Escribir a cambio de dinero: reflexiones sobre un oficio terrestre

Escribir a cambio de dinero: reflexiones sobre un oficio terrestre

Cuando me preguntan mi profesión no me siento del todo cómoda. Por un lado, no sé cuál elegir porque para mantenerme debo, como tantos escritores de este lado del mundo, dedicarme simultáneamente a enseñar, investigar, hacer periodismo y escribir, pero sobre todo porque uno de mis oficios, el que me arrastró a todos los otros, suena ante la sociedad rimbombante y pretencioso. “¿Y usted a qué se dedica?”. “Soy escritora”, quisiera contestar, pero en cambio digo “soy docente” y tampoco miento. Me gusta ser docente.

Pero sé que si contesto “soy escritora” no se va a escuchar lo que yo quiero decir. La misma sociedad que dificulta a la mayor parte de los escritores vivir de su oficio encumbra la literatura, la pone en un lugar muy alto, cargado de valoraciones positivas, especializado, “importante”. Me recuerda una metáfora de la condesa de Newcastle sobre la situación de las mujeres: la sociedad las coloca en un altar y las llama diosas, ángeles o medusas, para luego quitarles la escalera con que bajar al mundo, donde —habría que agregar— lo que encuentran es discriminación, explotación, dificultades para sobrevivir económicamente de un trabajo digno, agresión sexual.

Algo así tiende a hacer nuestra cultura con los escritores, salvo con unos pocos que logran disfrutar, en vida, o de la consagración, o de la popularidad, o de ambas cosas. Pero mientras tanto, decir “soy escritora” no suena igual que “soy ingeniera, soy enfermera, soy abogada”, ni siquiera suena igual que cuando se practican otros oficios artísticos. “Soy  música” o “soy artista plástica” no tiene las mismas resonancias. Pintar o hacer música son actividades que se consideran más fácilmente un trabajo; escribir literatura, no.

A la poesía, las novelas, los cuentos se les atribuye una mistificada capacidad de condensar con profundidad inefable la suma de experiencia, sentimiento y sabiduría humanos. Esto puede ser cierto a veces para algunos libros, y sólo cuando son leídos por ciertos lectores en el momento justo, pero lo mismo puede ocurrir con algunos cuadros vistos por alguna gente, con algunos temas musicales u obras de teatro, con algunas obras de la industria cultural (canciones, películas, programas de tv de calidad) y, sin embargo, sobre todo en este último caso, apenas si se reconoce.

¿Por qué atribuirle a la literatura tanto valor? Creo que es una trampa. Así se la vuelve un hecho sublime y al mismo tiempo una esencia eterna, abstracta, aislada, solitaria, separada de la “sucia” y voluble vida. Se la sube al trono y se le quita la escalera, se olvida, como dice Raymond Williams, que si alguna literatura logra una inmensa potencia de significaciones no es porque esté en el Olimpo, flotando en las nubes de la belleza y la inspiración, sino por todo lo contrario: porque está escrita en una sociedad, adentro de una historia, a partir de  experiencias específicas, de otros libros (buenos o malos); está escrita y leída por seres con cuerpo, que comen, duermen, transpiran, aman; seres con vidas cotidianas, miserias, obligaciones, sorpresas, ingenuidades, anhelos. Los lazos entre lo que escribimos y el mundo no sólo no están cortados: son el único material que tenemos para ejercer nuestro oficio.

Por eso no me siento cómoda cuando digo “soy escritora”, no porque no ame serlo, no porque no me sienta plenamente identificada con mi oficio social, sino porque lo digo, y ya me quitaron la escalera para bajar al mundo. Y por eso, porque así no estoy en el mundo, nadie se siente responsable porque yo precise comer, pagar la ortodoncia de mi hijo, comprarme pantuflas, ni porque no tenga mucho más que mi habilidad para pensar y escribir ficciones para ganar el dinero que necesito. Si no estoy en el mundo, ¿quién va a concebir que lo mío es un trabajo como cualquier otro, que se hace luego de dormir siete u ocho horas, ir al baño, comprar la ropa necesaria y estar segura de que mi hijo llegó a la escuela con la plata que le di para el colectivo?

Por los oficios se cobra, nadie parece dudarlo: si el centro de copiado que provee de apuntes a una universidad precisa que le arreglen la fotocopiadora, sabe que debe pagar al técnico. Pero ninguno de los que ofrecen ese servicio a los estudiantes parece creer que el escritor cuyas páginas fotocopia deba ser pagado por el trabajo que hizo. Es que “allá arriba”, donde se escribe, nadie hace algo tan vulgar como trabajar. Y mucho menos por dinero. Que los escritores reclamemos dinero decepciona: ¿Entonces no éramos artistas o pensadores? ¿No éramos intelectuales comprometidos, subversivos artífices de la belleza eterna?

