Acercamiento al arte contemporáneo francés con purretes

 

Objetos

 

La marea baja extrema de La vie pone en evidencia eso de que un rí­o nunca es el mismo: nos paramos a la mitad del puente que lo cruza y me sorprendo con los veleros incrustados en el lecho barroso. Mi hijo no se sorprende en lo más mí­nimo, supongo que gracias a la naturalización de las cosas a los dos años. Al verlos, desde el cochecito, canta la melodí­a que repite desde hace unos dí­as, "Bateau sur l'eau / La rivií¨re, la rivií¨re".

 

Después de cruzar llegamos a la peatonal. Muchos turistas, la mayorí­a franceses, toman helados gigantes, y muchos más llevan bolsas de compras. Es época de saldos, como cada seis meses, y la gente se desquicia. Saint Gilles Croix de Vie serí­a Pinamar, me digo. Esos paralelismos inacabados aparecen desde que llegué, intentando explicar lo desconocido. Nos metemos por una callejuela del costado y caminamos a la sombra de casas blancas con ventanas azules, repetidas hasta el hartazgo; no hay árboles. El cochecito se desliza casi sin esfuerzo y pienso que es un buen trecho para que se duerma, pero no sucede.

 

La exposición es de un colectivo artí­stico financiado por fondos de la región de La Loire. Ver el apoyo del Estado en un pueblito perdido al costado del Atlántico no deja de llamarme la atención. Hay de todo, desde pedazos de objetos marí­timos hasta una pintura al óleo de una escena en la playa. Somos los únicos visitantes y enseguida mi hijo quiere bajar. Muchas obras están al alcance de la mano; decido no dejarlo, y los gritos llaman la atención del señor de la entrada. No se tranquiliza, veo de refilón lo que parece un tatuaje colgado, unos tubos encimados. Agarro folletos y salimos. Me quedo parado frente al centro cultural y saco una foto, reflotando mi sensación de incomodidad ante la pregunta que me metió Marcos en la mochila hace unas semanas, antes de salir: ¿cómo es el arte contemporáneo en Francia?

 

Entro para sacar fotos, para tratar de entender algo más tarde, pero mi hijo se retuerce en el cochecito queriendo tocar esos objetos repletos de texturas diferentes, frágiles, hasta que se cansa. Entonces alcanzo a ver una colección de caracoles, ordenados uno al lado del otro, sin otra cosa que ese orden. Pienso en los caracoles que tengo en una caja de zapatos en Buenos Aires, que podrí­a copiar esta obra en este lugar perdido, ganar algún premio millonario. Pero no. Lo del premio me hace dar cuenta de que me olvidé las galletitas. Y el agua. Salí­ rápido y ahora tengo que comprar todo por ahí­. Me distraigo y no veo, es un segundo nomás, no veo cómo mi hijo agarra una botella —igual a esas botellas con barcos de fósforos— llena de arena y de unas casitas iglú de cerámica y la sacude. Cuando llego a sacársela ya no es la misma. í‰l no me grita, me mira fijo: debo estar asustado. Intento acomodar las casitas, la arena. Después la apoyo donde estaba y nos vamos en silencio a la playa. En el camino tomamos un agua de tres euros con unas galletitas carí­simas. Veo a mi hijo más tranquilo ahora; seguro tení­a hambre, tení­a ganas de estar afuera. Mientras hacemos castillos con una pala de plástico y un balde, me consuelo diciéndome que tal vez sea parte de la obra que las casas y la arena cambien de lugar, que uno pueda cambiar el paisaje y volverlo otro.


Dibujitos

Caminamos con mi hijo mayor por una calle empedrada, con casas de ventanas de madera y tejas rojas, en este pueblo donde se respira un aire más alemán que francés. A pesar de estar en pleno verano, haciendo honor a que acá se realiza el mercado de Navidad más importante del paí­s, muchos negocios venden objetos con motivos tí­picos. El rojo y el blanco predomina, e incluso se encuentran esas esferas que al sacudirlas generan el efecto de nieve cayendo. Entramos al Espacio de Arte Contemporáneo a través de un patio donde nos reciben tres ojos gigantescos que mi hijo se apresura a tocar. Parecerí­an estar ahí­ para eso, así­ que me quedo tranquilo. No tan tranquilo en realidad: los ojos no dejan de mirarme vaya a donde vaya, así­ que entramos.

 

En la antesala hay un cuadro con Mickey sentado, leyendo un libro llamado Art is life, y un papel que propone sacarse selfies y subirlas a Instagram para participar de un sorteo. No tengo Instagram. Ya en la sala aparece el pato Donald, la Mujer Maravilla, los colores son brillantes, hay estrellas, Blancanieves y los siete enanitos, rosa, mucho rosa, y celeste, todo parece chicle. El autor viene del mundo del grafiti, lo cual me hace entender cierta estética. Mi hijo me lleva de acá para allá y lo que en un principio me parece algo sencillo se va modificando al observar recovecos oscuros en cada uno de los dibujos: fármacos de colores, money, diablitos, "Big buzz is watching you". También hay guiños a la historia del arte, aunque asumo que se me escapa la mayorí­a.

