Conversaciones desde el margen

Conversaciones desde el margen

 

Conversaciones en la intemperie

Walter Cassara

Pre-textos

216 pp.

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Walter Cassara pertenece a un fenómeno literario que se manifestó en los años 90 en Buenos Aires: un impulso poético controvertido y caótico que renovó la escena local. Su rastro aparece en alguna de las recopilaciones que tal vez, de una forma un poco apresurada, conformaron los lí­mites y los protagonistas del fenómeno. Existe una famosa antologí­a poética de Arturo Carrera (Monstruos, Fondo de Cultura Económica) hecha sobre el final del siglo pasado, donde no solo está Cassara, sino que el libro entero puede leerse como una puesta a punto de la actividad poética de nuestra ciudad en aquella década triste. Sin embargo, los pasos posteriores de Cassara, a partir de esa efí­mera primera consagración, parecen una fuga deliberada, o un consiente juego de escondidas, donde el que se oculta es el poeta mismo buscando que su obra permanezca siempre en un estado de duermevela, como un imperativo ético, apostando a que la verdad de la palabra muestre su savia más potente en la sombra de la tarde y no en la luz fluorescente de las marquesinas.

Después de editar un primer libro de ensayos (El oí­do del poema, 2011), Cassara parte a España donde se radica, y casi una década más tarde, publica esta nueva colección en una editorial del viejo continente (y habiendo recibido el premio Amado Alonso de crí­tica literaria 2015), Conversaciones en la intemperie. Me gustarí­a entender la ubicación geográfica del poeta, además, como una coordenada de enunciación, donde voluntariamente trata de ubicar su escritura en un lugar marginal, esquivo, pero no tanto como una réplica de la falsa moral cristiana en la que se exalta de manera narcisista la humildad, no, al revés: creyendo que la fluorescencia del leguaje solo alcanza su luz con la paciencia, o en todo caso esquivando la trampa mortal de nuestras sociedades, la inmediatez. Y si hay alguna moral en dicha posición, es una moral relacionada con la intemperie que se produce por el mismo uso del lenguaje: un lugar solitario y alejado, donde se puede percibir, además, el ideario ético poético de Juan L. Ortiz.

El mismo Walter me lo confesó en un mail, hace poco, cuando le conté de esta reseña y le pregunté cómo estaba: Sí­, yo sigo in Spain, jubilándome lentamente en una aldea perdida en la meseta castellana, en Ávila, a una hora en coche de Madrid. Entre una cosa y otra llevo acá ya casi —van a ser— creo diez años. Volví­ a Buenos Aires solo una vez en todo este tiempo, y ahora ya no sé si podré volver otra vez. Con el medio ibérico… tengo sí­ algunos conocidos, a los que veo muy rara vez, doy clases en un sitio de Madrid y escribo para una revista que se llama Cuadernos hispanoamericanos. Dado que solo viví­ un par de meses en Madrid y el resto en el campo o en pequeñas ciudades de provincia, no tuve muchas oportunidades de recorrer el mundillo (literario) a fondo, tampoco tuve muchas ganas.

Y en esta confesión se ve claramente la voluntad del poeta: una deliberada prescindencia de "hacer carrera literaria", al contario: pensar que la escritura es una entrega monástica en la que su exceso se juega en una solitaria y loca maní­a por concentrarse en las palabras, sus reglas, las posibilidades que abren y los caminos que cierran, pero siempre, buscando el orificio menos pensado, ese milagro que solo se puede conseguir de casualidad, manteniendo el cuerpo alerta y a la vez, a salvo de la vorágine.

Pero veamos el libro:

Está estructurado en dos partes bien diferenciadas. Buena parte se compone de lo que usualmente se entiende por reseñas, es decir, el relevamiento de la lectura poética a partir de un libro o autor concreto. Cassara, entonces, lee la obra de Néstor Sánchez, Arnaldo Calveyra, Pablo Palacio, Marosa di Giorgo, José Bianco, Enrique Molina y José Watanabe. Y salvo el breve ensayo El espejo de la canción, toda esta primera parte sigue los lineamientos de su libro anterior: hacer el comentario de la obra de un autor, pero hacerlo como excusa para dar rienda suelta a su propia pluma, donde el pensamiento busca refugio en la enigmática sensibilidad de una imagen: el lector logra ver lo que el poeta le quiere decir delante de sus propias narices, pero aunque la contemple con cierta claridad, a la vez, el sentido de la imagen se vuelve opaco y por eso mismo, múltiple, como si fuera un espejo roto en mil pedazos.

La segunda parte está ocupada por un ensayo que lleva el nombre del volumen. Y en ese trabajo vemos al poeta liberado del ejercicio del comentario: escribe sus impresiones, sus vivencias, pequeñas anécdotas, algunos pensamientos lúcidos y fragmentarios, todo salpicado por la delicia de la buena escritura y por esa labilidad que hace del estilo de Cassara una reflexión que sobresale del común de los escritores hispanoparlantes.