Respuestas de autorxs sobre el dinero

Respuestas de autorxs sobre el dinero

Acudimos a 14 escritorxs para que nos respondan de manera breve las siguientes preguntas:
1- ¿Qué relación tenés con el dinero? (Te preocupa, no te preocupa, te cuesta ganarlo, te falta, te sobra, etcétera.)
2- ¿Qué relación tiene el dinero con tu escritura?

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Luis Chitarroni (Buenos Aires, 1958)

1. Trágica, siniestra, exagerada. Estoy siempre aceptando cualquier changa para asegurarme de que (no es dequeísmo) llego a fin de mes. Creo que Wittgenstein decía que del tiempo y del dinero no hay que hablar (no sé si en ese orden). Por otra parte, si cabe la digresión, “creo que Wittgenstein” es suficiente: la duda acerca del principio de autoridad establece el comienzo del sentido de un final.

2. Una relación que debería notarse en las rebabas de cada oración (o en su desafinada resonancia). Steiner decía que Kafka usaba las palabras como si tuviera que devolverlas la mañana siguiente. Se le da importancia a la relación económica cuando los datos biográficos corroboran el apuro, el aprieto (Balzac, De Quincey), pero el reclamo angustioso puede estar en el desahogo ebrio (Henry Green) o en la indecisión clandestina de una ficción de lujo (Lamborghini Osvaldo).

 

Ariadna Castellarnau (España, 1979)
Quema, 2015 (Gog & Magog)

1. No tenía ningún tipo de relación con el dinero hasta que vine a la Argentina y fui madre. Es decir, sabía que existía, que me permitía pagarme las cervezas, los viajes, los libros. Como catalana hija de la burbuja del Estado del bienestar (burbuja que ya no existe más) el dinero era un tema aburrido, innecesario, de mayores. En Argentina pasé muchos aprietos y me las apañé para no pedir nunca nada a mis padres. Tuve que aprender a bancarme la incertidumbre económica y mis decisiones de vida, que no me han llevado precisamente a ser una potentada. Mi marido y yo nos dedicamos ambos a las letras. Eso significa hacer sacrificios materiales, pero también somos enormemente felices. No nos falta el dinero, no nos sobra. Nos obsesiona cuando no está y estamos contentos cuando tenemos, como todo el mundo.

2. No hay una relación directa entre el dinero y mi escritura, más allá de la relación instrumental: como decía Virginia Woolf, una renta de 500 libras al año te ayuda a escribir. El año pasado mi primera novela ganó un premio internacional muy bien dotado y ahora mi primera novela le paga la renta a la segunda.

 

Ariel Bermani (Buenos Aires, 1967)
No sé nada de ballenas, 2017 (Santos Locos)

1. Mi relación con el dinero es compleja. Por un lado, cuando me faltaba, pensaba en modos de obtenerlo. No por codicia, sino por supervivencia. Cuando empezó a alcanzarme ya dejé de pensar en el dinero. Ahora, hay épocas del año en que ahorro y eso me lleva a volver a tener en cuenta el tema, pero solo por una cuestión organizativa. Si no consigo ahorrar, me quedo sin vacaciones y no puedo renovar los alquileres. Rara vez gasto en mí. Si tengo un par de zapatillas, ya está. Gasto en mi hijo. O gasta él, mejor dicho. Tiene más necesidades materiales que yo.

2. En algunas circunstancias, el dinero y mi escritura se cruzaron. Cuando gané el Premio Emecé, cuando me pagan las regalías de mis libros, cuando me pagaron por las traducciones que se hicieron. Y también por esta beca que gané ahora, la beca Bicentenario del FNA. Es lindo cuando recibís dinero por tu literatura. El dinero es tiempo. Y también es la oportunidad para que mi hijo lo gaste. Hasta ahora, al menos, nunca hice nada deshonesto. Nunca simulé ser un tipo que no soy, ni escribí cosas que no me gustaran para ganar dinero. Si alguna retribución económica consigo por lo que escribo, bien. Si eso no pasa, igual, bien.

 

Julián López (Buenos Aires, 1965)
Una muchacha muy bella, 2014 (Eterna Cadencia)

1. No sé si contestar en términos tan personales, pero, sin dudas, la relación con la propiedad y la autoridad para mí es crucial y problemática. La guita es uno de los temas de estar vivo y vengo de una tradición que para mal y para bien hice propia y que desprecia la acumulación. ¿Cuánto es acumulación en este mundo? esa pregunta no puedo contestarla. Otra vez, propiedad y autoridad, en el sentido de hacerse autor, son temas cruciales.

