Cuento de Guido Herzovich presentado por Brindisi

Cuento de Guido Herzovich presentado por Brindisi

Conocí a Guido Herzovich cuando él acababa de abandonar la adolescencia, y a mí –que le llevaba diez años- ya empezaba a avergonzarme e incluso fastidiarme que me llamaran joven. Hicimos un taller de escritura individual, muy intenso, durante cinco años; más allá de lo que él haya podido extraer de ese intercambio, lo cierto es que a mí me sirvió de mucho. No me refiero al demagógico y arquetípico reconocimiento del aprendizaje mutuo –aunque sí aprendí cosas de él, unas cuantas-, sino a la exigencia que implicaba para mí, que todavía estaba bastante verde en el oficio, hablar de literatura y tratar de enseñarle lo que yo traía conmigo a alguien que ya, antes de haber cumplido los veinte, era absolutamente brillante. Guido me obligaba a leer más, estudiar más, pensar más y –espero– mejor. Ya en aquel entonces tenía ideas formadas respecto de demasiadas cosas, pero por fortuna tenía también la lucidez para revisarlas cuando los argumentos en contra le resultaban mínimamente convincentes.

Como le tocó aprender a la fuerza al bueno de Peter Parker, poseer un gran talento implica asimismo cargar con enormes responsabilidades. Ese peso puede resultar abrumador, y acaso para Guido la consciencia –o intuición, o pesadilla– de saber que podía hacer casi cualquier cosa lo llevó, por momentos, a dar cada paso con extrema puntillosidad, como escondiéndose de sí mismo. Al contrario de lo que ocurre con tantos, que están más fascinados y apurados por publicar, es decir por convertirse en escritores, que por escribir –ya no crecer, sino directamente nacer en público–, en él habita un monstruo que durante mucho tiempo lo llamó a la excesiva mesura, a reinventarse para sí mismo, a desconfiar de todo. Al margen de sus múltiples y con frecuencia admirables intervenciones en el campo literario, su escritura de ficción vivió en el ostracismo casi total hasta hace no mucho tiempo, lo que en su caso se trata, sin ánimo de exagerar, de una injusticia absurda, un equívoco a esta altura escandaloso.

Hay que decir que esa obsesión introspectiva, que esa autoexigencia casi demencial, ha dado por lo general sus frutos, y es extrañísimo encontrarse con una frase de Guido Herzovich que suene, y esto vale aun para las más rebuscadas, artificial. Es alguien que vive en el lenguaje, y decirlo implica observar de qué manera las ideas se transforman y deforman a partir de esa expresividad –ya lo dije– que no parece tener límites. No hay transpiración en sus textos, al margen de cuántos kilos le haya hecho licuar la persecución de la cadencia perfecta de una frase, un sinsentido revelador, lo imposible de un gesto sutil y a la vez obsceno. Es alguien que impone siempre sus propias reglas, que escucha una melodía internamente y logra reproducirla con la mayor fidelidad. Los hechos se desdibujan, en la escritura de Guido Herzovich, en esa alucinación que desde el humor trastoca cualquier certeza. Y acaso lo más extraordinario del efecto que provoca leerlo sea el modo silencioso en que esa desmesura adquiere, con el correr de las páginas, un rostro perturbadoramente familiar.

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EL FIN DE LAS HOSTILIDADES

Guido Herzovich

 

 

1

 

La cámara no lograba tomarlo nunca por demasiado tiempo; su imagen era borrosa incluso en plano general. Antes de que el director pudiera pasar a otra toma, del cebollín picado sobre la tablita, por ejemplo, a la sartén donde debía acabar, sus manos eléctricas desaparecían. El aire quedaba librado por un instante a una pila de cáscara o un fragmento del atardecer paradisíaco que ambientaba el estudio. Manos aún más eléctricas venían al rescate desde la consola: con un zoom out, o un salto de cámara, nos ofrecían a cambio la cara epiléptica de la otra cocinera. Ralentada por la velocidad del conjunto, su belleza declinante de cuarenta y pico adquiría una cualidad intemporal…

Pero era tan rotunda la presencia del conductor en esos planos breves, tan luminosa la bocha viril cuando la detenía fugazmente para que los ojos hicieran mella en el espectador, tan macizas y contenedoras las manos por muy desparejo que cortaran juliana, que no era inimaginable que uno o muchos, hombres y mujeres, quedaran prendados durante veintidós minutos. ¿Qué es, a fin de cuentas, media hora de la vida?

Ella tenía largas y decoradas las uñas de la mano derecha, cortas y limpias las de la izquierda. Cuando llegó el momento de servir el resultado, acercó la sartén con suavidad hacia la cámara; abajo, en un plato ovalado en segundo plano, esperaba una brochette de pollo adornada con hojas verdes. Mientras la mano derecha hacía firuletes sobre el panaché, acompañando presumiblemente una explicación, treinta centímetros de cuchilla ingresaron al plano por el lado opuesto. Un firulete abortó in medias res; la mano se hizo garra y huyó despavorida. La izquierda dudó, visiblemente contrariada. Después, con un abandono dramático, conmovedor, adelantó por fin la sartén hasta donde la pedía el cuchillo. Más, exigió el cuchillo con un gesto de la punta. El filo proyectó por un instante un brillo cegador. Después le pidió que entregara y la mano quebró eje sin chistar, pero como el panaché se deslizaba lento, la cuchilla por detrás le marcaba el paso hasta que por fin saltó.

No hubo plano final de los cocineros. Los créditos finales se desplazaban hacia arriba sobre el atardecer marino del decorado, haciendo el efecto de que el sol naranja conseguía ponerse. En este punto el tipo encendió el volumen. La cortina era un funk lento, con baterías programadas, saxos sensuales y voces de hombres y mujeres que susurraban a lo lejos, no era claro en qué lengua. Hubo un corte violento y arrancó la tanda.

El tipo estaba erguido con el control en alto, paralizado por la reflexión o su ausencia. Una veneciana bloqueaba el sol de la primera tarde, junto con una vista interminable de monoblocs grises y avenidas diseñadas sobre papel. Golpearon a la puerta, pero la cocinera entró a la oficina sin esperar respuesta. Traía entre manos el plato. Las hojas de lechuga se batían al viento.

—Probá —dijo mientras avanzaba.

El tipo apagó el televisor y se reclinó en su silla.

—¿Qué diferencia hay? Es televisión.

—Probá —repitió.

Se acercó al escritorio y apoyó la fuente demasiado cerca de la computadora.

—¿Sabés lo que me cuesta mantener la cara de éxtasis cuando lo tengo que probar en cámara?

—Es una probadita, Raquel.

Se arrepintió de llamarla Raquel, pero prefirió no corregirse.

—Ni cuando te permito montarme —dijo “ride”, porque hablaba en inglés—me cuesta tanto mantener la compostura.

—¡Che! Bajá el volumen.

