Morder la mano

Hay una poesía que comienza mostrando un paisaje: manchas de sangre seca, sobre el asfalto de la calle y bajo el cielo de la tarde. Un paisaje pequeño e introductorio donde dejaron su huella de sangre –secada por el sol caliente y pesado– las mujeres que nunca aparecen. Porque en este poema no hay mujeres, hay perras. Elena lleva adelante una de las labores de la poesía: la traducción. ¿Cómo hablar de la violencia? ¿Cómo nombrarla y abarcarla? ¿Cómo acercarla lo suficiente hasta volverla inteligible sin que se vuelva insoportable ni indiferente con el dolor que produce? Traduciéndola.

Las mujeres bajo la mirada violenta no somos mujeres, somos perras. La mujer es tomada por animal, la lesbiana es tomada por animal, la trans por otro animal y la trava también por animal. Todas animales que desvestidas de humanidad, perdemos los reconocimientos, tratos y derechos que nos pertenecen. Perras de raza y sin raza, marca perra, hermosas, pero en un estado que resulta insoportable para algunos: el celo. El celo es algo que no define a la bestia, ni que le da identidad. Es un estado, y como todo estado, pasajero y común. En este estar es cuando los cuerpos están fértiles, inquietos y llaman al sexo con el olor rijoso del pis y el olor de la sangre. A esas señales la poeta agrega una más: los pelos que ellas pierden y se enredan en las puertas. Enumera, entonces, elementos que se desprenden del cuerpo y que siendo parte de algo vivo, una vez solitarios son muertos, secos, mechones –pedazos de– . Registros de un cuerpo que, con su libido gloriosa, alborota a los machos. Alboroto que toda perra conoce muy bien.

Algunos, dice la traductora, no soportan, se sienten intimidados por la diferencia, ante los cuerpos olorosos y en movimiento. En estado pasajero, sucio y atractivo. Ahora me pregunto: ¿Quiénes son estos algunos? Elena nos nos dice algunos. Y después nombra a los machos como los alborotados, los enloquecidos, los que no se sostienen. Serán los machos entonces los que, no soportando a estos cuerpos, intentan corregirlos y los hacen morir. Hay machos que cristalizan ese estado pasajero que no toleraban en la rigidez, porque sólo muerta la identidad de una persona se puede endurecer. Las hacen morir y las vuelven en su totalidad aquello que no soportaban: mechones de pelo, sangre seca, olor a pis. Una pensaría “sí, son los signos de un cuerpo asesinado”. Es cierto, pero estas son también las marcas en el cuerpo que se pueden leer en una persona vaciada de toda vitalidad por la violencia psicológica. Hay machos que matan a las perras. Hay muertes físicas y otras con un corazón que todavía late.

Elena suelta una voz que calificar de terrible sería injusto, porque nos está traduciendo lo peor con la mayor de las ternuras. Ella dice las perras son dóciles al entrar a las bolsas de nylon y nos traduce una cárcel difícil de identificar y nombrar: la pérdida de la propia voluntad bajo la voluntad del opresor. Aquella voluntad que hacía que los machos no pudiesen sostenerse ante las perras, y que las hacía pasearse caminando por el pavimento, meando los carteles de los negocios. Las puedo ver vagueando, sin ningún plan. Curiosas, de a dos o tres. Pulgosas y divertidas. Simpáticas con los extraños. ¿Así los machos las encuentran cuando las hacen morir? La perra se vuelve dócil, obediente. Cumple a la voz que, sacándola de la calle, donde estaba su voluntad, ahora la comanda y le ordena encerrarse. Como el espacio de la bolsa es menor al de la libertad del pavimento, ellas deben arquear sus huesos ¿Qué son los huesos sino nuestra estructura? Ante ciertas violencias las perras no podemos otra cosa que doblegarnos estructuralmente, arquear aquello que nos sostiene. Aislarnos, adaptarnos al tamaño del lugar de encierro y silencio. Todo esto es sinónimo de muerte para Elena.

La poeta consigue acercarnos dos violencias: la física y la psicológica: las matan, las encierran, las hacen callar, se meten –sin permiso ni derecho– con sus huesos. Todo está claro. El paisaje del comienzo se extendió y preparó el terreno preciso para que Elena pueda abrazar su posicionamiento poético y político. Así la voz del poema confiesa su protagonismo, se confiesa perra. Para esto usa un párrafo de un único verso, un movimiento sencillo pero demoledor. Un golpe sobre la mesa para que todos paren de conversar y comer y así poder hablar sin la duda de estar siendo escuchada: “Conozco esa mansedumbre de haberla ejercido”. La violencia asfixia y como tema y forma son lo mismo –qué digo y cómo lo digo– ; somos tomados del cuello por este texto y morimos con las perras que matan en él.