2. Vivo desde hace años de la escritura. Aunque para muchos de mis amigos esta modestia técnicamente no podría llamarse vida.

 

Jorge Consiglio (Buenos Aires, 1962)
Villa del parque, 2016 (Eterna Cadencia) 

1. Tengo una relación ambigua con el dinero. Por una parte, me preocupa mucho –el tema de la supervivencia, pagar impuestos, expensas, gastos fijos−, es algo que me saca el sueño; por otra –y aunque suene contradictorio−, tengo cierta despreocupación para conseguirlo; es decir, me abandono a lo que depare el destino. No organizo estrategias para generar plata. Recurro a un pensamiento mágico que me sirve de amparo: de algún lado saldrá lo que voy a necesitar. Entre estos dos polos hay una tensión que no se resuelve y que cargo como puedo. Tengo momentos de mayor estabilidad y otros en los que naufrago. 

2. Creo que no hay una relación directa entre lo que escribo y el dinero. Es decir, nunca pienso en ganar plata con mis textos, aunque cuando entra algún billete me alegra muchísimo y lo vivo como una compensación justa. Siempre hay otros móviles que se ponen en juego a la hora de las elecciones narrativas. De todas maneras, se necesita tiempo para escribir y este factor está relacionado con la plata. El escritor parece que estuviera obligado a caminar por la cuerda floja, obligado a ser un equilibrista, un artista del hambre, como diría Kafka. Releo lo que acabo de escribir y noto que en esta respuesta pervive la misma tensión que en la primera. El dinero, ese flujo inevitable, ese bien simbólico al que Macri está tan acostumbrado, parece estar presente incluso en aquello en lo que, supuestamente, está ausente.

 

Carmen Iriondo (Buenos Aires)
Fantasmata, 2016 (Editorial Mansalva)

1. Con absoluta honestidad, el dinero es lo único que no me faltó y por lo tanto la comida, el techo, la educación estuvieron para mí garantizadas. No así mis padres, que me dejaron con mis abuelos. Siempre fue una carga para mí, que no tengo hermanos, recibir en mis hombros esta responsabilidad de ser único sostén de mis abuelos y padecí mucho el ser mujer con dinero, ya que eso atrae a casi todos prescindiendo del sujeto que puede habitar detrás de esta trampa. Soy psicoanalista y trabajé siempre en mi profesión. No es fácil ganarse la vida, la mayoría de mis amigos y colegas viven de lo que trabajan y tengo muy claro el valor de lo cotidiano, y lo que sucede en la Argentina desde lejos, me angustia sobremanera además de enojarme muchísimo. Lo que siempre me obsesionó de la existencia del dinero es intentar por todos los medios que no llene, que la falta quede abierta para poder vivir y seguir deseando algo que no sean solamente cosas comprables. No haber tenido madre, a pesar de que vivía, relativizó en mí el valor de lo material. Busqué siempre una suplencia de mis padres y eso me transformó en alguien carente, austera y desconfiada. Y con muchísima culpa ante la adversidad y la pobreza. No me identifico con los gobernantes que defienden mis intereses. Es raro de entender.

2. El dinero tiene relación con mi escritura, con mi posibilidad de haber bailado clásico toda mi vida, con la disponibilidad de tiempo y la ayuda y colaboración de empleados que he tenido y que aprecio mucho. Aunque la responsabilidad de llevar adelante una empresa heredada, hijos y nietos obviamente me toma tiempo y no es sin conflictos la mezcla de amor y dinero. Sigo y seguiré trabajando siempre en mi profesión, pero la escritura que viene desde la infancia, encuentra una calma privilegiada en la ausencia de miedo a quedar sin sustento. Igual, me hubiese gustado más tener amor y la aceptación de mis padres cuando nací.

 

Selva Almada (Villa Elisa, Entre Ríos, 1973)
El desapego es una manera de querernos, 2015 (Random House Literatura)

 1. Lamentablemente se cree que los escritores estamos al servicio de las colaboraciones gratuitas: presentar libros de colegas, escribir prólogos y contratapas, escribir 1000 caracteres para cualquier cosa, responder cuestionarios... no se tiene en cuenta que este tipo de trabajos son eso: un trabajo, que nos insume tiempo (mucho o poco, según los casos, pero tiempo al fin) que le sacamos a la escritura. Mientras se suponga que los escritores vivimos del aire o que tenemos que vivir de otra cosa, esa relación será siempre complicada, al menos para mí.