Si se me permite un recorrido personal, hubo un largo y difícil camino hasta que pude decirme a mí misma que era escritora. No casualmente, fue el mismo que me llevó a decir que quería ganar dinero con mi literatura; no demasiado: el necesario para vivir dignamente y aportar para la dignidad de mi familia. Si ése es mi oficio social, ¿cómo renunciar a vivir de él? Pero esta obviedad requirió de un largo proceso interno, porque también a los que queremos escribir, la literatura se presenta como un reino mágico y difícil, un Sancta Sanctorum al que no se accede así nomás. Esto está implícito en las exigencias que pone la sociedad para atribuir el predicado “escritor”. Si un albañil construye paredes torcidas, es un mal albañil. Si una médica no sabe curar, es una mala médica. Un cantor que canta mal es un cantor desafinado. Pero el trabajo de la literatura no se juzga igual. Para decirlo con un término foucaultiano: la única que tiene derecho a repartir el predicado “escritor” o “escritora” es esa particular policía discursiva que es la crítica literaria, sólo ella detenta el derecho de afirmar que escribir libros no alcanza para ser un escritor. El Escritor siempre lleva implícitas las mayúsculas; no es bueno o malo sino aquél que la crítica llama, consagra como escritor. Digamos que se trata de un acto preformativo que sólo tiene un emisor legítimo: el especialista. La crítica sentencia: Borges, sí; Paulo Coelho, no; éste escritor nuevo, que no conoce nadie pero descubrimos nosotros, sí; ésta escritora que tiene miles de lectores sin nuestra intervención y ha ganado muchísimo dinero, por supuesto que no. Y éste que antes defendíamos pero resultó fácil, porque lo lee ahora todo el mundo, como Antoine de Saint Éxupery o Julio Cortázar... tampoco. Hagamos un sutil silencio alrededor de estos nombres, aunque sean los mismos que alguna vez hayamos encumbrado.

Mi situación profesional es doble, también hago crítica e investigación en la academia universitaria y por lo tanto también pertenezco al grupo de los que reparten el título de escritor. Tal vez por eso, obediente a mi grupo de pertenencia y temerosa de mis propias burlas y juicios, durante mucho tiempo no me atreví a llamarme “escritora”. “Soy crítica”, decía, “soy investigadora”. Esos predicados me hacían sentir segura, dolorosamente tranquila. Mi saber académico me indica que no soy tan buena como Jorge Luis Borges, y nada me asegura que haga obras descollantes, entonces preferí estar en la orilla del mar, observando con interés apasionado a los que se arriesgaban a enfrentar las olas, festejando o bajando el pulgar a los arriesgados bañistas.

No entré al agua hasta que no admití que muy probablemente lo que escribiera no iba a ser sublime. Es difícil encarar con serenidad, concentración, esfuerzo y, sobre todo, honestidad un oficio donde tengo que ser un genio para ganarme el derecho a nombrar de qué trabajo. Tal vez de esta exigencia provengan esas obras en general impostadas y aburridas en las que se lee la desesperación de los autores por gustar a la crítica prestigiosa: obedecen la estética que la academia canoniza, y esto, en principio, no es malo ni bueno; su escritura se puebla de guiños para los entendidos, y esto, en principio, no alcanza para arruinar el libro; pero se olvidan de que los buenos lectores, académicos, expertos, eruditos o no, nunca leen para repartir credenciales, sino para pensar el mundo y disfrutar de la literatura. Y éste sí es un olvido que condena irremediablemente el resultado.

Pelear por el título de escritora atenta contra mi oficio: deseo hacer literatura porque tengo algo que contar, que decir, y me descubro exclusivamente concentrada en que me hagan un lugar en la “alta cultura” los popes canonizadores, imaginariamente inclinados por sobre mi hombro, opinando despectivos a cada palabra que tecleo, volviéndola vana, y sonriendo con irónica soberbia. Escribo pensando que estoy trabajando, dando lo mejor de mí, lo que mejor sé dar a mis semejantes, a quienes realmente creo tener algo para decirles; disfruto del oficio como el ama de casa que apuesta a que su comida alimente a los suyos, el carpintero que espera que la cama que construye sirva para dormir, la médica que cura. Y como ellos, espero que se me provea de casa, comida y dinero para mis necesidades, dado que no soy un parásito.

Hay sin duda obras que se vuelven sublimes en determinado momento, o a veces a lo largo de siglos, pero que se lean así no estuvo nunca en manos de sus autores (y no hay seguridad de que sigan siendo sublimes, o de que una obra hoy olvidada o despreciada se vuelva la más extraordinaria, leída siglos después). La historia de la literatura está llena de estos ejemplos.

