Escribo pidiendo ayuda a cuanto espí­ritu invisible ande suelto por ahí­

Cuando planeamos este número, el mundo era otro. De inmediato me ofrecí­ para hacer la entrevista con Leopoldo "Teuco" Castilla y me imaginé lo de siempre: encontrarme cara a cara con un poeta reconocido en un bar de Buenos Aires, tenerlo cerca, poder sentir su respiración, ver sus muecas y de ese modo, creerme a salvo de la desdicha, llegar a mi casa y decirle a mis hijos: hoy soy más feliz que ayer, conocí­ a un gran poeta. Pero, además, tener la ridí­cula convicción de que mis palabras y mi persona dejaron una huella en otro.

Hoy el mundo es irreconocible. O mejor: el mundo parece haberse dado cuenta del desastre en el que habitábamos. Lo hicimos tarde y de la peor manera. Hoy estamos todos encerrados como topos fisgoneando en las redes sociales la vida de los otros, para tener la ilusión de que algo sigue en pie. O de que el mundo en el que vivimos tiene algo que ver con el que recordamos.

Así­ fue que pensamos en tener una entrevista con Leopoldo "Teuco" Castilla. Y la tuvimos, por cierto. Un poco porque nuestro deseo de hacer esta revista parece a prueba de cualquier cosa. Y otro poco, porque no tenemos otro plan: si no hiciéramos la revista, si no dispusiéramos de nuestro tiempo para escribir y editar la revista, no serí­amos nosotros mismos. Y eso lo digo más acá de la desgracia de esta pandemia.

Lo presento: nació en Salta, Argentina el 27 marzo 1947. En 1976 se exilió en España, perseguido por la dictadura militar. Allí­ ejerció como periodista y titiritero. Actualmente vive en Buenos Aires. Y publicó una impresionante cantidad de libros por los cuales hoy es considerado una piedra angular de la literatura en nuestro paí­s. 

Bajo las circunstancias de una cuarentena que nos tiene a todos encerrados tuve un generoso y breve intercambio de mails con Leopoldo. A continuación, sus respuestas sin la presencia de la sonoridad de su voz (que por suerte nos regaló en el poema inédito que publicamos en este número).

 

Lo primero quise saber fue cómo habí­a nacido su vinculación a la literatura y a la poesí­a.

Mi vinculación con la poesí­a comienza en mi infancia, dado que nací­ en la casa de un poeta. Mi padre, Manuel J. Castilla, desde niño nos hizo frecuentarla. Era un pan en la mesa a todas horas del dí­a. Su biblioteca y un interés creciente por la lectura, sumados a una incipiente pero exaltada imaginerí­a (como suele ocurrir con todos los chicos a esa edad) hicieron de caldo de cultivo para que intentara mis primeros versos. Y también el hecho de haber nacido en Salta, tierra de cantores, donde la copla es medular en el canto popular. Oyéndola se me fue afirmando el decir y la tonada para intentar con la memoria del romancero español, mis primeras coplas y romances.

También quise saber cómo ve un poeta actual el lugar de la poesí­a en nuestra sociedad.

He dicho otras veces que la poesí­a viene desde siglos defendiendo valores como la armoní­a del hombre con el hombre, con la naturaleza y el universo. Y tiene capacidades especiales como penetrar en dimensiones que no percibimos para instalar nuevas preguntas sobre los misterios del Todo y revelarlos. Es sagrada, repito, porque crea todo y no cede su secreto. Y es indestructible porque pertenece a la naturaleza de todos y cada uno de nosotros, así­ como es intrí­nseca a la naturaleza en su totalidad. O sea que el lugar ya lo tiene asegurado. Es necesario que se acreciente su difusión. Y ese trabajo debe empezar a realizarse en todos los niveles educativos. Cada maestra o profesor antes de empezar la clase deberí­a leerles a los alumnos un poema de la poesí­a universal. Dando el nombre y la época y el paí­s en que fue escrito. Y nada más. Y dejar que ese poema entre con sus destellos a las diferentes sensibilidades de quienes lo escuchan. Sin pedirles jamás que lo analicen porque eso conlleva la destrucción del ánima del poema, tanto que muchas veces ni los propios autores podemos explicar nuestros trabajos. Como los planes de estudios exigen una evaluación, esta deberí­a hacerse exclusivamente para que el alumno precise a qué escuela ese poema pertenece (romanticismo, modernismo, surrealismo, etcétera) y su época y otros autores destacados correspondientes. Al cabo de un año, los alumnos habrán escuchado doscientos poemas, cada uno con su particular sensibilidad y de ese modo la siembra intocable de la poesí­a estará floreciendo en ellos.

Agreguemos a esta propuesta la importancia que tiene la publicación de las obras de los poetas (jóvenes y mayores) con el apoyo del Estado. Y también la restitución de una crí­tica seria y responsable (no la que viene ya fraguada por las editoriales) en los medios de difusión que, por otra parte, han dejado de difundir la poesí­a en sus páginas culturales.

Por otro lado, quise saber algo de su formación y de sus maestros.

Uno ha recibido la magní­fica lección de la poesí­a que se ha escrito en todas partes del mundo. Aprendimos de ella. En mi caso fueron impulsoras la de la Generación del 27, Neruda, el Siglo de Oro Español, Vallejo, Rilke y tantos otros. Sin embargo, creo que mis versos, a no ser los primeros, no fueron marcados definitivamente por ninguna voz en especial. O tal vez sí­ y yo no me he dado cuenta. Suelo, eso sí­, desterrar a la hora de escribir cualquier verso por mucho que me guste, que suene a la poesí­a de otro autor. O sea no me permito la emulación consciente.

Por suerte para ellos no conozco poeta que haya cometido el error de tener alguna influencia de lo que yo escribo.

Y de cómo ve el panorama poético actual.

La poesí­a a veces funciona como la estaciones de año. En el mismo paí­s que floreció en determinados momentos vuelve trayendo sequí­a. Y viceversa. Nuestro paí­s tuvo grupos numerosos de gran calidad como la Generación del 40, algunos imprescindibles como muchos de la generación del 50 y del 70. En América Latina la poesí­a tiene un vigor increí­ble. Tal vez – y hasta donde uno conoce– haya menguado esa fuerza en algunos paí­ses europeos que antes fueron muy importantes en este sentido.

No podí­a no preguntarle cómo trabaja.

Escribo pidiendo ayuda a cuanto espí­ritu invisible ande suelto por ahí­ a ver si la señora poesí­a se digna a dictarme algo para que yo, su mí­sero artesanito, pueda lograr algún poema. Y le obedezco. Después de que me lo concede, al tiempo, lo trabajo como un carpintero trabaja la madera. Y no la obligo a decir lo que yo quiero sino que ella me obliga a decir lo que me manda. Eso sí­, no solo espero que ella venga sino también la salgo a buscar. Y si no hace eso, ¿qué más va hacer uno?

Y para terminar, una pregunta que no hubiese tenido que hacer si el contexto era otro. Quise saber cómo vive este momento tan raro del mundo.

En primer lugar preocupado, como todos, por la aflicción y el dolor de tanta gente afectada por el virus. Después, si es que podemos encontrarle un aspecto positivo, es una gran oportunidad para la escritura al provechar el tiempo buceando entre papeles que uno creí­a perdidos y retomando proyectos de escritura que llevaban largos meses postergados.