Te sienta a su mesa y comparte su pan y su vino

Te sienta a su mesa y comparte su pan y su vino

Titulé esta pequeña semblanza sobre el poeta Leopoldo Castilla de la manera que mejor y más acabadamente describe lo que el Teuco es como persona y como poeta.

 

Cuando el equipo de Outsider me propuso escribir una semblanza sobre el Teuco sentí­ por un lado un enorme temor a no poder estar a la altura de lo que él y su obra significan y, al mismo tiempo, la posibilidad y el inmerecido orgullo de contribuir desde mi pequeña labor a mostrar, en un humilde esbozo de mi parte, la importancia de su obra para todos nosotros -lectores contemporáneos- y su alta calidad y calidez humana, detalle este último que, como su marca en el orillo, advertimos desde el primer momento que tomamos contacto personal con él.

 

Por eso, la presión que sentí­ al ser convocado a esta empresa fue intensa, pero de ninguna manera habrí­a rechazado el desafí­o porque todo lo que yo haga para difundir al Teuco -si eso fuera necesario- será poco comparado con el gesto generoso que él me prodiga cada vez que tengo la fortuna de compartir momentos con él.

 

Por esa razón, y antes de mencionar aspectos esenciales de sus datos biográficos, me gustarí­a relatarles la manera inesperada en que tomé contacto con su persona. Yo habí­a conseguido, ya no recuerdo cómo ni a través de quién, su correo electrónico. Me habí­a impulsado la idea de enviarle mis, hasta ese momento, dos libros de poesí­a publicados, no sin pudor y nerviosismo. Así­ que le escribí­, le comuniqué mi propósito y le solicité me diera alguna dirección postal donde podrí­a hacerle el enví­o. Su respuesta no se hizo esperar, muy pronto me contestó y me pasó su dirección, así­ que ni corto ni perezoso junté los dos ejemplares, me dirigí­ a la oficina postal y los despaché. Habrán pasado dos o tres semanas, ya no puedo precisarlo y yo mismo me habí­a olvidado del asunto, cuando una mañana una amiga mí­a, también poeta, me llama para decirme que iba a recibir un llamado del Teuco. Al preguntarle cómo podí­a saber eso me respondió que él querí­a llamarme, pero al no tener el dato de mi número telefónico llamó a Daniel Grad, el fotógrafo que recorrí­a todos y cada unos de los eventos de poesí­a, pensando que seguramente le podrí­a dar mi número. Daniel, en esa época ya me conocí­a, pero no así­ mi número telefónico por lo que le pasó el número de mi amiga, la poeta Viviana Abnur para que ella, a su vez, le diera mi contacto.

 

En fin, fue así­ que un buen rato después de cortar con Viviana recibo el llamado del Teuco. Yo era, y sigo siendo, un perfecto desconocido, y no podí­a creer que él se hubiera tomado toda esa molestia para conseguir comunicarse directamente conmigo y darme las apreciaciones de su lectura sobre mis libros. Hablamos durante un buen rato y nos prometimos tener la oportunidad de conocernos personalmente, lo cual no tardó mucho tiempo en concretarse. Desde ese entonces, cada vez que tengo la oportunidad de compartir algunos momentos con él, en una cena o en un evento, es para mí­ una fortuna de la cual me siento muy agradecido.

 

Se podrí­a mencionar que Leopoldo Castilla, poeta salteño, fue también titiritero como su hermano Gabriel, y de ese arte también seguramente habrá tomado sus herramientas para volcarlas en su escritura al insuflarle a sus poemas una fuerza vital que los muestra como entidades vivas que provocan en cada lector una vibración a tono con la atención que cada lector les prodiga. Así­, cada uno de sus poemas asume su propia identidad que se va a conjugar con la identidad de cada lector entablando una dialéctica similar a la que el tí­tere instala con sus espectadores. Tí­tere y espectador, poema y lector, entonces, son formas conjugadas de un mismo hecho poético al punto de no poderse precisar ya, en qué lugar podrí­a localizarse al autor de ese mismo hecho. Cierta vez, en un ciclo de poesí­a, se la ha hecho al Teuco esa pregunta que resulta tan odiosa a cualquier poeta cuando se la formula: ¿Qué es la poesí­a?, a lo que el Teuco respondió inmediatamente: "la poesí­a es un pan amasado con la harina de todos".

 

Poeta reconocido mundialmente y traducido a varios idiomas, ha obtenido importantes premios, entre ellos, el Primer Premio Municipal de Poesí­a de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, bienio 1998-1999, el Primer Premio de Poesí­a del Fondo Nacional de las Artes, año 2000, el Premio Esteban Echeverrí­a, año 2013, con el voto de escritores de toda la argentina y el Premio Konex en 2014.

 

Se podrí­a decir mucho aún, pero los más importante es mencionar que si algo lo caracteriza a él como poeta y a toda su obra, es haber constituido una poética peregrina dotada de cierto componente mágico y, a la vez, de un poder de conjuro de la finitud de la condición humana. Pero a su vez, ese componente mágico no está desprovisto de cierto tratamiento reflexivo y conceptual que atraviesa gran parte de las lí­neas de sus poemas, tomemos este que sigue a modo de ejemplo, tomado de su libro Teorema natural:

 

RESCATE

 

Lo que ves

no vuelve nunca de la mirada

 

como vas a morir

puedes:

            si miras esta amapola

            la amapola se salva

 

 

Decimos que la magia y su efecto encantatorio, siempre presente en sus poemas, se conjuga de una manera singular con la reflexión y el concepto y esta combinación, en mi opinión, hace de la poética de Leopoldo Castilla, una marca de singular presencia en la poética contemporánea, marca que a su vez es solidaria con la respiración del poema, su musicalidad y ritmo y también con la escansión del  verso, ora largo, otrora corto, al servicio del contexto propio del poema y de las referencias al que éste alude.