No escribí con libertad, no descubrí la dicha de explorar mi imaginación y construir un mundo de palabras hasta que no logré quebrar el consenso hegemónico de que la literatura es sublime. Y para eso tuve que tener una experiencia que me hizo nacer como escritora. Es una experiencia de mercado: mi trabajo de periodista hizo sonar el teléfono de casa, y una importante editorial me ofreció escribir una novela a partir de una nota que había publicado en una revista masiva. Eran tiempos en que, en Argentina, se vendía la novela histórica, sobre todo si estaba escrita por mujeres. El mercado precisaba productos para vender, la editorial necesitaba títulos y ahí estaba yo, mujer y con una nota histórica que había tenido cierta repercusión. El mercado editorial deseaba comprar mi fuerza de trabajo.

    Yo escribía desde mucho antes, pero con gran sufrimiento. Padecía ese síndrome lamentablemente extendido entre los académicos de la literatura: autocrítica destructiva, culpa por atreverse a competir contra Borges. No apostaba por mi obra y no me resignaba a que nunca nadie me garantizaría en verdad que mi arte valiera. Nadie. Como críticos, como academia, garantizamos desde nuestra docta formación que Arlt o Borges u otros sí son escritores, entre cientos que, en cambio, pobrecitos, no. Pero basta tener un poco de conocimiento y un poco de honestidad para saber que nuestras garantías son insuficientes. Salvo, tal vez, la Iglesia, ninguna institución se equivocó más que la crítica. Cuando se trata de juzgar obras contemporáneas, no consagradas por la permanencia, no hay nada más azaroso que el canon que “garantiza” indiscutiblemente lo “bueno” y lo separa de lo “malo”.

Ahora nadie se atreve a expulsar a Borges o a Roberto Arlt del canon de la literatura argentina, pero en 1940 la revista Sur (hoy parte del canon) despreciaba a Arlt, un periodista exitoso en el mercado, de pésimo gusto y peor estilo, que llevaba a la chusma a comprar todos los días un diario para leer sus columnas. En 1960, importantes críticos literarios hoy venerados consideraban a Borges, al menos en Argentina, un escritor extranjerizante, abstracto, lleno de tecnicismos, vacío de vida. Ser de derecha y no escribir sobre la clase obrera les alcanzaba para negarle el título. Cervantes se murió creyendo que el Quijote era un libro menor y superficial; en efecto había hecho la obra con el objetivo de vender bien y saldar deudas, aunque evidentemente no puede haber sido su única meta. Cervantes creía también que el mamotreto de La Galatea —novela pastoril hoy pesada, casi ilegible, escrita para conseguir de sus canonizadores contemporáneos un lugar en el altar— era la obra de su vida. Fueron los jóvenes escritores románticos, doscientos años después, los que encumbraron el Quijote. Esos muchachos audaces que estaban contra el canon y luego, felizmente, quedaron en el canon. Pero no precisamente porque se lo propusieran.

Retomo: para atreverme a decir “soy escritora” precisé que me ofrecieran trabajo, sentarme a negociar, pedir dinero para poder dejar otras actividades y sentarme varias horas por día a construir una novela que me comprometí a entregar en una fecha. Hubo contrato, dinero, libro. Y hubo, junto con todo eso, un descubrimiento: yo ya sabía que a veces la imaginación me torturaba hasta obligarme a escribir palabras que parecían dictadas, que me venían de un lugar que yo no controlaba. Pero no sabía que ser una escritora no era sólo eso, también requería aprender a utilizar mi imaginación a voluntad, como cualquier trabajador utiliza sus materiales y herramientas. Yo ya sabía que existía la inspiración, ese momento especial donde todo arranca y escribir es placer y goce, pero no que la inspiración a veces no llega y entonces se convoca, se busca y se encuentra. No proviene de hacer om en posición de loto, sino de sentarse a trabajar, de buscarla en las teclas y los dedos, traerla de los pelos a cumplir con su deber de 9 a 13, de 15 a 20:30. Yo ya sabía que era inmenso el goce de imaginar y construir, palabra por palabra, mundos que aparecían a su antojo. Pero no sabía que esos mundos podían dialogar y combinarse con otros programados, flexibles a mis necesidades laborales, obedientes a un proyecto previo.

En mi caso, al menos, el mercado de trabajo me dejó saber que era escritora. Si hubo crítica que me consideró buena, me alegré, pero no deposité ahí ninguna prueba. Y también me alegraré si recibo en vida los beneficios de entrar al canon. Porque aunque a los canonizados les sacan la escalera para bajar al mundo, el mercado se las vuelve a poner enseguida, una escalerita bastante transparente, discreta, no una colorinche como la de los artistas pop, pero igual una escalera que, sobria y pudorosa, llega puntualmente en forma de anticipos por ediciones importantes, derechos de traducción, viajes gratuitos por el mundo, premios sustanciosos. Los escritores que disfrutan en vida de la canonización no necesariamente se vuelven millonarios, pero pueden, en el capitalismo, vivir de su oficio. Juan José Saer no vendió lo mismo que Pablo Coelho, pero cobró dignamente.