Luego de confesarse perra, aliarse a la manada que narraba, la voz del poema se anuncia sobreviviente. Y nos alivia, porque hasta entonces pareciera que lo único que se puede ante la violencia es perder la vida. Y casi nos sopla, se le escapa, su truco: la fuerza agresiva. No cuenta “pedí que me suelte”. Mucho menos “lloré hasta que se cansaron”. Ni hablar de “esperé hasta que cambie”. No hay permisos. Ella declara: “Mordí la mano”. Recuperó su voluntad, el uso de su boca, aunque no fuese para hablar, y la usó para soltarse de sus cárceles y carceleros. Se defendió. ¿No es acaso la defensa una opción para nosotras? ¿No podemos alegar legítima defensa si usamos la fuerza agresiva para hacerlo? Y no se trata de ser violentas, porque no tenemos planes de lastimar, sino de usar una fuerza similar a la del agresor que consiga liberarnos de él. Eso es defenderse y es un derecho penal. Sin embargo, no solo hay también sistemas machos que dejan en desventaja a las perras. Tal es así que, desde octubre de 2016 hasta el mes pasado, estuvo presa en Bella Vista, Analía de Jesús. Higui, como la llama su gente, mordió la mano: apuñaló a uno de los diez machos hombres que –alborotados– la atacaron en patota para violarla y matarla. Higui mordió la mano solamente a uno de los diez que intentaban corregirla: hacer que enarque sus huesos, porque no soportaban que fuese lesbiana, una perra futbolista suelta por la calle y sin dueño. El agresor murió con el único puntazo que recibió. Ella está en libertad gracias a que su situación fue tomada por causa desde las agrupaciones de militancia de género y feminismo que le dieron visibilidad, como la Asamblea Lésbica Permanente y Fútbol Militante. Lo que más raspa de esta injusticia es que mientras ella no sea absuelta y se juzgue a los hombres que la atacaron, Higui seguirá en peligro de volver a estar reducida de su voluntad, plegada al tamaño de paredes y rejas, bajo la opresión y corrección, ya no de diez hombres, sino de todo un sistema penal.

Morder la mano puede ser brutal, pero también puede estar en gestos pequeños: decir que no cuando algo no se quiere; dejarse caer cuando una ya no puede sostenerse en determinadas situaciones o relaciones; o desobedecer a los lugares asignados para nosotras que no nos interesan. Desde 2009 hay una ley con la cual afilarnos los dientes: la ley 26.485 de protección integral a la mujer, creada para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, en cualquiera de los espacios en los en que ellas desarrollen sus vidas.

Finalmente, en esta poesía la autora muestra la angustia de tener que vivir una libertad afectada por las marcas en su cuerpo. Luego de la violencia y de la salida, siempre estarán las marcas que con sólo tocarlas –o cuando son tocadas por otros– nos devolverán a la memoria nuestras tristezas. La perra que mordió la mano tiene que atravesar lo desconocido. Hay un terror que produce lo vivo, el mismo terror que alborota a los machos. Lo vivo a diferencia de lo muerto, se mantiene en movimiento y nunca se cristaliza ni se endurece, si no que deviene en lo desconocido. Esta perra atraviesa una nueva asfixia, la de volverse dueña de sí misma en una sociedad llena de machos que, cuando vuelvan a olerla libertina por las calles, intentarán de nuevo confundir su voluntad para que enarque sus huesos. Y la asfixia es densa, y de un miedo muy grande, para alguien que conoce el encierro. ¿Podemos imaginar las marcas en Higui cuando consigamos justicia sobre su caso? Hay marcas que son indelebles por la violencia con la que se imprimen y porque todavía no hay una justicia construida que considere la reparación por parte del Estado de sus errores y descuidos. Por eso no todas muerden la mano todavía. Cualquier perra que esté leyendo esto sabe de lo que estoy hablando, pero estamos juntas y en eso estamos.

 

En el pavimento

en el pavimento queda
por la tarde
la sangre seca
de las perras en celo

algunos
las agarran del cuello y las hacen morir:
no soportan la libido gloriosa
que alborota los machos
los mechones de pelo en las puertas de alambre
el olor rijoso del orín
en los carteles de las tiendas

las perras son dóciles al entrar
en las bolsas de nylon
obedecen y se pliegan al tamaño
enarcan los huesos
se acomodan a la muerte
al silencio

conozco esa mansedumbre de haberla ejercido

basta tocar la marca roja en el cuello
para evocar soga y dueño
pero yo mordí la mano
y ahora tengo esta libertad
grande
en que me asfixio.

 

Elena Anníbali (1978), nació en Oncativo, provincia de Córdoba, Argentina.
Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Humanidades, U.N.C. Actualmente trabaja como docente de nivel medio. En el 2007, publicó su primer libro: Las madres remotas (Editorial Cartografías) y luego, en 2009, Tabaco mariposa (Editorial Caballo negro), más adelante, en 2015, publicó La casa de la niebla (Ediciones del Dock).

Buena parte de su obra fue publicada inicialmente en revistas de medios locales y nacionales.

El lunes 12 de junio la Cámara de Apelaciones de San Martín le concedió a Higui la excarcelación extraordinaria. Eso significa que esperará en libertad el juicio oral. Estuvo casi ocho meses presa por matar a su agresor, por intentar defenderse de una violación, pero fundamentalmente por ser mujer, pobre y lesbiana. El reclamo por su liberación movilizó en todo el país a organizaciones de mujeres y de lesbianas. Los argumentos de su abogada, Raquel Hermida Leyenda, y el dictamen marcan un hito, ya que ponen sobre la mesa el concepto de violación correctiva, un método de tortura que pretende modificar la orientación sexual de las lesbianas, una figura que hoy no está contemplada en el Código Penal. Fuente: https://www.pagina12.com.ar/44355-para-higui-la-libertad