2. No lo sé. Pero supongo que el hecho de que los universos que narro son los de los pobres, algo debe querer decir.

 

Martín Kohan (Buenos Aires, 1967)
Fuera de Lugar, 2016 (Anagrama)

1. La relación que mantengo con el dinero es la de tratar de no tener que ocuparme del tema. Esto supone, por una parte, evitar tanto como me sea posible el sufrir problemas económicos, pero también evitar vivir en el afán de ganar dinero. Llevo una vida más bien ascética por temperamento, me gustan muy pocas cosas y en general son baratas, lo cual me facilita bastante todo; pero hablar de plata o tener que pensar en la plata es algo que me fastidia de por sí.

2. El dinero no condiciona en absoluto lo que escribo, en el sentido de que jamás tomé ni tomaría una decisión literaria en función de una especulación con un eventual rendimiento de ventas. Me gusta tener lectores, y si son muchos, mejor; pero no hay nada del orden de la avidez de dinero en mi relación con la escritura. Tampoco la hay con la escritura periodística, en la que la conexión escritura/ pago es más inmediata. Escribo para el blog de Eterna Cadencia: me pagan con almuerzos en el bar de la librería, me entusiasma esa modalidad, escritura por comida, ser una especie de artista del hambre. Doy muchas veces charlas sin cobrar un centavo, participo con frecuencia en jornadas o congresos que no tienen retribución económica; pero no me gusta que me roben mi trabajo, que agarren lo que escribí (lo que escribo no lo concibo como mi propiedad, sino como el producto de mi trabajo) y decidan que no hay que pagarlo.

 

Claudia Aboaf (Buenos Aires)
El rey del agua, 2016 (Alfaguara)

1. He sabido ganarlo con la gastronomía, seguramente más que con la literatura. Aunque cuando veo el billete, no creo en él. Se vuelve real transformado en un bien de uso, como una casa o una cosa. Pero en tanto billete, como dice Agamben, refiriéndose a la idea de Benjamin: “Dios no murió. Se transformó en Dinero”. Creer en el dinero, en sus valores nominales, es un acto de fe, tanto como creer en el tiempo horario. Convenciones por las que hay que “sacrificarse”. “Salvar” un Banco es una misión religiosa. Voto por el trueque.

2. En el ejercicio de pensar-escribir, mi respuesta a esta pregunta es un fragmento de un cuento que escribí: El manual del ángulo de la Bolsa Azul:
Sacude la suciedad del billete fetiche que jamás se lava, y ni aún así nadie reconoce que ese papel desecho no vale nada. Contaminado con todas las bacterias hospitalarias. El dinero es fealdad que se filtró en la grieta de un antiguo terremoto, surgió del magma inferno, desde el metálico.

 

Gabriela Cabezón Cámara (Buenos Aires, 1968)
Y su despojo fue una muchedumbre, 2015 (Cazador de ratas)

1. Durante bastante tiempo, unos diez años, me faltó bastante: vivía medio a los tumbos, de trabajo precario en trabajo precario, alquilando casas cuando podía y parando en casas de amigos, cuando no. Durante esos años, temía mucho quedarme completamente sin dinero y, sobre todo, sin casa donde parar. No pasó, no me quedé a la intemperie. Desde que tengo casa no me obsesiona, aunque la idea de la intemperie siempre me ronda.

2. En mis ficciones, la supervivencia suele ser una preocupación de los personajes. La materialidad de la vida en sentido amplio, diría más bien.

 

Manuel Eiras (Buenos Aires, 1967)
El rolinga del espacio final, 2016 (Peces de la ciudad)

1. Alguien ya dijo que los argentinos hablamos todo el tiempo de plata y de comida. Creo que, como todos, me llevo bien con el dinero cuando lo tengo y mal cuando me falta. Con la comida me pasa lo contrario: cuando como poco me siento bien y cuando como mucho me siento pesado. En general no tengo ideas muy originales respecto del dinero. A veces pienso qué me compraría si gano mucho dinero. Otras, cuando me entero de cuánto pagaron por Tévez, me imagino cómo acomodaría toda esa cantidad en mi cuarto. También suelo pensar en qué pasaría si un día despertamos y nadie tiene dinero, si la plata desapareciera misteriosamente como los dinosaurios. En este último caso trato de convencerme de que no volveríamos a imprimir nuevos billetes, pero nunca lo logro del todo. Como el dinero está íntimamente relacionado con el poder y el poder es conflicto, creo que las relaciones más pintorescas con el dinero son las clandestinas, las turbias. Un bollito pasado disimuladamente de palma a palma, una valija repleta de fajos, un billete enrollado para aspirar cocaína o prendido fuego para encender un habano. Todo lo demás, lo que vivimos a diario los simples mortales, son vueltos, limosnas o propinas.

