Comentarios sobre El escrito es el lenguaje del ausente

Comentarios sobre El escrito es el lenguaje del ausente

El escrito es el lenguaje del ausente. Apuntes sobre la lógica de la sexuación.

Alicia Hartmann

Ediciones Kliné, colección Variaciones

Buenos Aires, 2016

127pp.

 

 

“El escrito es el lenguaje del ausente”, afirma Freud en El malestar en la cultura. Alicia Hartmann lee esta afirmación y la eleva al estatuto de título de su último libro—editado por Ediciones Kliné bajo la colección Variaciones, mientras que Apuntes sobre la lógica de la sexuación es el subtítulo que entrama y conecta cada uno de los capítulos. Subtítulo a partir del cual el lector puede deslizarse por sus páginas, como el vehículo que lo dirige hacia los diferentes temas y articulaciones que componen este texto.

Como se anticipa en la “Presentación”, El escrito es el lenguaje del ausente, trata sobre el amor y el goce, el cuerpo y la sexuación, el discurso y la función del escrito, en la  práctica del análisis.

Si, a partir de las consecuencias que se desprenden de las fórmulas de la sexuación, Lacan considera o reconsidera la sexualidad femenina, la ética y el goce a la luz de la propuesta de que no existe una totalidad, de que la mujer es no-toda o de que no es Una sino una por una, Alicia Hartmann considera y reconsidera la relación entre el lenguaje  y el goce femenino a partir de una vuelta a la palabra que ya no es la función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis.

Con este horizonte de página, la autora, recordando que Lacan afirmó que las analistas mujeres se ocuparon de la sexualidad femenina diciendo no-todo acerca del tema, redobla la apuesta y se lanza a la aventura de seguir diciendo no-todo, poniéndose en serie con esas otras analistas mujeres, a partir de enseñar a leer las fórmulas de la sexuación al modo de hacerlas hablar. Porque si algo nos ofrece Alicia Hartmann en su escrito es la puesta en palabras de esas fórmulas que tanto nos aquejan en su captación a los analistas.

Para hacer hablar a estas fórmulas, Hartmann transita fundamentalmente por la literatura. De hecho, desde el comienzo del texto, pronuncia de un modo taxativo que el pasaje por el texto literario es de rigor en la construcción del psicoanálisis. La autora no lleva a cabo lo que puede denominarse un psicoanálisis aplicado, ni trata a la obra escrita de la misma forma en que es tratado el inconsciente. Confecciona un trabajo de lectura que trata a la obra como el equivalente no menos real que el inconsciente, en tanto la obra falsifica a este en su curvatura. Una curvatura que no es mera analogía, sino metáfora de la estructura, de cuanto la estructura es una metáfora de la realidad del Inconsciente. Se hace evidente entonces que Hartmann, por su trato para con la obra,trata a la obra como real. Y, en este sentido, no la toma como la imitación de nada, sino como ficción, lo que es lo mismo que decir en tanto estructura verdadera. 

Así, la autora va leyendo en el suceder de su escritura la inscripción de la posición sexuada de algunas mujeres escritas de alguna u otra forma—lo que incluye no solo el texto convencional, sino también el guión de cine y la puesta en escena, los mitos y las leyendas, la poesía y la narrativa—:

•        Helena de Goethe, Helena de Homero, Helena de Gorgias, Helena de Eurípides, para arribar, con Elogio de Helena, a la mujer como causa del deseo del hombre que transita entre la mirada y la voz, desde donde la autora da cuenta de la posición femenina del no-todo que solo se inscribe fálicamente vía la palabra de amor.

•        Mooly Bloom, en quien destaca la contingencia y la posición de una mujer que hace de él, Bloom, El hombre.

•        Ida Dalsen, quien a la vez trae reminiscencias de Medea de Eurípides. Ida, según la lectura de la autora, ubica en el lugar de la excepción a Mussolini o hace de él El hombre, a la vez que ella misma se ubica como la mujer excepcional o la única mujer que podría causar su deseo, siendo Mussolini el estrago de Ida e imposibilitando el lugar del hijo.