 

Ejemplo de esto último lo podemos encontrar en poemas de Banianao, obra escrita a partir de su viaje por la India y el sur asiático. En esos poemas, el largo de los versos o la extensión del poema parece estar justificado como reflejo de la frondosidad de la selva propia de esa región, donde la conexión vital se establece merced a la generosidad de la vegetación propia del clima selvático. El poema entonces, adopta su forma de selva y, como tal, penetra en el corazón del lector, como la fronda lo hace en el corazón de la tierra. Vaya aquí­ este ejemplo:

 

 

XI

 

 

¿Qué animal sin sangre

de pie sobre su insomnio

como una tormenta

estará por ser este santón? ¿Qué estado

-y será terrestre-

asilará

al que suicida al mundo

para nacer de sí­ mismo?

                  Una suposición

un doblez de la luz

            y aparecemos

lo que demore en desplegarse

tarda lo sagrado,

lo que dura el espanto de haber venido.

 

Y ha debilitado el polvo del camino

cedió a su sombra la visión

y abjuró del dí­a

ese monumento fúnebre de su mutación.

 

              Sólo él amanece.

 

Ellos lo ven

como una moneda de una sola cara

caminar entre animales, hombres árboles

sin nombre,

               soñando una nieve negra.

 

                               Le dan de comer

apenas lo detiene el cuerpo

esa cicatriz de su nacimiento.

 

Ha envejecido para agradecer

al mundo. Pronto habitará lo sagrado,

en un lugar extraño

                un sistema perfecto:

                                el ojo de un tigre

 

o sin saber,

               el olfato de un ciervo.

 

 

 

¿Dónde podemos encontrar en el poema que antecede esa conjugación, sincroní­a, entre lo mágico y el concepto, entre lo encantatório y la reflexión?, ejemplos hay muchos pero puedo señalarles los siguientes:

 

 

 

"Le dan de comer

apenas lo detiene el cuerpo

esa cicatriz de su nacimiento."

 

o

 

"Ha envejecido para agradecer

al mundo. Pronto habitará lo sagrado,

en un lugar extraño

                un sistema perfecto:

 

o sin saber,

               el olfato de un ciervo."

 

 

Así­ es la poesí­a del Teuco, un puente entre este mundo y todos los mundos posibles, los que el lector puede habitar con el ejercicio de su imaginación, pero también y, sobre todo, con el salto de conciencia que sólo la meditación hace posible.

 

Para finalizar y a modo de corolario me gustarí­a compartirles un poema más, que podemos encontrar en su libro El amanecido y que de alguna manera resume lo que tiene de sagrado y de honda vitalidad la poesí­a del Teuco.

 

 

La mesa de mis dioses

 

 

Bebo con mis dioses,

con Xangó, dios del trueno, protector

del ebrio y del amante,

a quien he visto desimantar a las bahianas

marearlas

como si dentro les copulara una bandera,

que descendió en mí­ en Santiago de Cuba

por obra y gracia de Orula y de un babalao

cenizo

de cruzar la suerte de los hombres.

Bebo con Visnhú a quien no pude despertar

de su lento absoluto, cuando ascendiendo

una escalera enorme

lo vi yacer, sin mundo,

como una luna esperando el regreso del cielo.

Fue en Bali esa visión. La tierra

desaparecí­a

devorada por sus delicadezas.

Ofrendo y bebo con la Pachamama, porque le pertenezco

arbolito que yo soy y nunca alcanzo

rí­o que me llamo y nunca vuelvo,

y con el señor del Milagro,

que brillaba como un fruto

en el terror

                en el luto

y el espejismo del alma de mis abuelos.

 

En la mesa, desnumerando, como suelen,

está el duende, con su mano de lana

y su mano de hierro

cicatrizando sus ojos debajo de la higuera.

Y el diablo, pobre hombre, aparecido en otra dimensión,

tahúr,

que sólo como música puede entrar a este mundo.

De pie, a mis espaldas, está mi muerto. Lo desconozco.

Me dijeron "es alto y tiene pelo blanco. Lo cuida."

Un extraño condenado a mi suerte,

un plenilunio de mi cuerpo. Y es que otras formas duran

para sostener tu forma

y están vací­os todos los nacimientos.

 

Y estoy yo, ateo, sin iglesias,

milagroso.

Y en otro rincón, también yo, con siete años,

mirándome mirar

los sentires de mi madre

y a mi padre ardiendo,

                               maravillado,

                                               herido

entre cantores difuntos.

 

Unos recién naciendo,

otros, en la muerte,

                                maldormidos,

nos amanecemos

                                aunque nunca llegue el dí­a.

 

Estamos todos ocupando todo.

 

No falta nadie.

                        Y, sin embargo, la mesa está vací­a.