Pisa despacito mi corazón

Pisa despacito mi corazón

Hay etapas en la creación poética de Teuco Castilla. Estas etapas van provocando diferentes "mutaciones" (como él las llama) en su lenguaje.

Una de ellas comenzó cuando en la adolescencia realizó un viaje por América Latina. Entró a Bolivia rumbo a Perú y quedó deslumbrado por "esos confines de dramática belleza" y también por la refinada delicadeza de su gente, a pesar de la explotación de la que ha sido objeto durante cientos de años. "Allí­ comencé a conocer –dice- desde el hueso a la manada humana". Además del interés por la humanidad se despertó en el Altiplano su fascinación por la Tierra. Por lo menos una docena de los libros de Teuco lo acompañan en su recorrido a través del planeta. Ha visitado todos los continentes y, cuando la poesí­a se lo ha permitido, ha dejado que la naturaleza se exprese con la voz que le es propia para cada región, cada pueblo y cada cultura.

Otro de sus temas es el ser humano, "intentando descifrar cuál es el sitio de esas criaturas que empiezan a desaparecer cuando aparecen (…), vagando entre el abismo del universo y el abismo que tienen dentro de sí­ mismos".  Dentro de este grupo están, entre otros, Nunca, El amanecido, Manada, Baltasar. Allí­ aparece, más explí­cito, lo personal, sin perder por eso lo universal ni pretender tener todas las claves (aunque el tema sea él mismo), reconociendo que en todo poema hay siempre "zonas invisibles" y que es el poema el que hace al autor y no viceversa. El poema es el resultado de una voz colectiva y un eco misterioso que siempre permanece inalcanzable. 

Otra poética fue desarrollada en su exilio en Madrid, cuando escribió Versión de la materia. Allí­ volcó sus percepciones del campo de la fí­sica que también aparecen en Campo de prueba, Teorema Natural, Lí­nea de Fuga y Poesón al universo. Con lo que él considera "audacia e irresponsabilidad" trató de plasmar "alguito del misterio que nos une al cosmos". Con un lenguaje seco, despojado  para confrontar en el mismo tono y  sin glosarlo al campo de la ciencia.

Estas poéticas se hacen presentes en los tres libros que Teuco presentó en la casa de Salta en agosto de 2019: Baltasar (Córdoba, Nudista, 2018); El don del alabado (Córdoba, Nudista, 2019) y La última piel del mundo (Córdoba, Argentina, Nudista, 2019).

 

La última piel del mundo es un libro de su recorrido por el planeta, donde trata de encontrar para cada lugar, su gente y su historia un lenguaje peculiar. Recorremos con él Oceaní­a, Rusia, Grecia, Canadá y Alaska. De estos confines, donde predominan los azules, comparto este poema:

 

El buscador de oro

 

Remonta el rí­o

por donde se herrumbra el agua.

 

Por ahí­ anda, forajido, el oro.

 

Arráncalo antes que lo tape la nieve

que es ciega

y borra hasta su propio rastro.

 

Ten cuidado:

esa es la piedra de la locura.

Te llama donde no está,

te cambia los caminos,

te botará en los páramos.

Sin saber si eres

y sin ver tu sombra.

                       Lo mismo que en los sueños.

 

Es ley del oro:

hombre que lo busca

se queda

ido,

recordando lugares

donde nunca ha estado.

 

Años vagarás rencoroso

con un colmillo de sol

en el cerebro,

mendigando un milagro.

 

Hasta el dí­a en que seas tú

entero

de oro

dentro de tu oscuridad,

brillando.

 

         Otro de los libros es El don del alabado. Aunque su origen está en uno de sus viajes, atraviesa todas sus poéticas. Veamos. Dice Teuco: "Caminando en una de esas mañanas en las que quiere volver al cielo la ciudad de Quito, entramos con la poeta Marí­a Casiraghi a la Casa del Alabado, un Museo de Arte Precolombino situado en el casco colonial de esa ciudad".

         El nombre del museo proviene de una inscripción en piedra que se encuentra a la entrada: "Alabado sea el santí­simo sacramento. Acabose esta portada a 1 de julio de 1671". Durante más de cuatrocientos años, las personas del barrio de Santa Clara han leí­do esta inscripción y por ella han llamado a la propiedad "Casa del Alabado". El museo tomó ese nombre y creó un espacio fascinante a partir del edificio colonial, cuya arquitectura respetaron los artesanos encargados de su restauración, con la idea de dar vida a las obras de los pueblos precolombinos que allí­ están expuestas.

Vasijas, figuras humanas y de animales, formas circulares, urnas funerarias, utensilios metálicos recuerdan la visión del mundo de las antiguas culturas que poblaron el Ecuador, como Valdivia (4.000-1.500 a.C), Chorrera (950 a.C. – -350 a.C.); Carchi – Pasto (750 d.C. a 1.550 d.C.) y La Tolita (350 a.C. 350 d.C.).