•        Carlota y Otilia, de Afinidades Electivas de Goethe, a partir de quienes se desarrolla los diferentes modos de relación sexual que se despliegan con sus respectivos partenaires: Eduardo y el capitán. A partir de aquí la autora lee la relación y contrariedad entre el amor verdadero y el amor pasión,como así también la posición sexuada que desemboca en la castidad y en el suicidio.

•        La mujer de Epimeteo, hermano de Prometeo, quien abre esa caja en la que a lo mejor se guardaba el enigma del goce femenino, la de Pandora. ¿Ella operaba del lado fálico?, se pregunta la autora.

Entiendo entonces que, por el hecho de que Alicia Hartmann toma la obra literaria como estructura verdadera, por efecto lógico y ético, el último capítulo de este libro, a modo de conclusión, propone como tesis central que el escrito es una consecuencia de la eficacia de la escritura de la estructura y, por supuesto, a la inversa: el hecho de que la autora considere el escrito como consecuencia de la eficacia de la escritura de la estructura la lleva a tratar a la obra literaria como una estructura en sí, en consecuencia con su posición. Y, por lo tanto, la lleva a que sea posible leer desde ellos y en ellos la inscripción de la posición sexuada.

Para ir concluyendo, no quiero teclear el punto final sin destacar que El escrito es el lenguaje del ausente. Apuntes sobre la lógica de la sexuación conlleva el don de lo que me animo a  llamar, a partir de haber sido su lectora, la función de la cita. La autora incurre en cada uno de los capítulos en el gesto de explicitar y compartir sus referencias, textos de orientación y autores con los que se acompaña para construir su originalidad. No me refiero solo a  la cita transcripción, sino a la cita como acto del lazo, como aquello que muestra y demuestra el origen plural o polifónico de construcción del discurso del psicoanálisis. Hartmann cita a aquellos que ya no están, también a analistas autores que se adivinan como sus mojones de orientación y, en la máxima expresión de este gesto, también cita a sus pares, haciéndonos ver que la cita en su función supone reconocer a otros y reconocerse en ellos.

 

Helga Fernández: Leyendo tus textos y también escuchándote en presentaciones es habitual y frecuente que cites, como un rasgo que particulariza tu discurso, a Freud y a Lacan, pero también a analistas y autores contemporáneos de diferentes y variados ámbitos, como así también a tus compañeros y pares. ¿Cuál es el valor y la función que la cita tiene en tu trabajo?

 

Alicia Hartmann: Escribir es un espacio, no hay espacio sin tiempo, y en ese espacio hay interlocutores que permanentemente dialogan con el autor. ¿Acaso se disputan su lugar? Creemos que no.

El libro por venir  y La comunidad inconfesable de M. Blanchot me vienen a la cabeza en este momento de escritura para pensar el libro como espacio de acontecimiento, de pensamiento, de vida, porque siempre está el por-venir de lo que se produce en un texto que una vez dado al lector ya no es nuestro.

Aun cuando el texto de Blanchot La comunidad inconfesable tomó otro sesgo —lo parafraseo—, en este sentido hay una comunidad de opiniones, de verdades, de cuentos, de dichos, de decires, que atrapan a mi entender al autor. Y también es en ese sentido hacia donde se dirige; no sabemos a quién, no recibiremos como emisores una respuesta del receptor, ni siquiera invertida.

De la soledad del autor, y de la soledad del analista se ha hablado mucho. Pero bien sabemos que escribir no es sin otros, y esa interlocución permanente hace lazo mas allá de lo que se dice en esa escritura, en ese texto, porque escribir pivotea entre el dicho y el decir.

Cito y me encuentro, no hay escritura sin encuentro, no hay escritura sin tyche, no hay escritura sin causa. Pero también cito por la dystichia, por el desencuentro, porque cuando cito digo sin decirlo que allí tomé un camino que en un antes no estaba y tiene que ver con el desencuentro con mis propios pensamientos. Cuando hay encuentro, tyche, cito con más placer porque está el azar y la fortuna de encontrarnos con quienes han seguido la misma travesía y sin conocernos. Y eso ocurre en la soledad de nuestra práctica, pero hay un tramo de nuestra experiencia, de escribir especialmente psicoanálisis, imposible de compartir, ya que hay un solo sujeto, y de lo cual solo podemos ficcionar a posteriori.

