Dinero y escritura

Dinero y escritura

En la película de los hermanos Coen, Barton Fink, de 1991, se puede rastrear una serie de escenas y motivos que muestran el trágico conflicto entre el dinero y la literatura.

Barton Fink es un joven dramaturgo de la Nueva York de la década del 40. Barton triunfa en Brodway. Y de inmediato es contratado para trabajar como guionista en Hollywood. Barton se traslada a California. Lo recibe un magnate de la industria, quien le ofrece ser guionista de una película de catch. Barton se instala en el sórdido hotel Earle. Y lo que a primera vista parece la situación ideal para cualquier escritor, rápidamente, se convierte en un infierno: Barton no consigue escribir una sola línea del guion y su atención se dispara hacia cualquier zona, haciendo de su ansiedad creativa uno de los temas principales de la película. Por otro lado, Barton visita a un célebre escritor norteamericano que también trabaja en la industria de Hollywood, William Preston. Son algunos pocos encuentros. Y en cada uno, la película se encarga de mostrar al escritor célebre como un alcohólico amargado que se siente completamente frustrado con la situación profesional de escribir por encargo.

Los dos personajes están inspirados directa o parcialmente en personas reales: Barton Fink parece seguir las peripecias de Clifford Odets, un dramaturgo neoyorquino que perteneció a un grupo de escritores que hacían del compromiso político una bandera estética. Como en el caso de Barton, también se había trasladado a California para escribir películas, pero a diferencia del personaje de ficción, él sí logró prosperar en la industria sin renunciar del todo a sus convicciones políticas.

El caso de William Preston es más cristalino: el traje blanco, las maneras elegantes, el tono sureño y distinguido, y hasta las siderales borracheras hacen una clara alusión al que tal vez sea el escritor más importante de la literatura norteamericana del siglo XX, William Faulkner. Y como en el caso de Barton, hay diferencias entre el personaje real y el personaje de ficción: Faulkner trabajó como guionista de Hollywood. Y si bien tuvo siempre una posición displicente sobre ese trabajo, parece que lo puedo realizar con cierta regularidad, y sin que le impidiera desarrollar su apasionado proyecto novelístico.

De todos modos (y considerando que cualquier ficción mitifica una situación humana que en la vida real es más compleja y menos proclive a la gestualidad épica de la narración), podríamos detenernos en lo principal de la anécdota de la película de los Coen: un escritor de éxito que consigue trabajo muy bien rentado en una industria en plena expansión del capitalismo. Lo curioso, en todo caso, es la reacción del afortunado: malestar, sequía creativa, y un estado de tortura interior infinita.

Si me detengo en la película de los Coen es porque su historia pone el dedo en la llaga del problema que tratamos de develar: la relación entre el dinero (o el modo de ganarlo) y la escritura.

A simple vista, parece un problema menor. O en todo caso, se resumiría en una simple adecuación entre un cierto metier (como puede ser cualquier oficio artesanal) y el sistema productivo del capitalismo. Es decir: ¿de qué modo insertarse en la rueda de trabajo ofertando la escritura como un bien de intercambio? Siguiendo con este planteo, la situación desembocaría en los diferentes oficios que ya están catalogados como trabajo para el sistema de producción: periodista, guionista (en todas sus versiones), corrector, crítico, profesor, etc. Acá tenemos un planteo clásico del problema y que, en la película de los Coen se puede ver muy gráficamente en la posibilidad que brindaba a los escritores en la pujante consolidación de un negocio millonario como el cine. También en las diferentes entrevistas que Outsider hizo a escritores argentinos sobre el tema, esta preocupación aparece en un país donde la realidad de la maquinaria productiva es mucho más hostil que en el Primer Mundo.

Sin embargo, la anécdota de la película muestra otra cosa: la angustia del escritor ante la posibilidad de ganar dinero con la escritura. Y esa angustia que se traduce en una sequía creativa estrepitosa.  Las historias de escritores muestran una compleja relación con el éxito y el dinero. Esto, tal vez, se hace más notorio, en lugares donde la maquinaria productiva del capitalismo funciona de una manera más aceitada. O al menos las posibilidades de conseguir dinero con un oficio como la escritura parecen más posibles. Doy dos ejemplos contrapuestos. Edgar Allan Poe: el paradigma del escritor que se pasa toda su vida tratando de hacerse un lugar y un oficio y que termina muerto, borracho, con un par de dólares como único capital. Y su contracara, Stephen King: un escritor multimillonario, exitoso, pero que confiesa haber vivido muchos años de lo mejor de su carrera, en estado de inconciencia por el abuso de drogas y alcohol.

Estas dos historias nos permiten detenernos en el punto exacto del asunto: el dinero y la escritura.