Raquel se cabreó.

—Yo no grito nada que no esté dispuesta a susurrar.

—¡Susurremos entonces! —el tipo se había erguido y abría los brazos. Ojos grandes de ¡eureka!

Raquel caminó despacito hasta la puerta; la aventó con saña. Miró enseguida la biblioteca de madera que había al lado: en el estante superior, solitario, una bombilla de metal giraba sobre su eje en un mate de pezuña.

—Sacaste los adornos.

Estaba decepcionada.

—Justo cuando iba mejorando. La fuerza no es todo.

—No, yo admiro tu técnica. Pero me da más miedo esa clase de kickboxing que estás tomando.

Raquel puso cara de sorpresa.

—Es para protegerte.

Después se acercó y se sentó al escritorio. Miró con tristeza el plato frío.

—Vamos un mes ya. ¿Cuánto más vamos a esperar? Si descartás la prensa de la primera semana, es evidente que estamos perdiendo público.

—Es un recambio. Hay una apuesta.

—No me vuelvas a decir que la mitad de la audacia es tener paciencia.

—¿La mitad te dije? Me quedé corto.

—Te lo digo de verdad —lo miró muy tranquila—. Me parece que no tiene sentido. La otra mitad de la audacia es reconocer el fracaso a tiempo. Esos chicos que lo siguen, si es que todavía lo sigue alguien, no ven programas de cocina.

—Me queda clarísimo. Yo opino exactamente lo contrario, que podemos atraer un público nuevo, que descubra en la cocina un laboratorio de sensualidad. Y te propuse un período de prueba de tres meses, ¿te acordás? Videchu, ¿no?

—Videchemo.

—Videchemo —concedió el tipo.

—Te hablo en serio —probó ella—: ni siquiera se le entiende lo que dice.

Él se mostró decepcionado por el argumento.

—No te pongas purista, Raquel…

—OK. Pero pedile otra vez que baje un cambio. Amenazalo con algo. Pedíselo de “hombre” a “hombre” —hizo las comillas en el aire.

—Está bien. Esta noche le digo.

—Marquitos —dijo Raquel: le salió una cadencia tan rioplatense que el tipo se sintió amonestado por la maestra—. No hay química en tu laboratorio. Eso se nota. El espectador es idiota, pero esto se nota: se nota el esfuerzo.

El tipo entornó los ojos para parecer suspicaz.

—Me parece limitado lo que decís. Sobre todo viniendo de una mujer de mundo como vos, con amplia experiencia en la industria de exhibicionismo. ¿Qué importa si se nota? ¿Grita corte el director, porque no es creíble, cuando el chico del delivery se acaricia el bulto antes del cruzar el umbral? ¿Le llevaste alguna vez a un productor a su oficina un pedazo de poronga semifláccida?

—Habrás oído hablar del montaje.

—Va. Está bien: esta noche. Lo hablo con él.

—¿Van a salir otra vez?

—¿Vos pensás que saldría con él si se pudiera hablar con él en otra parte?

—Estoy convencida de que sí.

El tipo inspiró profundo, ostentosamente.

—Entonces no tenemos nada más que hablar. Te veo a la noche. No me esperes despierta.

Ella dejó caer la mandíbula como en un dibujo animado.

—¡Make-me-laugh!

 

 

 

2

 

Si un paisano encuentra dos panaderías juntas, dicen acá, se dirige siempre a la que tiene la fila más larga, sin detenerse a considerar el aspecto de cada una. El puente nuevo es más ancho y más bonito que el antiguo BraskovMost, y la municipalidad lo ilumina de un color diferente (pero con idénticos resultados) cada atardecer. Marquitos, que no es de acá, condesciende sin embargo a la psicosis colectiva. Verde, esta noche, sobre un cielo desteñido, parece diseñado para gozárselo desde el puente viejo, donde la lentitud del tráfico favorece a ciertas horas la contemplación. El ritual absurdo por el cual la ciudad vieja y la ciudad nueva intercambian piezas dos veces por día llega a veces a paralizarla completa.

Izquierda, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda. Después de esperar diez minutos frente al shopping center, disimulado (eso cree) al final de una línea de taxis, un policía se inclina sobre su ventanilla. Marquitos no llega a entender las palabras pero descifra el sentido, porque el contexto es más democrático que la lengua; devuelve una fórmula respetuosa, que no le cuesta pronunciar, y sin soltar el teléfono va a aparcar doscientos metros más adelante, en el parking público, que es más bien un descampado.

Mira tres o cuatro fotos más, ladeando la cabeza para perfeccionar el juicio, y desliza tres aprobados hacia la izquierda. Después va al menú principal para buscar entre sus contactos. El teléfono llama… Corta. Vuelve a la aplicación y aprueba otras tres, cuatro fotos. Rechaza una que dice tener veinte años pero parece quince. Después se arrepiente. Tiene que llamar otras tres veces para hacerse atender. El diálogo es breve; Marquitos resopla, tira el teléfono y arranca.

Por lo general el trancón del puente se disuelve enseguida al llegar a la ciudad nueva, que fue diseñada para albergar una multitud y un futuro que se han ido materializando en lugares menos hospitalarios del globo. Peor así. Estas avenidas se dirían carreteras. En lugar de arbolitos en línea asomando entre las baldosas, ¡franjas de bosque que aíslan el tránsito de los monoblocs! Departamentos amplios, donde el toilet nunca ha sido un closet. Ventanales que se abren a diez metros de balcón, balcones para todos. Ambientes llenos de luz. Múltiples aberturas para evacuar el humo del cigarro, que hace de la casa un hogar.

De la penumbra de un hall vacío emerge a la calle el conductor del programa de cocina. Cuando lo toma, al llegar a la vereda, el modesto farol público, se yergue como un tótem: la viril bocha pelada emana luz; resplandece la larga túnica blanca que viste de una sola pieza; brilla la hebilla dorada de la pequeña cartera de hombre, cuyas tiras de cuero rústico le cruzan el torso. Pestañea eléctricamente mientras mira a diestra y siniestra como un alucinado.

—Me dormí en la terraza. Me despertó tu llamada. Las disculpas del caso, ¿no?

Se ha bañado en perfume, tal vez por falta de tiempo. Está agitado. Apenas le caben las piernas en el pequeño cupé. Tanto se mueve de un lado a otro, como un gato antes de echarse a dormir, que Marquitos pega la nunca contra su ventanilla para proteger la cabeza del despliegue de codos. Por fin El Tótem encuentra la palanca y retrocede el asiento, gira la perilla y desanda el respaldo hasta dejarlo horizontal.

—¿Tú qué tal? —va preguntando mientras se desliza.

Ya llegó abajo y Marquitos todavía no ha respondido. El Tótem pasa a otra cosa:

—A la vuelta me ocupo de mantenerte despierto, si te parece bien. Conduce con cuidado, que no hay prisa.