Nos dice Fernando Pessoa: “Vivimos de ficciones pero no ficticiamente, fuera de nosotros aprendemos una realidad exterior frente a un destino tal vez inmutable, ni justo ni injusto, ajeno al bien y al mal, a nosotros, a la realidad. Todo lo demás lo fingimos o lo soñamos de manera consciente o inconsciente”.

Digo, cuando escribimos, más que nunca la verdad tiene estructura de ficción. Los relatos de nuestra práctica por momentos son doxa y en pocos tramos se elevan al estatuto de episteme. Pero la cita que remite a otro autor que ha escrito hace corte en el relato, hace marca, abre otra dimensión de búsqueda, de una búsqueda en torno de una causa. Orienta al lector en el camino del autor. Lo confronta con algo que hace semblante de su causa, aunque sabemos que es imposible de aprehender y que de hecho hay pérdida.

 

Helga Fernández: Lacan en 'C’est à la lecture de Freud...”, escribe:

“La obra literaria fracasa o triunfa, pero su fracaso no se debe a la imitación de los efectos de la estructura. La obra solo existe en esa curvatura que es la de la estructura en sí. Así, se nos deja con algo que no es una mera analogía. La curvatura mencionada aquí no es más una metáfora de la estructura de cuanto la estructura es una metáfora de la realidad del inconsciente. Es real, y, en este sentido, la obra no imita nada. Ella es, como la ficción, una estructura verdadera”.

Vos, en la “Introducción” de tu libro, decís: “El pasaje por el texto literario se hace de rigor tanto en Freud como en Lacan. La inscripción sexuada hace lazo permanente con la historia de la subjetividad”. Además de que encontramos varias referencias literarias en tu libro que dan cuenta de posibles lecturas de las fórmulas de la sexuación.

¿Cómo podemos entender o relacionar entonces que la obra literaria sea una verdadera estructura —como afirma Lacan—y  el hecho de que, como proponés, el pasaje por el texto literario sea de rigor en la construcción del psicoanálisis? ¿Podrías, también,  desplegar un poco más esta importante afirmación de que la inscripción sexuada hace lazo con la historia de la subjetividad?

 

Alicia Hartmann: Para abordar esta cuestión, que es para desarrollarla exhaustivamente, no me es posible sortear a Buffon en su “Discurso sobre el estilo”, donde afirma que el estilo es el hombre, y a partir de lo cual Lacan propone “el estilo es el objeto”. Barthes ha dicho que es “la cosa del escritor”, su esplendor y su prisión, es la relación entre las palabras y las cosas, transita un humor en lo más íntimo. El estilo no es sino una metáfora entre la intención literaria y la estructura causal del autor, es secreto, un secreto encerrado en el cuerpo del escritor. ¿Qué otra mejor definición de estructura? Desde ya hay muchas, pero esta es una de las más cercanas, ya que creemos haría lazo entre la lengua, la palabra y el lenguaje.

En “La lengua del ausente”, Nicolás Rosa discute la apoyatura de Freud y de Lacan en las lecturas que confluyen con conceptos para el cuerpo del psicoanálisis: Freud con la tragedia griega y Lacan entre muchos otros textos, en “La carta robada”, cuento de Edgar Allan Poe.

¿Es literatura aplicada al psicoanálisis? ¿O se trata de la tyche que hemos mencionado, donde hay encuentro con los que han inventado nuestra práctica, que tienen la fortuna de pensar la subjetividad en esa reescritura de la historia? Si se trata de historia, es un devenir temporal. Bien sabemos que abordar sexualidad y muerte no pudo haberse concebido antes del siglo XIX: el peso de la religión operaba como plomada, aunque nos esforcemos por encontrarle antecedentes al estudio de los sueños. Freud ha hecho ese recorrido, ¿pero dónde está el sujeto del inconsciente? Aparece realmente en el seno de la práctica del psicoanálisis, y no es casual que los primeros analizantes fueran mujeres.

