Vuelvo a casa y tú no estás

Vuelvo a casa y tú no estás

Verdad/consecuencia

Marcos López

Interzona

Buenos Aires, 2017

256 pp.

 

Decir Marcos López suscita una serie de imágenes, de colores, de texturas, de tonalidades y de formas muy reconocibles, cuya propiedad o pertenencia atribuimos, con más o menos rapidez, con más o menos entendimiento, a ese nombre de autor. ¡Hagamos una foto Marcos López! Y todos sabemos de lo que hablamos.

Ya se ha comentado el pasaje que hay en su obra del blanco y negro al color, de la fotografía a la intervención y al cine, de lo analógico a lo digital, de la puesta en escena a la dramaturgia. Y también se han señalado motivos, fondos y figuras que insisten con gran potencia (el interesante ensayo de Valeria González, Debut y despedida. Fotografías de Marcos López, 1978-2009, es ejemplo y entrada posible para pensar lo último). De hecho, el propio autor se ha encargado de indicar esas claves de lectura en intervenciones performáticas, entrevistas y textos, donde se puede constatar cómo se presenta, igual y distinto cada vez, como un artista queensaya y recita (porque su voz tiene la cadencia de una declamación poética y programática) el modo en que se imagina, piensa y actúa como “autor latinoamericano”, aunque sea por media hora.

En este sentido, la reciente aparición de Verdad/consecuencia, una recopilación de textos de López, escritos entre 2000 y 2016 y publicados en libros anteriores, catálogos, medios periodísticos, en su blog y en redes sociales, permite volver a considerar estas cuestiones. Son crónicas urbanas y barriales, escenas y workshops imaginados, reflexiones y máximas programáticas, sueños y negocios imaginados, la introducción al “Manifiesto de Caracas” y el manifiesto, breves estampas narrativas de personajes del “territorio emocional de la infancia” y poemas. En suma: son misceláneas breves y abigarradas que piden ser leídas como “fiestas sincréticas que no excluyen nada, que creen que todos los caminos llevan a Dios”, como reza el epígrafe de Sarduy (Entrevista, 1970), guiño de “mi religión personal”. Con palabras del autor, son formas barrocas, carnavalescas, caricaturescas y ególatras, propias de una “estética churriguerresca” o del “subrealismo criollo” (“un surrealismo mal hecho”) que, no sin ironía y con subrayada exageración, pondría en escena y documentaríala vitalidad desmadrada y la sensualidad resentida y furiosa de una América Latina pauperizada y en invariable estado de improvisación. Esta lectura política (que habría que ver cómo tracciona en cada producción concreta) encuentra aquí su clave en la máxima de “Conectar con la precariedad de la existencia a través de los materiales” de la periferia o del subdesarrollo, “mostrar la hilacha, el desaliño salvaje” y exagerarlos con frases hechas, estereotipos y dichos populares: ¡Lo atamo con alambre! Encontrar el valor de lo obvio, de lo mal hecho, de lo trucho, del error, y saturarlo con las certezas de los lugares comunes. Y también, obvia referencia borgeana, reivindicar el uso irreverente y legítimo del artista latinoamericano de cualquier maestro (Warhol, Tato, Glauber Rocha, Richard Avedon, Favio) para “hacer lo que se le dé la gana”, porque el Arte es el lugar de nadie.Tensionar los límites de la crónica y el retrato, del documento y la puesta en escena, de la copia y el reciclaje,de la emoción y la opinión; buscar la armonía en el exceso, entre el Easy de Barracas y el basural, entre primera clase y Nueva Pompeya, entre el arte digital y la artesanía popular, entre la aldea y lo global; y, fundamentalmente, hacerlo por “la necesidad imperiosa de hablar de lo que siente. Hablar todo el tiempo de sí mismo. De mí mismo”. ¿El otro soy yo?

En los textos más intimistas o de “terapia de garaje”, López ensaya diversas formas de pensar la experiencia artística como vivencia para poder ser libre, refugio terapéutico y trabajo manual, acto de creencia y fe, “por la necesidad del ser humano de conectar con lo espiritual”. Se presenta como un bárbaro chamán que dialoga con los muertos de una América profunda, trágica y violenta, “escena en la que descubro el placer erótico, sensual, primario, profundamente bello que encierra el mestizaje”, para exorcizar y conjurar esos fantasmas como personajes que participan de algún tipo de ritualidad artificial: hermosa, irónica y contradictoria.

Otro conjunto de textos, no menos intimistas, reflexiona sobre la patria y la nación. La primera es una ausencia, la imposibilidad de su representación (ni Patria ni Muerte), una textura o tejido, un ñandutí. La segunda, la identidad o el Ser nacional, una ilusión afectiva, el territorio emocional de la infancia en Santa Fe: los actos y fiestas escolares (especialmente, sus colores y olores), las voces de la madre y la tía, las tonalidades y texturas de la tierra y el cielo de esa pequeña región del mundo. A la evocación emotiva del pueblole sobreimprime (o al revés) la de la historia nacional para construir una—¿primera?—imagen montada sobre los orígenes personales/nacionales como hybris trágica, un fondo pulsional y primario de resentimiento, orgullo, rabia y furia criolla y mestiza, pero con un “remix inmigratorio” sobre el que, a su vez, se proyecta el simulacro, la mascarada, el puro cuento, la Argentina como “shopping center de cartón pintado” (Pop Latino 2000), donde “nos gusta más consumir lo falso. Imitaciones hechas en talleres y fábricas clandestinas”. ¡Quién te ha visto y quién te ve! Encontrar el valor, el buen gusto, el tono y la delicadeza de lo obvio, de lo mal hecho, de lo trucho, del error, del camp (el pato inflable amarillo pero también los souvenirs). López dice que el color y la textura son simulacros, máscaras que ilusionan y hasta traicionan, pero “la tragedia está, es anterior a la escenografía y la puesta en escena”.

Habría que agregar una mención especial al “Manifiesto de Caracas” (Pop Latino), una declamación programática (“Internalizar la mística y los ideales del muralismo mexicano para luego hacer switch, y adaptarlos a los códigos actuales de comunicación de esta insensata aldea global-Armani-DolceGabbana-misiles a Belgrado-realidad virtual”) que ofrece, con un tono celebratorio, melancólico, sarcástico y sensualista, un ensayo poético sobre otra ausencia,la de un otro, cantada en un bolero.Aunque aquí más grandilocuente y excesivo, en algunos de los otros textos el arte es pensado como pequeño gesto que, en el mejor de los casos y “con mensaje social”, mueve emociones y genera ilusión. La experiencia artística, conmovedora potencia imaginaria, es “una experiencia más en el camino hacia la nada”, que nada parece poder hacer para construir un país más digno, más justo, más solidario. Que la ironía no empañe la ternura.

La yapa final, que agradecemos, es una obra de teatro, Reproches, escrita y dirigida por Marcos López y puesta en escena una única vez (23 de septiembre de 2016).