La carretera lo acuna. No lo despiertan las noticias, que Marquitos pone cada día “para practicar” el idioma. Pero el cuerpo está inquieto; todo en él parece latir. Un rictus de angustia, o acaso de frío, le frunce el ceño y le sacude los hombros. En las rectas Marquitos lo observa brevemente con curiosidad; lo hipnotizan la noche y el noticiero y la hora de trayecto se le hace corta.

Tampoco el camino de adoquines que desciende al Danubio consigue despertar al Tótem. En la franja de bosque hay un par de docenas de autos estacionados. Encuentra lugar enseguida. Como el otro persiste en su sueño inquieto, Marquitos mete una mano por debajo de la túnica y le apachurra un testículo. Le resulta fácil, porque no lleva ropa interior.

—Ya no sabía qué probar —se justifica.

Caminan entre los árboles. La temperatura está 5 o 6 grados más baja que en la ciudad, casi agradable. Saludan con un gesto a un grupo de choferes que fuma y conversa junto a una limusina; el techo y las puertas están abiertas para que se oiga la música de trompetas. Un poco más adelante, Marquitos reconoce a un chofer que vuelve abrochándose la bragueta. Se dan la mano brevemente, e incluso lo palmea apenas para retribuir el gesto del chofer, que se ha inclinado para saludarlo.

Desde la costa suben a bordo por un tablón. En las mesas de la cubierta, llenas a medias —o medio vacías—, se les da un trato dispar: Marquitos recibe miradas familiares, que no devuelve, pero es El Tótem el que despierta curiosidad. Se ubican contra la baranda y se recuestan en los silloncitos de caña, sobre los almohadones sintéticos. Sacan paquetes de tabaco con sus respectivos filtros, papelitos y encendedores. Después de armar uno cada uno, que ninguno enciende, adoptan la actitud física del que se dispone a tener una conversación larga, sin urgencias. Gozada, pues.

—¿Y el gusto por las túnicas…? Es curioso, ¿no?

—Puede ser —ponderó seriamente El Tótem—. Pero yo no tomo conciencia hasta salir de la Casa. En las reuniones previas cada uno iba puliendo (así decían) su personalidad. No había lugar para todo, lógicamente. Había que elegir. Yo tuve que dejar la guitarra, porque ya tocaba un chico de Guadalajara que eligió primero. Yo elegí a cambio esta masculinidad agresiva, que me pareció una mejor apuesta de mediano plazo. Incluso de largo plazo. Estuve bien asesorado, nada más.

—¿Y las túnicas…?

—Pareció natural suavizarle las aristas a esa masculinidad. Entre tres opciones que ya no recuerdo, preferí cierta excentricidad en el vestir, que me ha seguido desde entonces. Me incliné enseguida por las túnicas. De niño, para los festejos del día de los muertos, mi madre me disfrazaba o bien de fantasma o de Lawrence de Arabia; fue siempre gran admiradora suya. Todos sabían, nunca supe cómo (¡porque contarlo no iba conmigo!) que no llevaba ropa interior. O tal vez ocurrió al revés, que se corriera primero el rumor y que yo terminara por adoptarlo.

Inclinándose sobre la mesa, Marquitos midió aquí las palabras.

—Tal vez —le apuntaba los dos dedos que sostenían el cigarrillo sin encender—de lo que se trata es de suavizar alguna otra de esas aristas. La cocina de la Casa y la del programa, quiera que sí, no se dejan confundir.

—Entiendo —dijo El Tótem con un gesto de contrición, como de quien está acostumbrado a pedir disculpas por sus excesos.

Marquitos no supo si lo apabullaba la culpa o el desinterés, pero se sintió obligado a explicarse. Intentó mostrarse dispuesto a decirlo todo; esperaba salvarlo así de intentar defenderse. Buscó una postura de ostentoso despliegue dialéctico: alejó codos y flotó las palmas chatas como si le hiciera reiki a la mesa de caña. Pero todo le parecía poco lo que se le venía a la cabeza, así que bajó el tono y la exigencia y se recostó otra vez. Encendió el cigarrillo como quien demora contra su voluntad lo que está por decir, por un prurito microscópico que con todo lo enaltece, y dijo por fin:

—Ya te dejé en claro que para mí esa energía tan… tuya que traés al estudio, es difícil imaginar que se expresara mejor en otro género de programa. Se trata más bien de ir como…

—Deja que te interrumpa. No me gustaría que dañáramos el diálogo por hablar de estas cosas sin el lenguaje adecuado. Disponer de ese lenguaje ha sido para mí una necesidad profesional. Hace tres años, cuando me fichó esta empresa húngara de condones, los sorprendí con siete años más de los que pensaban que yo tenía. Me culpé por aquello más de lo que seguramente te parecerá razonable, considerando que cuando recibí el pasaje, que significaba la primera propuesta real en demasiados años (esto entre paréntesis), lamenté más que nada las trece noches que me iba a tener alejado de las mezcalerías de La condesa. ¡Pensar que no he vuelto en tres años! Fue mi agente (un viejo judío, ex agregado cultural en uno de estos países) el que me convenció de camino al aeropuerto de tomármelo en serio. Se me abría un mundo varias veces anacrónico, me dijo, pero yo podía aprovecharlo a mi favor. Allá (acá) yo era todavía el joven que acababa de entrar a la Casa, porque el programa se proyectaba con gran éxito y casi una década de retraso. “A pocos se les ofrece una oportunidad así”, me dijo. “Es como si hubieras entrado en la máquina del tiempo”. “No te dejes engañar por las apariencias”, me dijo también: “el Este es grande. México es pequeñito”. Desde el fondo del viejo auto americano en el que andaba siempre con chofer, antes de dejarme en el aeropuerto, me ordenó: “Ve y chíngatelo. Aquí es demasiado estrecho para ti”. Y me tiró a los pies el carry-on de cocodrilo que era todo mi equipaje.

—Qué verba —reaccionó Marquitos.

—Acaso lo mejoro. Es que ya lo he contado demasiadas veces.

Se detuvo para lamer el papel del cigarro. Acabar el primero, dejándolo apagar y volviéndolo a encender, le había tomado el rato completo que llevaban ahí. Encendió el nuevo con una pitada corta —demasiado corta para mantenerlo encendido—y continuó.

—Para averiguar si seguía ahí esa cualidad por la que habían pensado en mí como mascota de la marca, mandaron a hacer un estudio completo, cuanti y cuali. El resultado fue terminante: esa cualidad, si acaso, se había potenciado. La consultora la definió como un “no dar más”; un “estar a punto de…”. A cultivarla me he dedicado estos tres años y no me extraña escuchar de tu boca —pitó en este punto extraño de la oración—que he ido muy lejos.

