Sobre la piel del mundo, trazos de una cosmogoní­a

Sobre la piel del mundo, trazos de una cosmogoní­a

La última piel del mundo

Leopoldo Castilla

Nudista, 2019


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En La última piel del mundo, Leopoldo Teuco Castilla se hace a la travesí­a y deja que el territorio le vaya musitando su lenguaje para que esos sonidos resuenen y le transformen la voz, haciéndose música. Su marcha comienza en Aotearoa, la tierra de la gran nube blanca, a la que hoy llaman Nueva Zelanda. Se adentra en la fibra de un mundo de islas, toda Oceaní­a, y luego continúa con un intermedio de tres azules, donde ve a San Petersburgo, vive una tormenta que desborda al Egeo sobre las ruinas de un palacio cretense y sus fantasmas. De allí­ a Santorini, en la boca del cielo, rodeada de aguas siderales. Más allá, el gran bosque austral de soledades homicidas, violencia vertical y rocas taciturnas. Finalmente, la huraña y cruda Alaska, y más, hasta esas latitudes que llevan al confí­n donde el alba y la noche ambulan expatriados.

í‰l es un caminante respetuoso y agradecido, que se acerca al otro y aprende, hasta que él mismo es el otro en su poema. Llega a ser el maorí­, pero también el europeo, ese pionero que se atreve a los espejismos y vací­os de un mundo cruzado por lo oceánico. Es también el caní­bal y el prí­ncipe ebrio, el rústico cazador, el buscador de oro en las inmensidades blancas del norte. Todo el porvenir y el pasado en un solo instante. De esta forma, siente las dimensiones fundamentales de la manada humana, devela tan magní­fica diversidad.

En el poema Cabeza en el lago Taupo, nos dice "la forma incesante, al detenerse, revela lo sagrado". Así­, estos poemas encuentran la tensión entre el hombre y lo esencial del espacio en el que vive. No habla solamente de lo que se encuentra dentro de los parámetros de una religión y sus deidades. Cada territorio y sus travesí­as son lo sagrado. Reverencia a los muchos dioses de cada horizonte como un panteí­sta.

Alguna vez Teuco me dijo, "a la poesí­a la hace la naturaleza que despliega su hermosura delicada o violentamente". Por eso en estos poemas habla una tierra viva, un planeta que canta. La voz del poeta se vuelve mundo, es atravesada por esa polifoní­a de la naturaleza donde el mar, el páramo, el bosque, las urbes, las islas, la nieve, el lobo, el oso conviven en toda la magnitud de su intemperie. Sediento de distancia continúa hasta los últimos azules cuando todo lo que soñó la tierra se incendia para siempre. En esta piel del mundo se dibujan las lí­neas certeras de una cosmogoní­a.