Salvo los ladrones o los explotadores, los humanos (es preciso aclararlo: los escritores lo somos) vendemos nuestro trabajo en el mercado. Para eso hay que entenderlo y saberlo utilizar. Ojalá el mercado fuera esa malvada tentación de corrompernos que pintan las posiciones ingenuas de una izquierda intelectualmente desarmada: sería fácil mantenerlo a raya, todo se solucionaría con tenerlo lejos. Ojalá fuera la solución a todos los problemas ante la que se arrodilla una derecha mentirosa y astuta.

Los artistas debemos entender muy detenidamente el mercado. En el mercado podemos prostituirnos, sin duda, pero no hay otro lugar donde encontrar a nuestros lectores. Venderles nuestra obra no es lo mismo que vendernos a nosotros, aunque para algunos las dos cosas vayan juntas. Para decirlo con una vieja palabra desprestigiada pero irreemplazable: la obra es un producto del “alma”, no el “alma”. Así como algunos se traicionan para adaptarse a lo que quieren leer los académicos que canonizan, otros desean más vender en el mercado que vender sus trabajos, y terminan vendiéndose a ellos mismos: olvidan lo que tenían para decir, sólo dicen para ser comprados. Como en cualquier otro oficio, trabajar por dinero puede llevar o no a trabajar para el dinero. Un médico que quiere curar también quiere vivir bien; aunque el capitalismo a veces lo ponga en la disyuntiva de elegir una cosa o la otra, puede negociar.

Demonizar el mercado es demonizar la atmósfera con la que no tenemos otro remedio que interactuar para sobrevivir. Los que afirman estar afuera de él, o son hipócritas, o son víctimas de la exclusión social, y más que aplauso merecen solidaridad activa y una sociedad no excluyente, un mercado que les haga lugar. El mercado es implacable, feroz; con la misma potencia con que me disciplinó y me construyó como escritora puede destruirme, silenciarme. El capitalismo es una sociedad de vendedores y compradores, y en esas condiciones se constituye nuestra subjetividad. Los trabajadores vendemos nuestro trabajo, los explotadores venden los productos del trabajo ajeno. Pero todos vendemos algo que fue hecho no para nosotros, sino para los demás. Y compramos lo que los demás hicieron para nosotros. Acá abajo, no arriba, el arte circula como mercancía junto con las otras riquezas de la humanidad. A menos que robemos, los libros que leemos fueron comprados. Si los leemos en una biblioteca pública, no pagamos nosotros, pero alguien pagó.

En el mundo literario suele hablarse del mercado con envidia o ignorancia. Se masculla contra “escritores arrodillados ante él”, lo cual a veces es cierto, pero a menudo son simplemente escritores que el público descubrió sin permiso de los críticos; se alaba a “escritores que dan la espalda al mercado”, como si hubiera sido posible leerlos si lo hubieran hecho. Quienes así piensan no sólo deciden su juicio poniendo, para bien o para mal, el mercado en el centro de su razonamiento, sino que, sobre todo, sostienen una fantasía profundamente burguesa que Marx describe al hablar de Robinson Crusoe: sólo obnubilados por el capitalismo podemos creer que nos bastamos solos, que no estamos ligados por nuestra producción y su intercambio.

El escritor que afirma que no precisa publicar, que no le importa vender (es decir, no le importa que lo lean), se aferra al sueño burgués de la independencia y la libertad, se compró la fantasía del Robinson Crusoe de los intelectuales. Es apenas el consuelo ilusorio frente a una sociedad hostil, que no reconoce su trabajo y su derecho a vivir de él, y que lo condena a la pobreza. Es una sociedad que así como teme a sus mujeres teme a sus escritores y los manda lejos, allá arriba, a la jaula de oro falso, para librarse de escucharlos. Y algunos se creen que eso vale la pena y se quedan en su trono estéril, orgullosísimos, supuestos dueños del lenguaje, el saber y la belleza, subversivos artistas que se inmolan renunciando a la sucia compra-venta mientras piensan el alma humana, aferrados a ese oro de lata que les compensa con su azaroso prestigio simbólico la falta de dinero. Acá abajo, astutamente, un poder que con razón desconfía de ellos los ignora como trabajadores, niega la necesidad social de que existan y, sobre, todo ayuda a que leer afecte el  orden establecido lo menos posible.

 

Publicado como "Escribir a cambio de dinero", en Escribir hoy: diez reflexiones de autores latinoamericanos. Colección Educación Estética, Centro Editorial Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2010.