Es difícil abordar lo que produce la Revolución Francesa en la historia de la subjetividad, pero creo que es un camino que desde allí se cierne para el hombre, más allá de las vicisitudes de los acontecimientos, donde el lugar del hombre y también de la escritura escapa al temor del verdugo y al destino del cadalso.

Con esto afirmo que no hay escritura que no sea política, así como lo es especialmente el teatro. Y en el siglo XIX esa política se plasma en el descubrimiento freudiano, en el XX continuará con el invento de Lacan, en el XXI nos toca pensar en torno a sexualidad y muerte las “nuevas” posiciones sexuadas que se muestran sin censura.

Queremos destacar para aquellos que cuestionen en nuestro tiempo el valor del discurso del psicoanálisis que sin él hubiera sido imposible abordar la singularidad de las nuevas inscripciones sexuadas. Es decir, sin la bisexualidad freudiana, sin la bipartición lacaniana, sin la lógica del no todo. Basta leer a Foucault en la “Historia de los anormales” para darse cuenta, y anteriormente en la “Historia de la locura”, pero no sin “Las palabras y las cosas”.

El discurso del psicoanálisis en torno a la sexualidad y muerte, o sea la castración, se entretejió con otros discursos. Muchos no lo reconocen, lo usan sin la mínima cita (valga lo de la cita, en muchos un mal forcluído).

Foucault lo ha dicho mejor, y en nuestro tiempo Guy le Gaufrey ha hecho una historia del sujeto sexuado. Pero más allá de eso, y para no internarnos en lo ya dicho, quiero concluir que la inscripción sexuada, que es princeps en nuestra práctica, ya que no hay sujeto en el análisis sin marca, y toda marca desde la más primaria es sexuada, y es en relación a la falta que define a la estructura como lógica de la falta. Cuando hablo de la historia de la subjetividad, me refiero a la subjetividad como lo real del cuerpo. Sin ese real que es para el psicoanálisis el goce que conlleva la palabra no hay cuerpo, sin cuerpo no hay sujeto del inconsciente. Insistimos: ese Otro del lenguaje es el de su tiempo, es el de la política de su tiempo, se trata de cómo fue hablado. Allí reside la economía política de los goces, en cómo fuimos hablados en esa charla-causa que nos precede, de la que depende el lazo al semejante. Ese lazo es sexuado, a menos que estemos fuera del discurso. Y cuando decimos sexuado me refiero a que el malentendido, producto del farfullar, sea posible sabiendo que no todo puede decirse.

 

Alicia Merajver de Hartmann es psicoanalista, Dra. en Psicología. AME de la Escuela Freudiana de la Argentina.

Autora de En busca del niño en la estructura, Editorial Letra Viva (1993); Amor, sexo y fórmulas, Editorial Manantial (1995); Adolescencia, una ocasión para el psicoanálisis, Editorial Miño y Dávila (2000); Aún los niños, Editorial Letra Viva (2003); No se vuelve loco el que quiere, Editorial Letra Viva (2011); El malentendido de la estructura (A.Hartmann et al.), Editorial Letra Viva (2014); El escrito es el lenguaje del ausente. Apuntes sobre sexuación, Kliné (2016).

Supervisora externa del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez - Residentes, concurrentes y rotantes en Psicopatología Infantil, área 0 a 5 años.

Docente del Doctorado y Maestría en Psicoanálisis (UBA).

Participa en espacios de Maestría y Doctorado en universidades del interior.

Es autora de artículos publicados en revistas nacionales y del extranjero.

Analista Miembro de la Escuela Freudiana de la Argentina.

Me refiero a que, si las fórmulas de la sexuación son una escritura posible de lo imposible de la escritura de la relación sexual y la sexualidad, la autora lee en mujeres escritas o en personajes escritos —no importa tanto por quién— cómo sus posiciones hacen, ni más ni menos, a un modo de poder leer cómo se inscriben en la posición sexuada.