Plaza Washington o el registro poético de la vida

Plaza Washington o el registro poético de la vida

Plaza Washington

Alejandra Pultrone 

Zindo & Gafuri 

Buenos Aires, 2017

53 pp.

 

Entre la poesí­a y el relato hay una relación tensa, en el sentido de una paradoja de la escritura literaria que nunca termina de resolverse del todo. Me explico: en cualquier relato hay puntos de intensidad poética que parecen salirse de la referencialidad propia de la anécdota y viceversa: cualquier poema parece sostenerse en el aquí­ y ahora de una situación narrativa. Doy dos ejemplos canónicos: en Ruinas Circulares de Borges, en sus primeras lí­neas, el narrador dice, fango sagrado. Y uno podrí­a decir casi sin titubear que en esa precisa adjetivación (que en algún sentido podrí­a ser un oxí­moron), se cifra el punto más intenso de la anécdota del cuento entero. El otro ejemplo, el primer poema de Trilce de César Vallejo. En un aluvión certero de intensos versos que parecen escaparle todo el tiempo a la referencialidad propia del lenguaje, aquí­ y allá, como si se tratara de distraí­das bollas deí­cticas, aparecen puntos en los que el lector, por momentos, cree saber dónde está parado: Quien hace tanta bulla y ni deja (…) Un poco más de consideración (…) En la lí­nea mortal del equilibrio.

Alejandra Pultrone, en su poemario Plaza Washington, parece darle una nueva vuelta de tuerca a esta paradoja. Desde el tí­tulo y la dedicatoria, los versos del libro se cifran en un acontecimiento í­ntimo que le da valor a todo el libro: la enfermedad y muerte del padre de la autora. Y a partir de esta circunstancia singular, las entradas del libro basculan entre dos tonos: el registro discreto del acontecimiento (al modo de un diario í­ntimo) y la escritura cada vez más contenida e intensa de pensamientos poéticos que buscan un registro diferente del mismo acontecimiento. En el primer tono, por ejemplo, Pultrone, escribe: Llego del sanatorio y suena el teléfono / No quiero atender / No quiero saber / escucho la voz suave de mamá / Papá ha muerto. Y en el segundo, No hay sosiego en la herida / como en aquel sueño de la aguja y el hilo azul. O un poco más adelante: Sin poemas. / No hay fuego sagrado / El fuego de artificio apenas arde. / ¿Y la pasión literaria?/ Bien, gracias.

Tal vez el punto más interesante del libro sea el modo en el que la autora resuelve la tensión entre estos dos tonos y de este modo, además, aporta una interesante reflexión sobre el conflicto entre la escritura literaria y la vida. A medida que el libro avanza, la escritura se va angostando hasta llegar a lacónicos versos que viven solitarios en la página en blanco. En ese punto, la muerte como experiencia lí­mite de la vida, parece erigirse, además, como un lí­mite hacia la literatura misma. No piense, dijo ella. / Sin embargo, no hago otra cosa que pensar. / Necesita otra voz para narrar, agregó. / Es que no hay ficción, dije.

Y sobre el final, enmarcadas en la desolación de la hoja en blanco, aparecen dos versos que pueden ser la cara y ceca del pensamiento poético del libro en su conjunto: ese punto inefable en el que la vida se escapa a cualquier tipo de poetización. Descansa la elegí­a / La vida abrasa.

 

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¿Podés contar cómo fue el proceso de escritura, teniendo en cuenta que el libro tiene una clara pista autobiográfica?

 

Es cierto, el libro tiene una pista autobiográfica, pero es una obra literaria: es decir, hubo una intencionalidad, una decisión de expresar poéticamente una experiencia de vida. Una tarea literaria. Es bueno aclararlo, no es una catarsis. Escribo un diario desde la infancia, y al releer los cuadernos escritos con posterioridad a la muerte de mi padre, me di cuenta que podí­a hacer desde allí­, un pasaje hacia la literatura. De todos modos, el libro es polifónico porque está atravesado por varios discursos, no solo el de mis diarios sino también por el del psicoanálisis, por alusiones crí­ticas a la literatura o a una forma de transitarla... Hay versos desprendidos de poemas de mi primer libro, La cuerda del silencio. Por todo esto, yo lo leo como un libro coral.