Marquitos se halló asintiendo en silencio con orgullo paternal, aunque no le llevaba más de 4 o 5 años. No hace falta ser padre ni sentir orgullo, nos recuerda el poeta, para asentir con orgullo paternal. Alcanza con…

—Me odia interrumpirlos —dijo con timidez una mujer que entrometía medio cuerpo en el intento desesperado de ser vista. Como medía tal vez un metro noventa, el esfuerzo tenía algo de grotesco.

—A mis amigas y a mí nos daría mucho gusto invitarlos a tomar algo —dijo “take”, porque hablaba en inglés—. Pero no quisiéramos interrumpir.

“Alcanza con querer”, dijo Marquitos en castellano. Ella ni registró. Observó que el otro tenía la túnica arremangada hasta casi la mitad de los muslos, que apuntaban semiabiertos en dirección a la mesa que ahora señalaba aquella mujer. Allá había otras dos que mostraban enorme disposición. Llevaban vestidos de cocktail, peinados altos y anteojos oscuros.

—Las vimos y queremos pero hablamos —respondió El Tótem sin mirar hacia la otra mesa; acometía el inglés impetuosamente, como si no cometiera errores sino un dialecto propio—. Es una conversación importante porque es sobre la personalidad, ¿está bien? ¿Tal vez más tarde? ¿Adentro, tal vez?

La mujer bajó la vista brevemente a la entrepierna, le sonrío a Marquitos —dándole a entender (imaginó él) que no sería olvidado—y retrocedió con taconeo medio, ni muy entusiasta ni derrotado.

El Tótem le devolvió su atención completa.

—Como te decía hace un mes —dijo Marquitos cuando terminó de armar un cigarro, siempre con el gesto soñador del que sabe qué dirá pero no exactamente cómo—, entiendo que la gastronomía es uno de los grandes desafíos para la industria del exhibicionismo. Para el que fabrica condones, la literalidad es una condena (aun si gozosa). Nosotros, en cambio, tenemos toda la libertad del mundo; sólo una cosa nos está vedada y es la literalidad. Eso nos obliga a innovar, porque se puede tener el mismo orgasmo todas las noches, pero las maneras de alcanzarlo, en cambio, tendrán que ser casi tantas como las noches. Quiero decir que en un programa de cocina se puede hacer prácticamente cualquier cosa. Pienso en eso y me da vértigo y sobre todo me da mucha pena, porque advierto que con suerte vamos a hacer poco. Pero algo hay que hacer, ¿no? Podemos incorporar otros matices compensatorios para lubricar un poco la superficie del programa; algún bálsamo para las zonas irritadas, digamos. La otra es que vos y Raquel (perdoname que la llame así, es la costumbre) se maten un finde en Tesaloniki a cuenta de la empresa. Y depuécharlamo.

El Tótem levantó la vista desde su bulto. Tenía combada la espalda.

—Raquel protestó —dijo.

¿Podía no haber advertido su malestar?

—Raquel está —Marquitos frunció la boca; alzó la vista a la torreta, de la que colgaban guirnaldas de colores—que no da más. Está a punto de…

El Tótem esperó un gesto que le indicara cómo entender esas palabras, pero no lo hubo. Bajó la vista otra vez. Por un momento pareció ofuscado; durante un instante brevísimo pasó por su cara un pucherito. Entrecerró apenas los ojos; fuera de los párpados que presionaban contra los globos, no hubo otro signo de esfuerzo. La túnica, entre los muslos, se elevó lentamente pero sin pausa.

—No sé qué decirte —dijo mientras se ponía de pie—. Yo mismo puedo ser un obstáculo para que nos entendamos.

De la pequeña cartera que le cruzaba la túnica sacó un puñado de condones. No parecía traer otra cosa.

—¿No quieres hablar con los húngaros directamente? En algún sentido —dijo como si refiriera un tecnicismo—, yo ya no me pertenezco.

La mujeraza de un rato antes, que ya estaba de pie, se metió detrás suyo por la escotilla.

 

 

3

 

En la pared opuesta a los sillones había una serie de imágenes náuticas, enmarcadas con elegancia y colgadas con descuido. El vidrio que protegía casi todas estaba cubierto por una capa de polvo, más visible por los efectos benéficos demasiado parciales de los hombros y espaldas que a lo largo tal vez de meses se habían frotado contra ella. Cada una llevaba un epígrafe, que consistía de una línea de título y un texto breve en tipografía más pequeña, como si se tratara de un museo. “SMS Bodrog y SMS Temes frente a la Fortaleza de Petrovaradin, la ‘Gibraltar del Danubio’, en su trayecto inaugural”, decía la primera. Se trataba de un óleo amateur en colores vivos. Pocas nubes manchan un cielo claro, contra el que se extienden las paredes amarillas y los tejados rojizos sobre una colina de vegetación tupida. Las dos embarcaciones avanzan en línea, tan idénticas que no se advierte sin esfuerzo la discontinuidad. Fugan apenas abajo y a la derecha de la mirada del espectador. Sobre la imagen han sido escritas con pincel dos líneas de elegante caligrafía alemana. Más abajo, en letra pequeña, había una explicación. “Las monitores gemelas fueron diseñadas por H. Schönichen al servicio del Imperio Austro-Húngaro. Botada en Ujpest el 12 de abril y terminada el 10 de noviembre de 1904, Bodrog tenía 57.7 m de eslora, 9.5 m de manga, 1.2 m de calado; el desplazamiento estándar era de 440 toneladas y de 13 nodos (24 km/h) la velocidad máxima. Estaba armada con dos torretas de un único cañón Škoda L/35 de 120 mm, un obús sencillo L/10 de 120 mm, un cañón L/18 de 66 mm y tres ametralladoras. En cinturón, mamparo y torretas, el grosor del blindaje era de 40 mm, 25 en cubierta y el castillo 75”.

—Dígame —pidió El Tótem en inglés, bajando la vista—. ¿Cómo es la televisión en Tajikistán? ¿Llegan ahí los programas latinos?

Para poder responder, la mujer se irguió un poco y recuperó su boca, relevándola con el trabajo de ambas manos.

—Por supuesto —dijo con algo de orgullo herido—. Vivimos en tienda de campaña pero no nos perdemos por nada la novela de la tarde.

Le guiñó un ojo mientras arrastraba la lengua de la base hasta casi la punta, que sin éxito, erguida por completo y estirando el cuello, intentó una vez más tocar.

La segunda imagen parecía levantada de un antiguo periódico y reimpresa en papel fotográfico. “El 26 de julio de 1914, dos días antes de la declaración oficial de guerra, se inician desde Bodrog las hostilidades del conflicto”. Al fondo, distinguible apenas por la torreta y la chimenea, Bodrog atestigua la acción que se desarrolla sobre la cubierta de un barco pequeño, donde un grupo de hombres en primer plano alza los brazos. “Tres barcos serbios —explica el texto en letra menor—son capturados sin provocación sobre el Danubio, dos horas al oeste de Belgrado. La tripulación iza la bandera austríaca y se deja retratar sobre la cubierta por el reportero del KostolachkiNovosti. Una serie de negociaciones diplomáticas, mediante las que el Primer Ministro Pashich intenta todavía evitar el conflicto, impiden entonces la publicación de la fotografía. Bombardeado en 1916 el edificio del periódico, no será hallada sino hasta 1917 durante maniobras de limpieza del predio”.

