La liquida viscosidad del lenguaje

La liquida viscosidad del lenguaje

El ojo y la flor

Claudia Aboaf

Alfaguara

255 páginas

2019

 

 

Esta novela es la culminación de la trilogí­a que Aboaf inició en 2014 con Pichonas y continuó en 2016 con El rey del agua. Pero además de concluir una serie de hilos narrativos, podrí­amos decir que es el punto máximo de la singular poética de una autora que tiene antecedentes en el Rí­o de la Plata (Silvina Ocampo y Marosa di Giorgio, en primer lugar) pero que brilla con luz propia. De modo que la partición en tres novelas, también, se puede leer fractalmente en este último artefacto estético.

Me explico:

La novela está segmentada en tres partes: El libro de Juana, El libro de Andrea y El ojo y la flor. Y en principio estas partes ordenan narrativamente las peripecias de estas hermanas (Juana y Andrea) que viven en un mundo cercano y lejano al mismo tiempo: toda la acción transcurre en el Tigre, una localidad del conurbano bonaerense. Pero ese espacio reconocible está descripto con una serie de elementos que lo vuelven extraño: el agua dulce se volvió un elemento de valor por lo que el Delta parece ser más un despojo asolado de lo que es hoy en dí­a; el poder está en manos de personajes algo lejanos y no del todo definidos, las relaciones humanas transcurren en una soledad metálica que resulta melancólica e inexplicable.

Pero además, esta tripartición de la materia narrativa sigue un musical ordenamiento poético. Un primer movimiento, El libro de Juana, que funciona como una obertura donde se palpa claramente el tono decididamente elegí­aco de la escritura y donde los pormenores de la trama aparecen asordinados, dejando lugar a un fraseo que todo el tiempo subraya la condición poética de la lengua. El segundo, El libro de Andrea, pone el foco en las peripecias narrativas, pero sin abandonar el tono del que ya hablamos. Y el tercero, El ojo y la flor, funciona como un equidistante equilibrio entre las dos apuestas: de un lado los pormenores de las peripecias de los personajes y del otro, el hallazgo fortuito de un modo único de vérselas con la lengua.

El mismo libro propone explí­citamente su apuesta y, de este modo, dice algo sobre esta forma endemoniada que tenemos de lidiar con la liquidez del lenguaje. Promediando la segunda parte, el narrador dice: Pero el hombre nunca entendió el agua: cree que la domina cuando la apresa en un vaso de agua. La civiliza con diques, la disciplina en canales y arroyos entubados; olvida que es una sustancia eléctrica, incomprensible y viscosa.