2. El poco dinero que gané por los pocos textos que me pagaron lo gasté en libros. Ahora, por ejemplo, tengo ganas de comprarme Los Sorias y una edición medio cara de La divina comedia. Entonces voy ahorrando todo lo que me dejan los libros que vendo para poder llegar a comprármelos.

 

Paula Breciarolli (San Isidro, 1976)
Otaku, 2015 (Paisanita)

1. Me encantaría que el dinero no fuera una preocupación diaria.  Y también, tener una máquina de contar billetes para ponerlos en fajos adentro de una caja de zapatos que revisaría todas las noches.  

2. El dinero y mi escritura tienen el comportamiento de una asíntota.
(Ver en geometría. Línea recta que, prolongada indefinidamente, se acerca progresivamente a una curva sin llegar nunca a encontrarla.)

 

Francisco Cascallares (Buenos Aires, 1974)
Principio de fuga, 2016 (Notanpüan)

1. No me gusta la palabra “dinero”. Esa es mi primera relación con el dinero, lingüística. La palabra me suena admirada, obsecuente, como vestirla de gala. Me da rechazo. Hablar de plata me resulta más corriente. Más rioplatense también. Ser escritor de ficción es establecer una relación tensa con la plata. La mía es a contrapelo. Un trabajo del que no se vive. Se es escritor, más bien, no se trabaja de, por más que requiera muchísimo trabajo ser escritor. Y tiempo. Muchísimo tiempo. Otras profesiones funcionan diferente y hasta encuentran su sentido en la lógica del ejercicio asalariado de esa profesión. La ecuación es perfecta y estable en esos casos: el tiempo es equivalente al trabajo, que es equivalente a la tranquilidad material. Entonces, yo soy escritor pero trabajo de algo, que es siempre un además, para inventarme una versión parecida y casera de esa ecuación. (Decir que soy escritor y vivo de esto, me vendo de esto, me parece solamente una fantasía, al menos nunca lo vi pasar en nadie). Esa otra cosa, trabajo de, habla de esa relación con la plata y de cómo uno negocia ese además consigo, esas horas en las que no se escribe lo de uno y se agota el tiempo de uno siendo otro. Una relación no es más que una tensión, una atracción-repulsión constantes. Yo trabajo de muchas cosas, y llegué a hacer un conjunto de trabajos que me gustan (soy editor, tallerista, diseño videojuegos, reseño, etcétera). Para que funcione, ese además no solo debe dejarme tiempo para escribir, leer, pensar, nutrirme: también debe alimentar con nociones nuevas esas horas en las que tengo prohibido escribir, y ayudarme a la vez a cerrar la necesidad real de vivir. Ese además es a veces muy cercano al acto de escribir para uno, otras veces resulta alejado pero enriquecedor, y otras veces es a contrapelo de todo. Una vez me enseñaron para siempre que uno debería ser muy austero con el trabajo, para poder tener tiempo. Selectivo. Frugal. Ser ambicioso más bien en la escritura de uno. Al tiempo sí lo respeto. Cuanto más cierra esa ecuación difícil, que pocas veces llega a satisfacer del todo (nutrir la escritura y lo concreto, dejando la cantidad de tiempo que uno realmente necesita), más feliz. Por supuesto, ese equilibrio cambia a cada rato y mantenerlo es en sí otro trabajo.

2. Que yo sepa, no escribo directamente sobre plata. Al menos no deliberadamente, como un tema que explore habitualmente. Tengo un cuento sobre diamantes robados y persecuciones ("Principio de fuga"), pero sobre todo porque el botín es un tópico de la road movie. Ahora estoy escribiendo un relato muy largo sobre un guionista desesperado, un apostador, y también sobre el cine y la producción teatral y personas movidas por una ambición desesperada, y ahí el tema está cruzándose todo el tiempo. Es un caso particular, de todos modos. Pero me animo a pensar que, a través del trabajo, uno siempre se refiere a la plata, a la desesperación o saciedad que produce. Y a mí me gusta mucho inventarles profesiones, ocupaciones, proyectos, a mis personajes. Las profesiones son como pequeñas o grandes obsesiones que obligan o arrastran a alguien a actuar o pensar de ciertos modos y no de otros, y a la vez son espacios muy profundos de identificación personal: uno se encuentra ahí. Son trampas.

 

Mariana Travacio (Rosario, 1967)
Como si existiese el perdón, 2016 (Metalúcida)

1. Tengo una buena relación con el dinero. Buena y laboriosa, digamos.

2. Ninguna.