—¿Y se venden estos?

Con otros dos dedos largos de la mano que sostenía además el cigarrillo, le mostraba un condón por el lado de la marca. La mujer alzó la vista y enseguida las cejas —tenía cejas gruesas y oscuras, que al ascender produjeron una cantidad importante de líneas curvas de lado a lado—; levantó igualmente los hombros. El otro echó el condón otra vez a la pila.

—Es cierto lo que dicen. El Este es grande —dijo en español.

Marquitos no respondió; siguió masajeándose con desgano. Miraba sin curiosidad a las otras dos mujeres, que estaban inclinadas sobre una bandeja de plástico con ocho o diez compartimientos. En cada uno, el color de las pequeñas bolitas era ligeramente diferente, aunque difícil de distinguir. La rubia se inclinó sobre un compartimiento y leyó en voz alta, descifrando letra por letra, las dos palabras de la etiqueta en cirílico. La otra puso cara de que tampoco había entendido ni jota, pero no por eso le menguaba el interés; con el mentón incitó a la rubia a probar, y la rubia hizo caso: tomó la bolita con dos dedos finos de uñas decoradas, se rió con excitación, cerró los ojos, pegó la lengua al paladar y depositó la bolita sobre la encía. Cerró la boca. Frotó, degustando. Tensó los párpados; alzó los hombros y las comisuras; respiró con espasmos breves; “¡ah! ¡ah!”, gritó como si algo la quemara pero sin dolor; se apantalló el rostro con las diez uñas pintadas de las palmas extendidas y luego se irguió, inspiró hondo y se acarició las tetas desnudas —alzándolas, retorciéndolas, desparramándolas hasta que tuvo llenos los pulmones; entonces, mientras dejaba ir junto con el aire una larguísima exhalación de alivio, fue entregando nuevamente sus tetas a la acción de la gravedad, de cuyo trabajo persistente daban testimonio.

“Durante noviembre de 1915, mientras Rumania negocia con los Aliados su entrada en el conflicto —decía el texto de la tercera imagen—, Bodrog es apostada en el Canal de Belene para proteger los 480 km de frontera búlgara sobre el Danubio. Se halla nuevamente frente a Rusciuk el 27 de agosto de 1916, cuando Rumania declara la guerra a las Potencias Centrales. El ataque desde Giurgiu, en la orilla opuesta, no se hace esperar; tres torpedos infiltran el fondeadero de la Flotilla del Danubio, a la que Bodrog ha sido asignada. Fallan, pero uno de los torpedos alcanza una gabarra de combustible que estalla al instante. Bodrog y sus compañeras responden el fuego: incendian arsenales, tanques de combustible y la estación de tren; hunden dos patrullas rumanas y un minador improvisado, mientras otra división escolta el retiro de las provisiones. En las semanas siguientes, en incursiones al Este y al Oeste, Bodrog participa del cerco de TurnuMăgurele y de Zimnicea”. Era poco lo que agregaba la imagen, de la que sólo se desprendían la existencia de un río y de un barco de guerra. Podía tratarse de una carbonilla, o de una vieja foto levantada de la prensa, reproducidas luego en papel fotográfico, ahora envejecido. El título, por eso, no era referencial: “Bodrog se cubre de gloria en Rusciuk, Reino de Bulgaria”.

La mujer se dejó caer sobre sus talones, jadeando. Sostenía las manos erguidas como un cirujano. Después, por turnos, se refregó las cejas oscuras con el dorso de las muñecas para secarse la transpiración. Culminó el acto con una exhalación y bajó las manos a las rodillas.

—¡Oh Dios! Hay trabajo para una vida.

El Tótem sacó la vista y el pulgar del teléfono: la mujer parecía un perrito mojado, caídos los hombros flacos y desarmados los rulos de peluquería, pero la acción la había rejuvenecido. El Tótem sonrió con ternura y se incorporó; se quedó mirándola sin decir nada, encorvado sobre sus muslos interminables. Le alcanzó un condón de la pila, que ella recibió sin entender.

—Mmmm —dudó él—. Muérdalo —propuso por fin.

Ella se rió desacompasada y pudorosa. Agarró el condón por una punta, mordió la otra y lo sostuvo extendido sobre el labio inferior. Mostraba los dientes como un cachorrito.

—Voltéelo —mandó el otro.

Ella lo miró por ambos lados antes de entender que tenía que mostrar la marca, después volvió a posar; él, conforme, le guiñó un ojo. Al volver al teléfono se distrajo un instante: antes de ir al menú principal para abrir la cámara, hizo todavía cuatro movimientos rápidos —izquierda, izquierda, derecha, izquierda—, dudó, inclinó la cabeza —deslizó a la izquierda—y recién entonces se dispuso a sacar. Con el mentón inclinado, los dientes superiores y los enormes ojos oscuros tenían una cualidad luminosa; la foto la había capturado, y ella pareció divertida e incluso excitada cuando la vio. Él quedó otra vez enternecido; estiró un brazo larguísimo y con el nudillo del índice le hizo una caricita al norte de la mejilla, casi en la bolsa del ojo derecho. Sin pedir permiso, ella empezó a deslizar hacia la derecha una serie larga de imágenes similares. El condón aparecía siempre en primer plano.

—Muéstrela si quiere, pero no la difunda —pidió ella—. Espero ser ministra antes de fin de año. Usted vive en el futuro; a la mayoría de nosotros sólo se nos permiten visitas cortas.

Sonrió. Parecía agotada, pero se ve que El Tótem le tuvo más fe, porque la invitó enseguida con una indicación de la ceja, sin darle changüí, a proseguir su tarea en la esquina del sillón. Ella se ayudó con la mesa ratona a ponerse de pie, y cuando lo estuvo volvió a agacharse con la delicadeza del último beso de buenas noches; y se lo dio en la punta, que ahora miraba hacia adelante al final de una curva blanda.

Apenas la mujer abandonó el puesto que había ocupado un buen rato, apareció en cuatro patas un hombre de largas mechas blancas y camisa verde oliva. Venía de lejos. Se irguió de rodillas.

—¿Puedo?

Con un gesto solemne de la mano y uno de la cabeza, mientras se recostaba y volvía al teléfono, El Tótem lo animó a hacer.

