Se fue como una genia

El encuentro con Galo resultó sencillo e inesperadamente festivo. Galo habló de su madre pero, curiosamente, siempre la llamó por el sobrenombre, Lili. Y ese gesto (que en algún sentido y en otro contexto, resultarí­a un signo de distancia o hasta una falta de respeto: ¿cómo un hijo llama a la mamá por su sobrenombre?) en este caso, tiene el efecto contrario: se respira en el ambiente una cercaní­a y un cariño casi tangible, como si fuera una marca indeleble de lo que fue Liliana Bodoc como persona, pero también como autora. O dicho de otra forma: es la huella que cualquier ser humano deja impregnada en la lengua y en los otros, esa partí­cula de trascendencia que llamamos recuerdo, algo que resulta tan concreto como los objetos que tengo ahora mismo sobre mi mesa de trabajo. Promediando la entrevista, Galo lo dice sin darse cuenta: Realmente ahora que no está se nota que (su legado, su obra) lo dejó para los demás, porque ella, básicamente, se dedicó a los demás, siempre.

 Galo se refiere a Liliana Bodoc como una autora que hizo su trabajo, que logró expresar su mudo interno, pero que en ese proceso, siempre necesitó de los otros como fundamento de su poética. En este sentido, da la impresión de que la obra de Bodoc, entre otras cosas, es un producto familiar. Ella nos incluí­a en la hechura, básicamente, trabajaba en equipo, dice. Y este rasgo se ve muy claramente cuando cuenta el proceso por el que Bodoc se convirtió en la autora popular que es hoy en dí­a, es decir, el proceso de escritura y de publicación de su obra más conocida y celebrada, La saga de los Confines.

Y una vez, estábamos de vacaciones, yo habí­a leí­do El señor de los anillos, y les insistí­, (a mis padres) los hinché hasta que aceptaron que la leyéramos juntos esas vacaciones. Siempre leí­amos en familia, y leí­a Lili, porque ella tení­a una oralidad, que fue parte también de su acción cultural, porque tení­a una oralidad muy importante.

Y después de esa experiencia de lectura familiar, el deseo siguió circulando.

 Hablábamos, y decí­amos que era un libro (El señor de los anillos) fundamental para la cultura europea, era un mito fantástico que tení­a Europa para sí­ misma, y así­ dijimos: ¿qué bajón que Latinoamérica no tenga un estandarte fantástico de ese calibre, al que poder asirse simbólicamente?

Galo tiene el recuerdo preciso del momento en el que Bodoc sintió que tení­a una historia que contar, casi como si fuera una experiencia religiosa, en el sentido transformador del término: Mi recuerdo es que algo le cambió en la mirada. Algo distinto traí­a, porque ella vení­a peleando con mucha oscuridad, también. Y ese momento bisagra empuja a Bodoc a la escritura de una obra necesaria, algo que estaba en el aire dando vueltas, y hací­a falta una voluntad poética para llevarla adelante: Era necesario para el continente. Y así­, en ese pensamiento, se puso, casi como si fuera un instrumento, como un rol de servicio.

Lo mismo se puede percibir cuando Bodoc busca editar su manuscrito. Una mezcla de amateurismo y algo de inocencia, la empujan a dejarlo, sin ninguna recomendación, en la editorial Norma. Azarosamente, Antonio Santana, editor de literatura juvenil, se encuentra con una bomba atómica.

No le habí­a dado bola, y él (Antonio Santana) cuenta que estaba hablando por teléfono, haciendo dibujitos sobre un manuscrito que no sabí­a qué era. Entonces abrió la primera hoja, mientras seguí­a con la conversación, y se puso a leer la introducción. Y así­, empezó a leer y a leer y dejó de darle pelota a la persona con la que hablaba. Ahora te llamo, le dijo, y cortó. Leyó todo el libro de un tirón. Nosotros nos habí­amos ido a Uruguay de vacaciones. Volvemos, levanto para escuchar los mensajes del teléfono mí­o, de mi casa. Y me encuentro con la casilla repleta: eran todos mensajes de este tipo; por eso se editó como un libro de literatura juvenil. Y explotó.

Curiosamente, la edición del primer tomo de La saga de los Confines, Los dí­as del Venado, tiene algunas similitudes con la edición de El Señor de los Anillos. Los dos libros aparecieron bajo esa ambigua e injusta etiqueta de literatura juvenil, y las dos publicaciones, también, se motorizaron, sobre todo, por el entusiasmo desmedido del editor. En el caso del libro de Tolkien, el hijo del editor fue el responsable. Y cuentan que, cuando le dio a su padre el informe de lectura, el joven, le dijo: no sé si esto va a ser un éxito de ventas, probablemente, no, pero es una obra maestra.  

Galo también cuenta a grandes pinceladas la vida de su madre: nació en Santa Fe, pero vivió en Mendoza casi toda su vida. Fue en esa tierra donde quedó huérfana siendo niña, y donde conoció al que iba a ser el amor de su vida, y con el que formó una complicidad que solo la repentina muerte de ella quebró, Antonio Jorge Bodoc. Cursó algunos años de la carrera de Letras y se convirtió en actriz. Sobre el final de su vida viví­a en El Trapiche, en San Luis. Del padre y compañero de Lili, Galo, dice: Mi viejo en principio es matemático y fí­sico. Y ejerció como profesor muchos años y después se dedicó al desarrollo de sistemas. Es una especie de enciclopedia humana, sabe de todo, y le gusta divulgar y charlar, y si le llegas a preguntar se larga.

Sobre el final, con una triste sonrisa dibujada en sus labios, y a modo de despedida, cuenta cuál es el estado de animo de él y de toda la familia: Si bien hay una tristeza muy grande que todaví­a no terminamos de asumir, a la vez, si pensamos en ella, se fue como una genia, porque fue como muchos quisiéramos irnos con todos los sueños, con amor, con hijos con nietos, con libros, durmiendo, sin sufrir, con el amor de su vida al lado, de alguna manera habrí­a que aplaudir, lo que pasa que es muy fuerte, porque nosotros no queremos que pase eso.

 

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Galileo Bodoc es actor y director teatral. Nació en Mendoza en mayo de 1979. Luego se estableció en la ciudad de Buenos Aires donde completó la carrera de Actuación en la Escuela Nacional de Arte Dramático, actualmente U.N.A.