Es imposible no vincular estas cosmovisiones con la de Teuco Castilla, que les dedica estos poemas. Los artistas muestran una relación armoniosa entre la tierra con todos los seres que habitan en ella y cuya pérdida tanto lamentamos en nuestros dí­as.  Además, en el museo se presenta cada mundo de la visión espiritual precolombina donde (como en la obra de Teuco) hay una continuidad. Como el sol que cada noche se pierde de nuestra vista para regresar al dí­a siguiente. En el "Mundo de abajo" habitan los difuntos y ancestros y la muerte es un paso en el ciclo de la vida. El "Mundo terrenal", es el que compartimos los seres humanos con las plantas y animales. Y el "Supramundo" está habitado por divinidades  que son parte de la naturaleza: el sol, la luna, el agua…

Comparto algunos de los poemas del libro quizás para sostener mis conjeturas:

 

El absoluto

 

Hace 4000 años que desde el futuro

nos observa

este ser absoluto,

esta cerradura

                   de la biologí­a.

 

Ha enfrentado las caras del cosmos

hasta el grado cero

de la energí­a.

 

Lo que fue  exterminio, combustión, sonido

enmudece en él.

Viudo de la materia,

todas las formas

en su jaula neutra.

Sin comienzo, derrotero, ni salida.

 

Un tótem erigido

con las cenizas del último dí­a,

 

el faro

que hundió los mundos

                cuando el mar del universo

                               se quedó sin orillas.

 

Parto

 

Va dar a luz el hueco

que es su hijo.

 

Y no quiere salir

perdió su lugar a cielo abierto.

í‰l ya estuvo allí­

sin saber quién era

hasta que lo envolvieron

con el cuerpo de su madre

como al nido

                  de un eco.

 

No suena el grito de la mujer.

La fecundó el espacio

y parirá silencio.

 

Llama a los dioses,

pero los dioses no tienen dónde.

 

Como ella,

como ellos,

de vací­o a vací­o

        se engendra

                  y desengendra el universo.

 

Músico

 

Quién dice que se acabó la fiesta.

 

Que él ha fallecido

y no oye las maracas

y los rondadores,

el alegre hueserí­o

                       de los dí­as por venir.

 

Vamos todos con él

                        resucitando

en la flauta y la dulzaina,

en sus cañas heridas

                              por el paraí­so.

 

Vamos por dentro de la tierra

que danza en el espacio

                                           melodiosa,

bailando tras él

que viene

con la cabeza volada

                                     de palomas.

 

De cielo en cielo por las cordilleras.

 

Canten por dónde más se duele el viento,

que ya viene a llevarnos.

 

Uno por uno

cante

                                                                         llorando.

 

 

Dejé en último lugar este poema, porque en él están las lágrimas. La canción sí­, la fiesta sí­, el regreso tal vez. Pero las lágrimas. Aún en armoní­a con este universo que gira en sus incontables ciclos, aún a sabiendas de que la fiesta no termina con la muerte, el duro tránsito por el inframundo de los seres que amamos nos parte al medio, a golpes que "Abren zanjas oscuras/ en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte". Digo esto para introducir unos poemas del tercer libro, Baltasar, sin duda en el corazón de la poesí­a más intimista de Teuco Castilla.

 

III

Parecí­a dormida.

Tirada sobre los cajones del mercado.

La miré al pasar, sólo un segundo,

y esa vieja,

madre de los murciélagos,

saltó como una ví­bora

y se nos vino encima,

aullando.

 

Anduvimos una hora

perseguidos por un precipicio,

atravesados

por la centella

de su escalofrí­o,

por el escándalo

tartamudo

de sus harapos.

 

Rompimos el sello de su poder

al dar con el cubil

donde aguaita

su animal transparente.

 

Era la muerte,

la invisible.

 

Y la habí­amos mirado. 

*

Niños

 

De esos seis niños

que rí­en y se zambullen

ninguno es mi hijo.

 

Años atrás

el agua no alcanzaba

ni alcanzaba el padre

que, desde lejos,

destruí­a la fiesta.

 

Ahora estos niños

que nadan felices

se hunden dentro de mí­.

 

Mis hijos ya son grandes,

el más pequeño

creció tanto que ya se ha muerto.

 

¡Salte

suicida,

en mi vací­o

el agua!

 

Y vengador el tiempo.

 

*

Andas por aquí­

 

Andas por aquí­, cerquita,

aprendiendo a aparecer.

No sabes todaví­a

salir del fondo de tu madre

que mece tu muerte

como un pantano

que le hunde los ojos,

de la risa de tus hijos,

donde estallas,

de la dolida planicie de tu mujer

que sonrí­e silenciosa

porque anoche en sueños habló contigo.

 

Te estoy viendo

atolondrado y enorme,

buscando la salida

en esa hoja que fosforece,

en ese pez que salta

y lo salva al rí­o

y en ese pájaro que bajo el solazo

grita de golpe

de sentir tu frio.

 

No, no vayas por ahí­, por tu retrato

ni por las cosas que querí­as,

los objetos tienen el tiempo perdido.

 

Ven como entonces

alegre de futuro

y entra por donde más le duele a la muerte

por el hueco que tiene

de no haber nacido.

 

Oye mi llamado

y si hallas la salida

pisa despacito mi corazón

cuando lo atravieses,

hijo mí­o.