La mujer, entretanto, se había perdido por un meandro que llevaba al extremo opuesto de la mesa ratona, donde la rubia, sentada en el mismo lugar, balanceaba la cabeza con los ojos cerrados. No iba mucho más lento que el funk que sonaba de fondo. La otra, enfrente, sin anteojos, se achinaba para descifrar el teléfono al final de su brazo extendido. La mujer miró por la abertura el fragmento visible del otro salón, donde alguna gente bailaba; después se agachó sin doblar las rodillas, la espalda recta —y la mano izquierda sobre la cintura—hasta quedar flotando sobre la mesita, donde había un cenicero con un cigarrillo encendido que ella alzó y pitó; soltó el humo y recién entonces —sin curvar la espalda—volvió a erguirse con notable tonicidad.

Desanduvo el camino hasta la esquina del sillón en ele, donde Marquitos masajeaba lento con la derecha y con el pulgar izquierdo deslizaba a diestra y siniestra sobre la pantalla; tenía el ceño tan fruncido que le iba casi desde el comienzo del pelo hasta la nariz —con la salvedad de que era de frente estrecha y no había perdido el pelo, aunque sí se lo teñía. Ella se acuclilló frente a sus rodillas y le dio un susto al tratar de separárselas. Marquitos tuvo la reacción opuesta: las juntó con fuerza y se pegó contra el pecho la pantalla del celular. Ya menos serio, como sorprendido, las fue abriendo de a poco, y ella avanzó al ritmo lento que marcaba él como si depusiera con esfuerzo una resistencia infantil. Último, cuando la cabeza de ella llegaba a destino, el tipo abrió el puño derecho y le mostró lo que había adentro. Con la mezcla de ternura y asco con que se acepta de un niño el bocado que devuelve porque ha masticado sin éxito, ella lo acogió con su lengua.

La cuarta imagen reproducía un óleo cuyas dimensiones debieron ser considerables para explicar la densidad de detalle que ofrecía ahora. Junto con el tamaño, la destreza técnica permitía suponer que hubiera sido un encargo, tal vez de la propia marina. Semihundido, un barco de guerra es arrastrado por tres pequeños remolcadores que avanzan hacia el vértice inferior derecho; ondean en ellos banderas serbias desproporcionadas, además de pequeños fusiles, sostenidos por los puños crispados de las respectivas tripulaciones. Dos tercios de la imagen los ocupa un río revuelto como un mar picado. El agua, sin embargo, es muy verde, y la luz clara y matinal. “Capturada por la armada serbia —explicaba el título—en la boca del Danubio”. Abajo se aclaraba: “Son los últimos días del conflicto y varias monitores cubren el repliegue de las tropas austro-húngaras. Cuando el 4 y el 11 de noviembre de 1918 los Poderes Centrales se acojan por fin al armisticio, Bodrog será la única que no ha alcanzado Budapest: el 31 de octubre, en una jornada de densa neblina, ha impactado contra un banco de arena. La tripulación da barreno a la nave e intenta huir por tierra, pero sólo unos pocos consiguen evitar la captura. La armada serbia rescata a Bodrog cerca de Vinča, al sur de Belgrado. El año siguiente, bajo los términos del Tratado de Saint-Germain-en-Laye, es transferida al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (luego Reino de Yugoslavia), a cuyo servicio continuará su ilustre trayectoria, ahora bajo el nombre de Sava. Termes, su hermana, fue entregada a Rumania y rebautizada Ardeal, el término rumano para Transilvania”.

Descendiendo por la escalerita que venía de la cubierta, la rubia creyó ver desde el pasillo un par zapatos negros, de gamuza, de taco corto y ancho. Los seguían unas medias blancas ajustadas sobre pantorrillas gruesas, sostenidas arriba de la rodilla por gruesas jarreteras, donde dejaban por fin a sus anchas un grueso pantalón aterciopelado, negro también. La luz era poca: pensó que alucinaba; pero la otra miraba el techo con idéntica inquietud. No era el calzado adecuado para esa escalerita: hubiera debido hacer como ellas, que se sacaban los tacos y subían o bajaban descalzas. Poco antes de la cintura aparecieron los pinzamientos amplios de un jubón de la misma tela aterciopelada, que surgían desde abajo de un grueso cinturón de cuero. Por encima del cinturón la tela volvía a inflarse en la espalda y abultaba los brazos de mangas semiabiertas, hasta llegar a un enorme cuello blanco, que debía corresponder a una prenda inferior. Vieron por fin una nuca joven, velluda pero bien rasurada, y una coronilla de la que emergía un coqueto penacho engominado. Al llegar a destino, aquel viajero del tiempo levantó los brazos; desde la cubierta le alcanzaron un acordeón, que abarajó con mucho cuidado.

Pareció asustarse al descubrir que las dos mujeres lo esperaban a mitad del pasillo, erguidas como esculturas a uno y otro lado. Se inclinó un poco a modo de saludo y dijo inseguro:

—Doberdán.

Pero no le abrían camino. Señaló el otro salón.

—¿Plis?

Él no era el políglota. Se dio vuelta, desorientado; detrás suyo venían otros tres con el mismo traje y distintos instrumentos. El segundo, que traía un laúd, se le asomaba sobre el hombro para ver qué ocurría. Parecía divertido.

—Damas encantadoras… —dijo en español—. ¿Uancentímiter, plis?

La rubia, que era la única que podía retroceder —porque el pasillo se ensanchaba detrás suyo hacia el rincón donde estaban el sillón en ele y la mesa ratona—, dejó el espacio necesario para avanzaran a pura fricción, cosa que los caballeros hicieron con actitud muy diversa. La otra había pegado la espalda desnuda contra la tercera imagen, aportando su cuota azarosa a la tarea colectiva de irles sacando el polvo. Los miraba de pies a cabeza con una mezcla de sorna y excitación.

—Sorrry, sorrry —pedía tímidamente el acordeonista.

—¡Jeloou! —saludaba el laudista.

El guitarrista pasó sin siquiera sonreír.

Y el de la pandereta enfrentó un escenario distinto, porque las mujeres se le vinieron encima al ver que iba jalando de un perrazo fenomenal: una de esas bestias que arrastran por Europa a una juventud nómade y la protegen de la soledad, de otros crotos más turros, de la policía o acaso del mal. Traía un collar de pinchos y una correa de cuero trenzado. Nadie se preguntó cómo había hecho para bajar por la escalerita.

Olfateando el incremento de adrenalina en el aire, la zurda de la futura ministra tomó el relevo de la boca, cuya disponibilidad le permitió voltear la cabeza. La mano perdió momento, justo cuando hacía a todas luces un gran trabajo. Marquitos sacó los ojos del teléfono y vio la mano maquinal y la nuca ruluda; vio más allá las espaldas desnudas de las dos mujeres inclinadas; vio un enorme perro gris maravilloso y creyó ver también un caballero medieval, que ese instante le pedía al can:

—Vamos, Don Alfonso, salude a las señoras.

