Quien no tiene dinero no tiene alma

Quien no tiene dinero no tiene alma

Esa frase (Quien no tiene dinero no tiene alma) dicha por la abuela de una mujer muerta se deja oír en tres momentos –repetición– escandiendo el relato de un duelante, quien haciendo lugar a la desmemoria, inventa nuevas preguntas, ya que la falta nos confronta con la apertura hacia lo novedoso, lo inesperado. Podría decirse que su lectura hizo causa en estas reflexiones acerca del valor del dinero para cierta praxis psicoanalítica, en orden a su práctica efectiva. Es en este sentido en que una clínica que se reconoce lacaniana, pone en cuestión los principales fetiches del encuadre, tales como el dinero, el tiempo de duración de las sesiones, el espacio, la neutralidad del analista, etc. Lo cual no obsta para que una dificultad estructural se muestre y ponga en acto una escisión del sujeto entre lo que hace y lo que dice sostener, por lo que es preciso hacer lugar, a las así llamadas resistencias del analista.

Ante eso, vale acreditar un valor crucial del psicoanálisis a la singularidad. Por ejemplo, el tiempo invariable de las sesiones ha sido puesto en cuestión y también con ello, puede ocurrir que en lugar de cobrar una suma fija se variasen los honorarios de una sesión a otra, tanto como la duración de las mismas según la significancia otorgada por la dirección de la cura cada vez. Ahora bien, si time is money como dice el consagrado pragmatismo de cuño estadounidense –infectado de puritanismo– no podría calcularse el precio del minuto puesto que no habría reiteración ni constancia. Sin dudas que esa propuesta implica un ataque significante a la obscenidad del superyó analítico tradicional cuyo vozarrón atronador obliga a gozar de modo ilimitado de ese saber estático, coagulado, propio de un encuadre sígnico-pegajoso.

De nuevo, si la única universalidad que conoce nuestro mundo es la del dinero, la de aquella que Marx llamaba el equivalente general, no puede soslayarse dicho alcance en el sentido de la visión economicista que propende, al ser situada también (Badiou) en el modo en que esta cuestión ha inficionado todo, transformándose básicamente, en lo que rige en el hombre: sea por el parámetro del dinero, sea por el valor exclusivo del trabajo. Cabe decir que ello es privativo de nuestra época, aunque no ha sido siempre así –hay que saberlo y también, decirlo– y se relaciona con que, si bien cayó en esa orientación el marxismo –antes bien el stalinismo como vale diferenciar– no ocurriría lo propio en el otro aspecto consignado: o sea que hay un triunfo allí, aunque se lo ignore.

Ahora bien, si tomamos apoyo en la graficación del dinero es porque su indicador crematístico le asigna un alto voltaje al punto de inficionar el encuadre y sus fetiches.

¿Qué decir de nuevo respecto del pago en un psicoanálisis que no se haya dicho, del vector fálico-libidinal viscosamente pegoteado del dinero y de manera especial, de su cesión en las sesiones psicoanalíticas? Obsérvese que la ligazón descubierta desde los albores mismos de nuestra disciplina, entre el dinero y el erotismo anal, se amplía en el circuito de las equivalencias simbólicas entre pene, hijo, heces, regalo, dinero, tiempo. Vale recordar como ejemplos de estos deslizamientos, las afirmaciones freudianas respecto de la analogía entre excremento y dinero: “el excremento [es] el primer fragmento de corporeidad al que se debió renunciar”. La circulación de las renuncias del objeto pulsional se juega en un análisis, y es preciso pagar con “goce podrido” y con dinero, entre otras cosas. Tanto como la comprobación freudiana de nuestra hipocresía en lo que atañe al sexo y al dinero, por lo cual resulta decisivo –asevera– en las entrevistas preliminares y a su respecto, una actitud recta y sin vueltas.

Como es harto conocido, si lo que prima es un proceder desatendido del analista al considerar que “el pago es cosa del analizante” ¿con que pagará este por el sostén de su deseo? ¿Y el susodicho analista, se hará pagar a través del sostén sin límites de la neurosis de tal analizante, al no brindar la ocasión de matáforo/metonimizarse, a través de una cesión parcial, recurrente y pactada de una parte de sí simbolizada por el dinero, en tanto postizo del objeto a?

Digámoslo de otro modo, retomando el hilo de nuestro título que afirma en una doble negación una relación entre el dinero y el alma. Referido a lo cual, cabe recordar que Lacan por momentos da en hablar de modo zumbonamente irónico cuando afirma que ‘el alma es la identidad supuesta a este cuerpo’ de este en/un/ cuerpo, al que llama inclusive corps fermé, ‘cuerpo cerrado’, donde destaca su cierre. Lo que está en juego allí, según entiendo, es que si el alma es pensar acerca del cuerpo ‘donde calienta el sol’ –así lo dice, ¿dónde conviene?– podríamos resaltar, quizás, que se trata, en efecto, del cuerpalma.

Otra vez el alma –ese agujero, ese aliento, ese aire– en la que a su alrededor se constituye un cuerpo castración mediante, arma un fantasma donde resultamos expulsados de un imaginario paraíso perdido de la infancia y así, cada vez, cedemos y perdemos para constituirnos en retorno. Esta es la ley de la castración: lo que se gana, por un lado, se pierde por otro; pero como no se alcanza a dilucidar qué se ha ganado, tiende a cernirse sólo lo que se ha perdido. En sus términos, el dinero logra inscribirse como la automutilación –insoslayable en la constitución lenguajera de cada hablante– que se instituye al perder un pedazo de sí, el objeto a. Más aun, la circulación ritualizada del deyecto-dinero, promueve el lazo social, posibilitando un vivir comunitario.

...Y colorín, colorado … así termina el relato: “De hecho no había mucho dinero y me detengo a imaginar si habría alma. Los mismos zapatos siempre, la misma ropa: ¿es esto el alma, es decir, chaquetas eternas, postergar la pintura de la habitación, el dinero contado y vuelto a contar en la lata del pan? Algún dinero más también y, por consiguiente, un poquito de alma”.

Buenos Aires, 28 de abril de 2017.

Antonio Lobo Antúnez, Quien no tiene dinero no tiene alma, en El País, suplemento Babelia, Madrid, 26/7/2003, internet.

El genio de la lengua francesa dice encore, más todavía del goce y también un cuerpo /en cuerpo al titular a su Seminario 20.

S. Freud, Nuevas Conferencias de Introducción al psicoanálisis, 32, Amorrortu, Buenos Aires, 1979

Se llama sesión a cada encuentro entre el psicoanalista y el analizante en el espacio transferencial de una cura psicoanalítica.

Roberto Harari, Psicoanálisis in-mundo, Kargieman, Buenos Aires, 1994.

J. Lacan ha nominado así la duplicidad propia de todo sujeto hablante –en este caso del psicoanalista- entre su saber psicoanalítico y su posición inconsciente respecto del “superyó” analítico “tradicional”. En otras palabras, debe estar a la altura de analizar –a posteriori- su posición en cada cura. Eso se llama análisis de control –con otro analista- o supervisión de cada análisis que conduce.

Roberto Harari, ¿De qué trata la Clínica Lacaniana?, Catálogos, Buenos Aires, 1994.