Creando la lengua

Creando la lengua

Hoy, en Tierra extranjera interior, nuestra sección dedicada al arte de la traducción, nos encontramos con Carlos Fortea. Es uno de los más reconocidos traductores del alemán al español y en abril de 2017 participó de una charla con el crí­tico literario y musical argentino Gustavo Fernández Walker, en el Goethe-Institut, acerca del estado de la traducción de autores germanoparlantes en España. Además, reflexionó sobre la actividad de la traducción y su ví­nculo con la del autor y el crí­tico de la obra que hace al corpus.

En esa oportunidad mencionó que pareciera no haber espacio para soluciones generales a los problemas que nos plantea la traducción porque la traducción es literatura. Cada libro tiene planteamientos y exigencias hacia el traductor que hay que resolver y abordar de distintas maneras. Fortea defendió el rol del traductor como productor de la lengua: el traductor traduce para crear lengua. Reflexionó también acerca de ensanchar las costuras de la lengua propia a través de una sintaxis nueva, diferente, especial, útil para decir en otro idioma lo que el autor expresó en el original.

Concluyó que la traducción es también un género literario y, al ser interrogado por su elección de esta profesión, muchas veces ingrata por el poco reconocimiento y la poca paga, habló de su amor a las lenguas extranjeras, del deseo de compartir la literatura a la que uno accede a través de otras lenguas y principalmente del amor a la literatura.

En esta entrevista ví­a correo electrónico le hicimos cuatro preguntas clave para seguir descifrando el oficio.

 

En la charla del Goethe-Institut sostuviste que "la traducción es literatura". De esta manera entendemos que la traducción es, entonces, un arte. ¿Podrí­as por favor ahondar sobre este concepto?

Cómo no. Cuando un traductor aborda su trabajo, lo que está haciendo es volver a escribir, en su propia lengua, un libro ya escrito con anterioridad. Tiene que hacerlo en las mejores condiciones estilí­sticas de las que sea capaz. Y a la vez está haciendo, lo quiera o no, una interpretación del texto, en el mismo sentido en el que el intérprete de música interpreta también la partitura.

El resultado va a ser, inevitablemente, no solo una obra nueva, sino una obra irrepetible. Las opciones que toma el traductor (y traducir siempre es decidir, optar) son distintas de las que habrí­a tomado cualquier otro colega (cualquier otro intérprete). Responden, no solo a su propia interpretación del contenido, sino a su interpretación de la forma.

Traducir es, además, crear lenguaje. Muchos de los progresos de la lengua propia vienen de ese papel de abejas que los traductores tenemos, polinizando el español con lo que hemos tomado de otras "flores". La necesidad que tenemos nosotros, y que no tienen otros escritores, de decir lo que estamos diciendo del modo más próximo a como fue dicho nos lleva a crear en los márgenes del idioma, a incorporar procedimientos, palabras, técnicas, que en muchas ocasiones terminan siendo absorbidos por nuestra propia lengua.

La traducción es arte, pero también es oficio, también es profesión. Aplicamos unos conocimientos en los que la técnica representa un papel, unos conocimientos con los que es posible hacer una traducción correcta sin necesidad de ser un artista. Estoy en contra de ese viejo refrán que dice que para traducir poesí­a hay que ser poeta. Para traducir hay que ser traductor... Es decir, novelista, poeta, ensayista, lo que el caso requiera.

 

¿Traduttore traditore? ¿Conviene traducir sin volcar la propia lectura e interpretación en el proceso?

Como ya decí­a antes, tal cosa no es posible. Siempre volcamos nuestra propia lectura. Lo que pasa es que estamos obligados, por una ley interna, por una autoimposición ética, a constreñir los lí­mites de nuestra lectura. Tratamos siempre de ser leales al texto original, con todas las dificultades que eso supone, y no, no traicionamos nada. El autor de esa frase sin duda confundió nuestras limitaciones con nuestra voluntad. Es cosa muy distinta no poder decirlo todo y no querer decirlo todo.

 

¿Traducción local o universal? ¿Por qué?

Toda traducción es universal... No importa en qué modalidad lingí¼í­stica se exprese. El debate del español local y el español universal (si es que nos estamos refiriendo a eso) está condicionado por la errónea presuposición de que la traducción es distinta a las otras formas de escritura. No lo es. Reivindico el mismo derecho a que mi forma de escribir sea aceptada que el que puedan tener Javier Marí­as, Jorge Volpi, Juan Gabriel Vásquez o César Aira cuando escriben en la suya. Y por supuesto reivindico el de ellos. Nos dirigimos a un público local, y lo hacemos con una aspiración universal. No creo en eso que llaman el español neutro. No existe tal cosa. Cada vez que lo oigo me suena como si me dijeran el español muerto. Escribimos cada uno en nuestra modalidad, y no podemos hacer otra cosa sin disfrazarnos. Y no estoy a favor de que nos adapten ni nos modifiquen, salvo que sea con nuestra participación y nuestro consentimiento (en cuyo caso hablamos de otra cosa, hablamos de un trabajo compartido).

 

La yapa: ¿considerás que existen traducciones perfectas, en el sentido de que no caducan? ¿Cuáles son algunas de tus favoritas?

Qué difí­cil... Creo que existe la posibilidad de que las traducciones no caduquen... Lo que no es lo mismo a que sean perfectas. No hay traducción perfecta. Siempre puede haber alguien que venga y la mejore. Las traducciones no caducan por ser imperfectas, sino porque no logran integrarse en la traducción de la lengua de destino. Cuando alguna lo consigue —y las hay—, no caducan. Creo que la traducción de Opus nigrum de Emma Calatayud no va a caducar, o no va a caducar pronto; creo que algunas de las traducciones de Miguel Sáenz o José Luis López Muñoz van a durar mucho. Un ejemplo perfecto de esto es la traducción de Julio Cortázar de las Memorias de Adriano de Yourcenar. Sin duda no es una traducción perfecta. Es criticable. Pero creo que va a perdurar, ya está perdurando, porque el lector la siente como si ese libro siempre hubiera estado escrito en español. Es uno de esos casos en los que se produce la infinita magia de que, de pronto, el libro que repite el libro llega a ser tan importante como el libro.

 

Para finalizar la entrevista, invitamos a leer sus trabajos y recomendamos especialmente su versión de Opiniones del gato Murr, de E.T.A. Hoffmann (Cátedra, 1997).

 

Carlos Fortea (Madrid, 1963). Es doctor en filologí­a alemana, profesor universitario, escritor y traductor literario con más de 120 tí­tulos publicados de autores como Heinrich Heine, E.T.A. Hoffmann, Alfred Dí¶blin, Thomas Mann, Elí­as Canetti, Gí¼nter Grass, Willy Brandt o Helmut Schmidt. Ejerce la crí­tica literaria en las revistas Turia y Revista de Libros. La editorial Acantilado acaba de publicar su traducción de la monumental biografí­a de Kafka (2368 páginas) escrita por Rainer Stach. Actualmente imparte asignaturas de Traducción en la Universidad Complutense. Es autor de las novelas juveniles Impresión bajo sospecha (Anaya, 2009), El diablo en Madrid (Anaya, 2012), El comendador de las sombras (Edebé, 2013) y A tumba abierta (Loqueleo, 2016), y de una novela para adultos, Los jugadores (Nocturna, 2015). Es presidente de ACEtt, la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores de España.