“El mismo día de la invasión alemana de Yugoslavia, 6 de abril de 1941, Sava debió resistir sucesivos ataques individuales de la Luftwaffe. Había sido asignada a la frontera rumana sobre el Danubio con su hermana Vardar, otra nave austro-húngara de la Primera Guerra, construida bajo el nombre de Bosna y puesta en servicio durante el conflicto como SMS Temes (hasta que la SMS Temes original fue rehabilitada en mayo de 1917). Durante tres días las hermanas monitores plantan minas a lo largo del Danubio. El 11 de abril deben replegarse hacia Belgrado, asediadas por el fuego de los bombarderos JunkersStuka.” A este episodio hace referencia el título (“Resiste el fuego de la Luftwaffe”) y también la foto, que no presenta el barco sino únicamente tres aviones alemanes alineados en vuelo, de fondo un inmenso peñón. “Hacia las 20.00 —continúa el texto—anclan ilesas en la confluencia de los ríos Sava y Danubio, donde se les une la monitor Morava; pero los alemanes habían tomado ya ambas orillas. Los capitanes deliberan; la crecida del río y los bajos puentes impiden a las naves circular libremente: resuelven hundirlas y huir por tierra. Durante la evacuación, un remolcador con ciento diez oficiales detona una carga por accidente y atrae el derrumbe de un puente sobre sí, matando noventa y cinco. Del resto, la mayoría es obligada a rendirse el 14 de abril cerca de Sarajevo. Un pequeño grupo alcanza el objetivo, la Bahía de Kotor sobre el Adriático, capturada sin embargo tres días después por el XVII Cuerpo del Ejército Real Italiano.”

El panderetista, a quien se confiaba toda clase de tareas en razón del tamaño de su instrumento, volvía flipado. No conseguía hacer entrar los billetes en la pequeña bolsa de cuero con que salía a auscultar, al final de cada show, la generosidad de los presentes. Venían subiendo desde Grecia, donde habían pasado casi toda la temporada entreteniendo a los suecos y los alemanes. Acababan de ofrecer una vez más el repertorio completo, en el orden habitual: primero “Mañana por la mañana” para llamar la atención de los presentes; después, al hilo, “El himno de los tercios” y “Eran cuatro camaradas”, que más o menos daban sentido al vestuario; cerraban con “Gwendoline”, el clásico de Julio Iglesias, que cantaban todos por turnos para hacerse notar por las señoritas. Detrás del panderetista venía un mesero que esquivaba gente con un aplomo zen, como si más bien las atravesara; llevaba un traje de viejo kellner y no era joven. Bajó una bandeja plateada que transportaba cuatro jarritos panzones.

—Cortesía —les trasmitió el panderetista—. Aguardiente de ciruela, si no entendí mal.

Los otros tres, apiñados en una esquina, levantaron la vista de sus teléfonos. El panderetista alzó su jarrito con la mirada en la punta opuesta del salón. Los demás se la siguieron, poniéndose en puntas de pie para ver entre los cuerpos danzantes, no todos semidesnudos, el de su benefactora. Estaba echada a medias de lado sobre un sillón aterciopelado. Tenía la mirada perdida en un punto impreciso. Por debajo de la falda —amplia y pudorosa—asomaba un cuerpo sin cabeza.

—Me ha invitado a su casa de playa en la costa croata. Dice que su marido está en La Haya y no volverá por un tiempo. ¡Me ha dado cien euros! —dijo con más perplejidad que entusiasmo.

Asomaba el billete discretamente de un bolsillito del jubón. El guitarrista lo manoteó y lo acercó a una vela que se derretía adentro de una azucarera antigua. No terminaba de convencerse.

—Joder —dijo el laudista—. Hemos hecho en una noche lo que en todo el verano.

—También me han dado esto.

El panderetista sacó del bolsillo del pantalón un puñado de condones.

—Me los dio el tío aquel de la túnica.

En un rinconcito del salón bailable, susurrándose por turnos al oído, Marquitos y El Tótem parecían embarcados en una conversación sin apreturas. Marquitos seguía sin pantalones.

Se repartieron los condones sin conflicto: el acordeonista agarró dos, el guitarrista tres, el laudista tomó cinco y el panderetista pareció conforme con los dos que le quedaban. Después se tildaron mirando el salón. Uno de ellos dijo que habían llegado tres meses tarde, justo ahora descubrir este lugar cuando faltaba una semana para que reempezaran las clases, pero ninguno le respondió. Estaban bastante serios.

“En 1941 Sava es rehabilitada y presentada al gobierno colaboracionista de la Ustasha croata, a cuyo servicio cumple tareas de policía fluvial. El 8 de noviembre de 1944, frente a Slavonski Brad, ante la inminencia de la derrota, la tripulación fascista la hunde por tercera vez y se entrega luego a los partisanos. Rehabilitada por cuarta vez, cumplirá todavía diecisiete años de servicio patriótico junto a la marina de nuestro país, pasando al dominio comercial en 1962.” La foto, en colores saturados y ya desteñidos, muestra al fondo dos monitores gemelas ancladas de proa en un astillero. Entre la nieve asoma la decoración idéntica de guirnaldas y banderas tricolores. Posan al centro de la foto, erguidos y en línea, un grupo de militares acompañados de sus esposas. No es día para salir al puerto, a juzgar por los abrigos y los cuerpos contraídos; en los tobillos de varias de las señoras se percibe que llevan pollera. A ambos lados del grupo central hay pequeñas multitudes amuchándose para entrar en cuadro. Decía el título: “El Mariscal despide a Sava con honores”.

Fuera de la cacofonía de bichos en el bosque, que varias generaciones de médicos han considerado más saludable que el diálogo humano, la noche seguía quieta sobre el Danubio. La brisa irregular traía las risas de los choferes, amalgamada por la música de trompetas. Eran tan herméticas las escotillas y ojos de buey, que no llegaba del interior sino la vibración lejana de las baterías programadas. En esquinas distantes de la cubierta se desarrollaban dos conversaciones, que el grito del acordeonista intentó reunir:

—¡Antonio! ¡Ven a oír quién es tu sugar mama!

La atención de Antonio no flaqueó: Marquitos estaba a punto de revelarles a qué se debía ese olor extraño que traía la muy ocasional corriente de aire.

—¿Chocolate? —había arriesgado el laudista.

Marquitos los llevó hasta la popa, donde no olía con más frecuencia pero sí bastante peor, y les pidió que miraran con atención. Chifló metiendo dos dedos de cada mano bajo la lengua; después desenfundó en velocidad récord y encendió la linterna del celular: docenas de ojitos parpadearon dos o tres veces en la noche negra, hasta que el tipo apagó el teléfono y los devolvió a su dueña.

—Otra vez —pidió lívido el guitarrista.

Marquitos le dio el gusto. Enseguida los cuatro apuntaban al unísono sus celulares.

—¿Gatos? —necesitó confirmar el guitarrista.