 

Algo que comienza a gestarse me resulta aún más complejo: en parte de lo que veo me reconozco. Mis primeras lecturas fueron revistas, las Patoaventuras que compraba en el kiosko, junto con Superman o Patoruzito. Se me aparecen dibujos animados como Los autos locos, La pantera rosa, Popeye. Somos los únicos en la sala y poco a poco me voy relajando en los recuerdos, Tom y Jerry, Robotech. ¿Hasta qué punto construyeron parte de lo que fui, de lo que soy? Saco fotos, me saco fotos con mi hijo. í‰l también mira dibujitos ahora. ¿Podrí­a decir que sé lo que mira? La pasamos bien, pero los cí­rculos enormes, iris omnipresentes, no dejan de recordarme que la exposición no es tan liviana.

 

Al salir nos encontramos con una amiga francesa que vive en Parí­s, y cuando le cuento de la exposición me dice que Speedy Graphito es un artista reconocido, que tiene graffitis por toda la ciudad, que le parece poco interesante verlo en una sala. Lo dice sin pausa. Le digo que es diferente verlo en una sala a verlo en la calle y que de otra forma no hubiera conocido lo que hace. Ella responde que pierde su esencia. Me quedo en silencio.

 

Después, tomando un café y leyendo el folleto me entero de que uno de sus dibujos está en una sonda que se mandó al espacio. ¿La esencia prevalece ya sea en la calle, en una galerí­a o en un cohete?

En la calle hubiera seguido de largo ante muchas de estas obras, le miento.

 

No sos sensible al arte, me dice.

 

Me saqué fotos con mi hijo y la pasamos bien. ¿No se trata de eso?

 

Para eso andá a una fiesta.

 

¿A un museo no? Pensé que vivir en la meca del arte era más divertido.

 

Veo la que se viene. Entonces me apuro a contarle de mis recuerdos de Robotech, aunque no los entiende: ella veí­a otras cosas en los años ochenta franceses.

 

 

Sonidos

 

Lyon tiene dos rí­os y, en uno de ellos —el Ródano—, una costanera hermosa. Caminamos entre muchas personas que salen desesperadas a aprovechar el sol de los últimos dí­as del verano, a andar en bici, a hacer picnics en cada rincón, a tomar cerveza en los bares sobre las barcazas.

 

Voy haciendo otra de esas comparaciones inconducentes al recordar las bicisendas porteñas a contramano de los autos, cuando una chica me da un folleto de la Bienal de arte contemporáneo que comienza en estos dí­as. Al ver a los pequeños, me avisa que hay una instalación de una obra de Boursier-Mougenot en la plaza Bellecour, acá nomás, que vaya con los chicos, que está bueno para ellos. No sé quién es, pero me gusta la idea. ¿En serio es para chicos?, le insisto. Sí­, sí­, especialmente para ellos. Me intriga eso de un arte contemporáneo especial para niños, algo sobre lo que seguro puedo escribir.

 

Llegando a la plaza Bellecour les señalo a los chicos una iglesia a lo lejos, arriba de una colina, que domina la vista sobre la ciudad. ¡Un castillo, un castillo!, dicen. Al lado, una torre de electricidad que parecerí­a ser una mala copia de la Torre Eiffel. Para las naves espaciales, aclara mi hijo mayor. Cerca de donde estamos, a un costado de la plaza, se erige un domo geodésico que desentona con la arquitectura impuesta en su momento por Napoleón. Veo gente que entra y sale, muy ordenada, y nos acercamos. Casi no hay niños.

 

Entramos en un espacio dominado por una pileta circular donde flotan unos cien cuencos de porcelana de diferentes tamaños. Forman coreografí­as caóticas, chocan entre sí­ y producen sonidos suaves, que no dejan lugar a otra cosa más que a escuchar, dejándose ir. No tienen un patrón, ni una melodí­a, ni un orden. Los chicos meten la mano en el agua. Los dejo hacer, ni se me ocurre que no sea posible. No pasan ni treinta segundos y una señora se acerca y me susurra, tajante, que no se puede hacer eso. Le pregunto por qué y me dice que es peligroso, a pesar de que la pileta no tenga más de cuarenta centí­metros de profundidad, calculo. Le respondo que saben nadar, se me queda mirando circularmente y se va. Asumo que es peligroso para la obra. O para la humanidad. Lo cierto es que casi nadie se acerca, casi nadie habla, todos sacan fotos con sus celulares, selfies.

 

Los chicos igual se quedan bien cerca del agua, mirando nomás. Les propongo que cierren los ojos y escuchen; me doy cuenta de que están susurrando algo, canturreando con los cuencos. Les saco una foto. Olvido que no tengo la menor idea de lo que le voy a responder a Marcos, y disfruto de esos sonidos, de esas formas, que vienen y se van, vienen y se van.

 

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Las fotos alusivas pueden verse acá

Las exposiciones pueden verse acá:

Total Symbiose de varios autores en Saint Gilles Croix de Vie
Big Buzz Show de Speedy Graphito en Colmar
Clinamen V4 de Céleste Boursier-Mougenot en la Bienal de Lyon

Reproducción de un diseño del arquitecto Buckminster Fuller. http://www.biennaledelyon.com/mondes-flottants/les-artistes/richard-buckminster-fuller.html

Dinero, plata.

El arte es vida.

Barco sobre el agua / El rí­o, el rí­o.