cabello
largo hasta los pies.

Tal vez en eso consista el arte de la soledad:
escribir repetidas veces la isla con su cielo lila
y la esbeltez del faro que derrama su luz sobre
nuestro cabello alborotado.
Tal vez sea sólo eso: una brújula sin memoria
para el tiempo que vendrá.

 

La vela del cuervo

 

Nadie sabe por qué la ciudad esconde el lenguaje
oscuro de las aves y los muertos.

El cuervo permanece callado, no quiere abrir la
bisagra y dejar salir su luz por la rendija de una
bocacalle.

Más allá del sueño de los cipreses está la sombra de
una manzana verde, la puerta que nos lleva a la
felicidad.

Dicen que la soledad nos llega con la lluvia, y que
la arena de las playas sube como un viejo reloj
hacia las torres derrumbadas.

El vino le habla al fuego, tu perro te mira escribir y
presiente las nubes que lo distraen en el jardí­n.

El sonido de una nube es como una campanada de
agua.

Nadie sabe por qué la puerta sigue cerrada, y los
pájaros no han vuelto a suceder.

Sólo hay una ventana, y desde ahí­ se ve a una mujer
con su deslumbrante cabellera trotando sobre un
caballo blanco.

 

 

Los muslos sobre la grama

 

Escribo por la muchacha que vi correr esta mañana por el cementerio, la que trotaba ágilmente sobre los muertos. Ella corrí­a y su cuerpo era una pluma de ave que se mecí­a contra la muerte. Entonces dije que en este reino el deporte no era bueno sólo para la alegrí­a del corazón sino también para el orgasmo de la vista. Al verla correr con sus pequeños shorts transparentes deduje que los cementerios no tení­an por que ser tristes, el galope acompasado de la chica daba otra perspectiva al paisaje: el sol adquirí­a un tono rojizo, su luz tenue se clavaba dando vida a la piel, los mausoleos brillaban con su cabellera de oro, y volví­ a pensar que la muerte no era un tema de lágrimas sino más bien de gozo cuando la vida continuaba vibrando con los muslos sobre la grama.

 

 

El grito de Munch (inédito)

Camino ensangrentado por el puente de Brooklyn.

Acabo de cometer un crimen imperdonable.

He escrito un poema bajo el cielo color sangre y

se han sanado todas mis heridas. 

 

Es la primera vez que escribo confundido en un

puente de fierro partido por la mitad.

 

Se oye el lamento de los glaciares y el cielo tiembla.

Las palabras se sobrecogen en el vací­o de la ciudad,

y el puente se quiebra ante la negrura de un fiordo.

 

Un árbol llora su soledad y yo busco mi remanso

en un glaciar sin fondo.

 

Estoy perdido en una calle gélida de Nueva York y

ningún rascacielo escucha mis lamentos.  

 

La poesí­a tiene color sangre y el dolor retumba

tiernamente en el corazón de todos los puentes.

 

La mesera (inédito)

 

La mesera más bella del mundo trabaja

en este bar.

La miro ondear sus caderas y el cabello

largo hasta los pies.

Quisiera beberme todas las copas de vino

para que retorne decenas de veces a mi mesa. 

 

Ella trae el tinto, sonrí­e, y agita su cabellera,

sabe bien que el mundo la mira, sus piernas

tienen siglos de ternura.

 

El bar sobrevive por ella, lleno de humo,

abre la grieta de los temblores.

 

El mundo comienza en la curvatura de su

espalda y el arco de su cuello sudoroso.

 

Han llegado los arcángeles embriagados de

vino dulce. Agitados aquí­ en la mesa

discurren sobre el olor de la cabellera que

perturba dulcemente los sentidos.

 

La mesera, paraí­so de la vida leve,

camina con las copas tintineantes entre sus

dedos; sonrí­e con los ojos, nos mira con las

manos, y su cabello está atado al roble de

los rí­os. 

 

La vida está en su porte esbelto, y cuando se

acerca engañosa como la poesí­a, yo callo

y suspiro.

 

Florencia, junio, 2016

 

 

Miguel-Ángel Zapata, poeta y ensayista peruano, ha publicado recientemente tres antologí­as de su poesí­a: Hoy dejó de ser invierno por un dí­a (Buenos Aires: El Suri Porfiado, 2017), La nota 13 (Bogotá: Los Torreones, 2015), y Hoy dí­a es otro mundo (Granada: Valparaí­so, 2015), y la traducción de su poesí­a selecta al italiano: "Uno escribe poesia camminando" (Antologia personale 1997-2015), trad. de Emilio Coco (Roma, Ladolfi Editore, 2016).  También destacan los poemarios: La ventana y once poemas (México: Cuadrivio, 2014), La lluvia siempre sube (Buenos Aires: Melón Editores, 2012), Fragmentos de una manzana y otros poemas (Sevilla: Sibila- Fundación BBVA, 2011), Ensayo sobre la rosa. Poesí­a selecta 1983-2008 (Lima: Universidad San Martin de Porres, 2010), Los canales de piedra. Antologí­a mí­nima (Valencia, Venezuela: Universidad de Carabobo, 2008), Un pino me habla de la lluvia (Lima: El Nocedal, 2007), Iguana (FCE, 2005), Los muslos sobre la grama (Buenos Aires: Bohemia, 2005), El cielo que me escribe (México: El Tucán de Virginia, 2002), entre otros.

 

González Torres, Armando. "La ventana y once poemas". Cuadrivio, 2014.

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