Observando con cuidado podían verse también los pelajes que rodeaban los ojos y las estructuras metálicas que los sostenían. Estaban a no más de cien metros. Había barriles sobre la cubierta. Había telas o tal vez banderas que colgaban raídas. Los vidrios parecían rotos.

—Así estaba este también cuando lo agarró Miroslav, olvidado de un proyecto de museo —les contó Marquitos—. Dice que se lo pidió al propio Mariscal, porque su padre era el chofer suyo durante muchos años. Como todos los viejos, él también aspiraba a sobrevivir en los jóvenes; Miroslav le propuso no sé qué clase de encuentros de las juventudes. Tuvo menos éxito con la convocatoria. Llegaron únicamente los artistas, los budistas y los rotosos: los hijos rebeldes de los jefes del ejército y de los funcionarios del partido, que se negaban a comer carne y a pasar un día sin fumar marihuana. ¿Subieron al techo a ver las plantitas? Tendrían otras reivindicaciones revolucionarias: no lo sé. ¡Y recibían plata para tenerlo andando! Sobran barcos varados en este país, así que nadie se acordó de reclamárselo cuando murió el Mariscal. Creo que todavía reciben algún puchito por cuidar el Sava. Y cómo, ¿no?

El guitarrista señaló hacia la escotilla con la cabeza.

—¿Y esos hippies son todos estos?

—No todos. El público se renueva, como dijo el filósofo.

—Ni tanto, ¿no?

Marquitos se encogió de hombros.

—Será lo que dice Miroslav, que la juventud se ha aburguesado —dijo con tono ambiguo.

Los españoles permanecieron ostensiblemente impertérritos.

—Claro que viéndolos a ustedes —reflexionó Marquitos—es difícil dar crédito al pesimismo. ¿Les dije que adentro hay una foto del barco como Miroslav lo encontró?

Era la última imagen de la serie. Al pie, a máquina, con gran sobriedad, decía “Sava en 1979”. Era la única que no estaba enmarcada ni protegida por un vidrio. Tampoco traía explicación. Habían pegado la imagen y el texto sobre un rectángulo de cartulina negra, que estaba pegado a su vez sobre una maderita; esta colgaba de hilo de pesca igual que las otras. En la foto, que la tomaba de proa a popa desde la costa, la vieja monitor resultaba apenas reconocible. Todo en ella había virado al óxido, el casco, las cubiertas, el castillo; en la torreta faltaba la ametralladora principal, a no ser que se tratara de un caño oxidado que sobresalía ahora desde la cubierta superior. En la cubierta inferior había toneles metálicos volteados y en pie, basura orgánica e imperecedera, decenas de gatos que miraban a cámara. Entre la quilla y la costa se acumulaban varios metros de yuyo seco.

—Este ventanuco —señaló Marquitos en la foto, porque todos habían bajado a ver—es ese de ahí —dijo apuntando a la pared de enfrente, detrás del sillón en ele.

Los españoles miraron uno y otro dos o tres veces, no muy conmovidos. Ya no había música y en el salón principal quedaban cinco o seis personas que parecían perdidas en el tiempo y en el espacio. En eso apareció un chofer al final del pasillo: llegó al final de la escalerita, apoyó en tierra la punta del pie, giró la cabeza y les dijo en inglés a los cuatro españoles que se apuraran, que “Mádam” esperaba en el auto. El panderetista respondió que iban y tradujo al resto.

—Veo que ya tienen transporte —dijo Marquitos con tono suspicaz—. Yo les iba a ofrecer un aventón hasta Belgrado. Mi amigo también consiguió quién lo lleve, así que tengo lugar. Tiene su encanto la ciudad. Bien mirada.

El guitarrista contestó justificándose: que de todos modos pensaban ir a la costa, que les quedaba de camino para ir volviendo, porque el semestre empezaba en dos semanas. Eran estudiantes de medicina en Sevilla. Marquitos les contó que conocía un poco el oficio, porque su padre había sido cirujano.

—Muy bueno no debía ser, murió de un paro a los 48 años.

Era el público equivocado y no provocó ni sonrisas. Ya iba llegando a la escalerita, así que miró al frente y se concentró en subir sin patinarse. Esperó arriba para despedirse. Faltaba uno.

—¿Y el otro?

—Viene atrás con el perro —le explicó el laudista.

Marquitos quedó perplejo.

—¿Cómo lo entró?

—Se las ingenia. ¿Vas bien, Antonio? —gritó hacia abajo por la escotilla.

—Bien bien —respondió Antonio.

—Me lo saludan —pidió Marquitos—. Y si llegan a precisar algo, si andan el verano que viene por estos lados… —se le notaba una nostalgia incómoda de la despedida mientras sacaba la tarjeta de la billetera—. Sigo sin renovarla —se disculpó apesadumbrado, impulsando al acordeonista a sacarla del bolsillito donde la había guardado sin siquiera leer.

—Filósofo —comentó con sorpresa, pero ninguno de los otros dos levantó la vista del teléfono.

La tarjeta decía “Philosophe” y daba una dirección postal y un teléfono en París, tachados pero visibles, como únicas formas de contacto.

—Ahora tengo otra actividad más mundana. Bah, no tanto más mundana —se dio aires—. Del otro lado están el mail y el celular.

Se irguió inhalando y exhaló con impaciencia. Alzó la vista fruncido: había amanecido pero el bosque ocultaba el sol. No conseguía irse.

—¿Vieron?

Únicamente el acordeonista se volteó hacia la popa, donde había amanecido igualmente para el otro barco. No se veía ningún gato.

—Salen de noche —explicó Marquitos.

Miró hacia el bosque sin moverse.

—Debería haber tomado un café. Manejar una hora sin haber dormido.

Se cubrió con la mano derecha un oportuno bostezo. El laudista le mostraba al guitarrista la pantalla de su celular. El guitarrista no parecía convencido, pero el otro puso cara de dale que va y deslizó hacia la derecha.

—Bien surtida la costa croata —celebró el laudista.

—Ajá —confirmó el acordeonista, que ahora también deslizaba concentrado a diestra y siniestra. Tenía el instrumento apoyado sobre un pie.

—Es cierto lo que dicen, que el Este es Grande.

—Y generoso —se palpó el laudista el bolsillito con la recaudación.

—Suerte —se despidió otra vez Marquitos.

—¡Hasta luego! —dijeron muy corteses los tres levantando la vista, aunque sorprendidos de que siguiera ahí.

—¿Antonio? —dijo después el guitarrista.

El argentino escuchó por último la voz entubada de Antonio:

—Sí sí.

Cruzó después el puente, donde el único chofer que quedaba estaba sentado sobre el capó de un auto largo, celular en mano, deslizando. Izquierda, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda.

 

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Guido Herzovich nació en 1980 en Buenos Aires. Escribe, investiga, da clases, traduce. Vivió siete meses en Belgrado, Serbia, donde tuvo una hija y escribió este cuento. También escribió, en otras ciudades, dos novelas que buscan editor.