Mi escritura poética tiende a la concentración del sentido, y en Plaza Washington intenté llevar esa posibilidad a un cierto lí­mite propio, ya que es un libro que casi no tiene adjetivación. Atravesar un duelo es una experiencia de devastación, no hay adornos, ni colores. El duelo es un mar inacabado donde no se divisan orillas. La monotoní­a de la desolación. Es un libro sustantivo. Un largo poema.

 

¿Qué relación tienen para vos la muerte, la poesí­a y la ficción?

 

Te dirí­a que esa relación es de intimidad, de pertenencia. La poesí­a puede quizás definirse simplemente como un modo de mirar y estar entre las cosas y entre los otros. Como dirí­a Pizarnik, "una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo". Así­ es la mirada poética. La muerte puede ser lo que nos acecha, lo inexorable que nos espera, o puede ser también una experiencia de la palabra, y allí­ nos acercamos a la ficción... Siempre que escribimos, hemos destruido la "verdadera experiencia".

 

¿Autores que te hayan acompañado o que hayan sido referentes, y por qué?

 

Creo que cuando leemos desde chicos y llegamos a una edad de madurez como la mí­a actualmente, algunos autores nos acompañan en una parte del recorrido y otros son una compañí­a permanente. Pizarnik me ha acompañado siempre. También Octavio Paz. Victoria Ocampo. Juana Bignozzi me acompaña desde hace años. Thomas Merton. Y Auster, siempre Auster. Son algunos de los compañeros de ruta que podrí­a mencionar.

 

¿Cómo ves el campo poético en la Argentina?

 

Si hablamos de "campo poético", nos situamos en algún lugar de observación. Y desde ahí­ inevitablemente haremos un recorte. Creo que siempre que intentamos dar cuenta de ese campo, explicarlo, buscarle caracterí­sticas, solo vemos una parcela. Nuestro paí­s es enorme, y hay mucha gente que escribe poesí­a. Si el campo se lo define por los que se mueven en ser publicados, en participar de ciclos y festivales, concursos, dirí­a que no veo nada nuevo, nada que no se vio hace veinte, veinticinco años. con más tecnologí­a, claro. Mi primer libro se publicó hace ya casi 30 años.

Hay mucha gente que escribe poesí­a y no participa de los eventos y las publicaciones literarias de moda. Entonces, el campo, siempre se define por cierto canon. Como se construye ese canon, es tema extenso.

La poesí­a como experiencia de lectura en la Argentina, es endogámica. Los escritores de poesí­a buscan, generalmente, que sus lectores sean poetas. Las lecturas que se valoran son las de los pares. Lo pienso como una gran limitación. El "famoso campo" acorde a la época, es fragmentado y casi virtual. Todos los fragmentos creen ser el Todo. Hay mucha exhibición, eso sí­. Autorreferencialidad. Muchos "likes".

Pero de allí­ a que haya lectores... Como se dice habitualmente: hay una gran distancia.

Una distancia para indagar.

 

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Alejandra Pultrone nació en Buenos Aires en 1964. Realizó estudios universitarios graduándose en la carrera de Letras. Ha publicado los poemarios La cuerda del silencio (1990) , Hopper (1995) , Ciudad demolida (1999) , Restos de poda ( 2004), Plaza Washington, (2017). Dirigió la Librerí­a y centro cultural Stevenson. Con el escritor D.R. Mourelle compartió la dirección del sello editorial de poesí­a Libros del Empedrado. Actualmente coordina el taller literario Coleccionistas de Palabras. Realiza talleres individuales de escritura y clí­nica de obra para escritores.