Podríamos entender este conflicto en dos dimensiones diferentes. Una primera que tiene que ver con el choque entre dos lógicas económicas: el trabajo industrial versus el trabajo artesanal.  

La escritura, como muchos otros oficios artesanales, sufre las consecuencias de la división del trabajo en la sociedad capitalista. Por un lado, en el valor del producto del trabajo: en la maquinaria capitalista parece difícil hacer encajar el producto de la escritura como un objeto de intercambio. O si eso es posible, es la consecuencia de una serie de factores fortuitos, la mayoría de los cuales está por fuera de la voluntad del escritor. Edgar Allan Poe nunca consiguió vender su talento al real precio que pareció merecer después de muerto. Pero, además, hay una clara oposición entre dos lógicas contrapuestas: el mercado es un amo insaciable, despiadado, que todo el tiempo está exigiendo un producto nuevo para vender. Y si no hay algo realmente nuevo, el consumo lo vuelve obsoleto casi al mismo tiempo de haberse puesto en circulación. El tiempo de la escritura tiene otra lógica: un escritor no necesariamente escribe algo que merezca ser publicado en el tiempo que él se propone. O en todo caso, el proceso de escritura (sus vueltas, sus contratiempos, sus demoras, las lecturas, la reescritura) es un entramado de vaivenes que lo alejan de la premura propia del mercado. Hay veces que los dos tiempos logran coincidir: un escritor produce la suficiente cantidad de material como para que el mercado haga su trabajo de tener siempre algo nuevo que ofrecer. Pero si tomamos el testimonio de Stephen King como un ejemplo exitoso, habría que suponer que esta coincidencia no resultó fácil para la subjetividad del escritor. Stephen King llegó a confesar: “Hay libros que no recuero haber escrito (por el estado de ebriedad en el que estaba)”.

Cesar Aira encontró un modo sutil y eficaz de sentar posición política (en el sentido artístico de esta palabra) ante el hambre voraz de novedad del mercado: publica libros más rápido que las exigencias del mercado (o de la crítica periodística, en este caso, como el brazo propagandístico del mercado), de modo que su obra literaria está en continua expansión y crecimiento. Entrando en un tiempo suspendido, entre paréntesis, por fuera, en fin: su obra escapa de manera elegante y divertida a la exigencia de una carrera literaria. Es una posición riesgosa. Puede que su obra termine siendo un esbozo de obra: la rapidez de la escritura puede afectar directamente a la maduración de lo escrito. No sé si es el caso, no tengo los elementos para decirlo, pero entiendo, que es un riesgo.  

            Ahora bien, el ejemplo de Stephen King (como el de muchos otros escritores) nos puede servir como para mostrar la otra cara de la moneda. Por un lado, tenemos el problema de la condición artesanal de la escritura amenazada por la condición industrial del trabajo remunerado, esto ya lo dijimos. Lo que no dijimos es la vivencia trágica del escritor cuando fortuitamente se encuentra con que el producto de su escritura se convierte en un objeto más del despiadado intercambio del mercado capitalista.

Como cualquier otra vivencia subjetiva puede ser explicada recurriendo a las motivaciones psicológicas de quién las confiesa. Y de esta manera, alguien en la sala, podría objetar a los gritos: “bueno, eso le pasó a Stephen King, ¿quién sabe lo que puede sucederle a otro?” Y es cierto: uno podría imaginar un escritor perfectamente encantado con su nueva vestimenta de prima dona del mercado capitalista, ¿por qué no?

Pero podemos pensar otra cosa. Y tomar el testimonio de Stephen King como un símbolo que trasciende su propia subjetividad. De modo que, sin desconocer las motivaciones personales, arriesgar alguna explicación sobre algo que resulta paradójico: un escritor que logra ganar mucho dinero con el producto de su trabajo necesita embriagarse como un modo bastante usual de no enterarse de su propio éxito.

A partir de este punto, yo me inclino a pensar la reacción de Stephen King ante su propio éxito como el efecto directo del malestar que produce la profanación propia del mercado. El dinero tiene esa virtud (defecto): pone en condición de intercambio y de igualdad cualquier objeto, bajo la suposición de que se le pueda poner un precio. En ese punto, es lo mismo un kilo de tomates que Anna Karennina de Tolstoi. Puede haber diferencia de precio, pero no de condición. Los dos son objetos de intercambio y de ese modo, aunque mantengan su diferencia de valor, quedan igualados. De lo que resulta que lo más íntimo que puede dar un escritor, aquello que se agazapa en sus venas como una promesa sagrada de su propio ser para convertirse en una flecha envenenada que vuela hacia el otro, de pronto, por efecto del dinero, termina convertido en una pedestre lata de tomates peritas.