Editorial # 2

Digamos que, desde fines del siglo XIX en adelante, hubo una profusa y sostenida reflexión teórica sobre el arte y sobre la actividad artí­stica. No estoy diciendo que antes no hubiera; de hecho, la Poética de Aristóteles escrita en el Siglo IV a. C. y la Crí­tica del juicio de Kant publicada en 1790 son dos testimonios diversos de que siempre en el pensamiento humano hubo una preocupación por el tópico. Vuelvo al punto, entonces. El siglo XX podrí­a ser caracterizado como un siglo en el que se puso en cuestión la idea misma de arte, tal como quedó establecida más o menos a partir del siglo XVIII. Sin entrar en un rastreo erudito del que no sé si me siento a la altura, puedo decir que, a partir de la decidida irrupción de las vanguardias históricas en adelante, se puso en cuestión dos ideas: la condición aristocrática e innata del arte y del artista.

Sin embargo, el capitalismo hizo todo lo posible para volver a convertir el arte en una actividad privilegiada y "especial". De hecho, esas palabras "artista" y "arte" son palabras que actualmente tienen una connotación áurica, como si fueran actividades que se desarrollan por fuera de la vida vulgar y normal de la gente. En la tarjeta de presentación, por ejemplo, se pone "arquitecto", "médico", "carpintero", nunca "artista", o "escritor", o "poeta" o "escultor". Esto trajo aparejado una situación realmente paradójica: en el siglo en el que se cuestionó con fundamentos la condición de excepcionalidad de la actividad artí­stica, al mismo tiempo, se la convirtió en una condición casi etérea. Y lo mismo que sucedió con las mujeres, esto no es inocente. Quiero decir: el mismo mercado que pone a las mujeres en el lugar de diosas casi inalcanzables les quita la posibilidad de cobrar lo que les corresponde (en el primer número de Outsider, la revista, Elsa Drucroff reflexionaba sobre este tópico). Con el arte sucede algo parecido: un artista se dedica a lo más puro y excelso a condición de no pedir algún tipo de retribución por lo que hace.

Tal vez lo sagrado del arte sea otra cosa: la insistencia por un camino que está todo el tiempo por fuera de las seguridades que te brinda esta sociedad y que, por eso mismo, parece un camino riesgoso, inesperado, delirante, en el que lo único que lo hace mover es el fuego incandescente de alguien que quiere expresarse a cómo dé lugar. Y ese fuego sagrado, además, es el puñal clavado en el mismo centro de la maquinaria capitalista: ¿cómo puede ser que alguien trabaje sin pensar en el dinero?