Vertiginosas la belleza y la violencia: sobre Estrellas y trotyl, de Blanca Lema

Vertiginosas la belleza y la violencia: sobre Estrellas y trotyl, de Blanca Lema

Estrellas y trotyl

Autora: Blanca Lema

Mansalva

Buenos Aires, 2017

136 pp.

 

Si a esta batería de incandescencias abruptas y de ágiles explosiones que es Estrellas y trotyl, de Blanca Lema, hubiera que encontrarle una línea de sentido, esta sería la organicidad desde el vamos imposible, la dispersión de lo que debiera ir junto o al menos encastrado: “¿Dónde está mi cuerpo en mi cuerpo?/ La distancia es cada vez más grande”, dice el yo en “Reencuadre”. Esta deriva promueve una perpetua confusión del adentro y del afuera —“Construyo un afuera/ para que ese afuera me arrastre”—, una urdimbre “borrosa” del yo que en sus intervenciones frecuentes pero deshilachadas detiene la materia de lo íntimo, la desvía. Y que además genera un estado de alerta y de vértigo: “¿Dónde estaré yo en ese momento?”, se pregunta la Marilyn carroliana en “Alicia Nº5”; “¿Cuánto tiempo queda/ para que me transforme en otra persona?// ¿No lo era ya?”, comprueba en “Again”. Se trata de un abanico de eventualidades y de aceleraciones que incluyen el vaciamiento y sus sutiles reversiones especulares —“Soy la rosa vacía/ la rosa vaciada en mí”—, nunca desprendidas de una belleza en clave femenina. De hecho, es allí donde se roza lo tragicómico, que se expresa en las “flores” de “Te amaré mil años”, en la pregunta de “Gracias” —“¿Me parezco a una flor?”— o en los “[…] peces que suelen regresar/ a nuestra lengua/ luego de un largo viaje de olvidos” de “¡Kopunká!”. En dichas instancias se juega una faceta erótica, que es aún más explícita y fehaciente cuando aparecen los fluidos corporales —hay “saliva”, “pis”, “sangre”, “orina” en estos poemas— o cuando las acciones de ese yo vívido y voluble son precisas y contundentes: “Te huelo, ¡te muerdo!/ Lejos, lejos…”.

La impresión de la lejanía, tan bien explicitada en esta última afirmación, condice con una forma leve del arraigo que aquí se percibe: los versos de Blanca Lema son casi de acróbata. Y cuando afincan en algún lado lo hacen en punta de pie —están la resonancia y el imaginario de la danza, otra de las artes que la autora practica—; son golpes secos como los de los pájaros, en “Hay algo que no estamos escuchando”; pican, como la “Avispa”; o son infinitamente breves y compulsivos: “hoy”, “¡Ser!”, “EY EY……………¡eeeY!”, “¡Zoom!/ ¡Back!”, “Sit down!”. En todo caso, el énfasis es siempre puntiagudo, ya sea porque la frase adquiere la fisonomía de la orden, del imperativo, o del pedido —en “Morfina”, o en “Help me!”, por ejemplo—; ya por las implicancias de los signos de exclamación y de algunas interrogaciones; ya por la sencillez de la construcción sintáctica, que, desistiendo de cualquier solemnidad, responde a la lógica de la velocidad. En efecto, abundan las oraciones que constan de sujeto, verbo copulativo y predicativo; y las unimembres o compuestas de un solo verbo: “Suerte”, “Empiezo. Miento”.

Claro que así se trama una simpleza, una infantil apariencia fruto del deseo de ir “vestida de paloma” aunque los muertos se apilen. Porque hay un trasfondo de violencia del que se nutre el poema, y habrá un remedio para cada amenaza que se avecina. En su versión repostera, serán los “Palos de Jacob”; y en esa gama de lo cursi se irá encubriendo la amargura. Son tal vez “Migajas de una alegría que hemos logrado soltar/ aún sin usar”, como se la describe en “Ensayos holográficos”, puesto que la acción se emprende o se ejecuta a medias —el poema “En el parque” es al respecto elocuente— y parece más fácil, en esa línea o en ese desaliñe, optar por el dislate: hay causas sin efectos y efectos sin causas, especialmente en los poemas escritos “In London”. En esta segunda parte del libro —“Londres 2016-2017”—, se desafueran las (con)secuencias y se profundizan las discontinuidades; en “Mind the gap”, leemos: “Hay una brecha grande/ entre el subte en el que vas/ y la plataforma a la que llegas”. El viaje y el paisaje foráneo traen consigo un problema de “conexión”, que es lo que aquí se enfatiza; y con ello la pérdida del destino y de la casa —claramente, en “Up, down!”— parece inexorable.

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Teniendo en cuenta que sos bailarina, ¿sentís que ponés a funcionar el cuerpo cuando escribís poesía? Si es así, ¿cómo?

Cuando escribo poesía mi cuerpo está muy vacío. Sin ninguna intención se vuelve de verdad un cuerpo sin órganos. Me ocurrió siempre, desde niña. Parezco raptada por una banda de nubes.

Cuando el poema ya está escrito y lo leo para mí, ahí sí aparece el cuerpo de la bailarina que danza el poema y lo vuelve a embrujar. Generalmente en esa extraña coreografía desaparece del poema todo lo que sobra.

 

¿Tenés un proyecto previo que va articulando la escritura de tus novelas con los libros de poesía? ¿O simplemente los poemas se van escribiendo en las intermitencias?

Escribo poesía y novela casi en simultáneo. A veces es la novela la que actúa como almácigo conceptual de un poema y, al revés, a veces son los apuntes de imágenes y sensaciones poéticas las que funcionan como un gran compositor que fermenta y pulsiona las atmósferas de la novela.

 

¿Qué relación tenés con la lengua o, mejor dicho, con las lenguas?

Empecé a escribir poesía a los cuatro años, cuando inventé un idioma que llamé batallón. Lo escribía con ideogramas dibujados con lana en el piso. Aún hoy, ese idioma impronunciable es el que me encuentro hablando cuando va naciendo el poema. La mano traduce en español, pero primero nace mentalmente este “batallón” que por momentos pareciera simular los sonidos del chino, el ruso, el inglés o el francés... En Estrellas y Trotyl hay algo de esto en los poemas escritos en Londres.

 

¿Hay poetas a los que recurras con frecuencia, o que sientas como parte de tu familia?

¡Sí, sí, sí! Amo algunos poetas como Ives Bonnefoy, E. E. Cummings, Alejandra Pizarnik, Arturo Carrera, Antonin Artaud, Wislawa Szymborska... Y también a algunos físicos cuánticos que funcionan en mí como grandes poetas inspiradores. Ellos son: Fritjof Capra, David Bohm, Douglas Hofstadter y los increíbles John Briggs y David Peat.

 

Blanca Lema nació en Buenos Aires. Es poeta, novelista, guionista, bailarina Butoh y performer. Trabaja como docente universitaria y como asesora e investigadora en innovación creativa. Sus últimas publicaciones en la Argentina fueron: las novelas Taper Ware y Contradanza de la editorial Paradiso y el libro de poemas Estrellas y trotyl de la editorial Mansalva.