La alquimista

La alquimista

De chico quise escribir El Señor de los Anillos.

Ya estaba escrito, claro. Y fue justamente por eso. Porque estaba escrito y lo leí­, y su lectura me deslumbró, y su simpleza aparente me hizo querer imitarlo. Me queda el tonto consuelo —de muchos— de saber que no fui el único. Ni el primero siquiera.

El Señor de los Anillos —El Señor— fue, durante más de 50 años o algo así­, la vara con la que se midió toda la fantasí­a heroica, al menos en la mente de quienes pasaron por la Tierra Media: toda lectura de fantasy se la comparaba con El Señor. Y lo que es peor, todos sus lectores con í­nfulas de escritor desearon —como ya dije, yo mismo incluido—, escribir algo con el mismo espí­ritu, transcurriendo en un mundo inventado pero engañosamente similar a la Europa antigua.

Es lógico —esperable— que se intente imitar los textos y los autores que nos maravillan. Es parte del aprendizaje de un escritor. Y no tiene por qué ser uno solo, de chico también quise escribir novelas de Stephen King. El problema con El Señor es que la compulsión nunca disminuye. Se mantiene a través del tiempo.

Es en este contexto que alguien —no recuerdo quién, si no aprovecharí­a para agradecerle públicamente— me recomendó una historia "al estilo de El Señor de los Anillos pero escrita por una autora argentina". Una descripción simplista, sí­. Pero bastó para interesarme. Y me hice con los tres tomos de la primera edición de Norma —esa cuyas ilustraciones de tapa tienen tanta fuerza, precisamente porque no quieren imitar las ediciones anglosajonas—. Querí­a leer a quien habí­a cumplido mi sueño de escritor. Querí­a ver si estaba a la altura…

Pero así­ como las tapas fí­sicas no respondí­an al canon, descubrí­ que Bodoc habí­a ido mucho más allá de reversionar El Señor de manera autóctona. Si lo que Tolkien hizo, en gran medida, es una reescritura de la mitologí­a del norte de Europa, La Saga de los Confines lo es de la historia de nuestra parte del mundo. Una historia que involucra también a Europa, pero con la mirada desde este lado.

Teniendo en cuenta la pobreza de mi memoria, antes de ponerme a escribir sobre ella quise releer La Saga, pero resultó que habí­a recomendado y prestado los tres libros. Así­ que me puse a indagar en su obra inconclusa, Tiempo de dragones. Y me encontré con algo, a mi parecer, mucho más maduro, que conserva el espí­ritu de La Saga pero lo lleva a otro nivel.

Hací­a rato sabí­a de su existencia, pero permí­tanme decir que la miraba con un dejo de desconfianza. Que hubiera escrito sobre dragones me parecí­a un paso hacia atrás, un camino demasiado transitado para alguien que habí­a demostrado una capacidad de crear mundos y criaturas tan propios. Además, los dragones son, por antonomasia, europeos, y (pre)sentí­a una renuncia a su reinterpretación de la fantasí­a.

Que no es tal. Porque así­ como reescribió la conquista de América, Bodoc reescribe los dragones desde el punto de vista de la cultura originaria. Tiempo de dragones no habla tanto de dragones como de una forma de ver el mundo, la de los arayés, que se opone a la dual —y maniquea— de los tzárus —¿blancos? ¿europeos?— y se mueve por entre medio, por los grises, se mantiene más cerca de la naturaleza y de sus dioses terrenales. Los dioses no sirven grandes e inabarcables, dice Bodoc, porque se vuelven como el mar, inmenso pero en el que no se puede ni saciar la sed. Y Mérec —América— es prodiga en pequeños dioses, diminutos y cercanos, los japiripé. Que tienen sus iguales del otro lado del mar, en el otro continente, Terentigani, pero allí­ se llaman distinto, porque son distintos. Porque el nombre define quienes somos y la tierra define los nombres. O no sabes, mujer de carne, que si cambias de tierra debes cambiar de nombre. Por eso la dragona blanca pierde su nombre celta y obtiene uno en la lengua de los pueblos originarios del caribe al llegar a Mérec.

Como buena alquimista, Bodoc mezcla, sublima en sus probetas imaginarias los elementos primigenios de la fantasí­a anglosajona y las leyendas guaraní­es. Hay una profecí­a, sí­, otro camino transitado. Pero aquí­ asistimos a su nacimiento, presenciamos cómo la improvisan diecisiete monjes borrachos a punto de morir, un último recurso para la salvación, no de ellos sino de la humanidad. La profecí­a gobierna las vidas, como un faro, una esperanza. Nos muestra que la historia se escribe. Hacia atrás y hacia delante. Que nosotros escribimos nuestra historia.

Como todos saben, su literatura es mucho más que estas dos sagas, incluye numerosas novelas infantiles y juveniles —no dejen de leer El espejo africano—, pero estas son las que me llevaron a descubrirla. Dicen las buenas lenguas que Liliana —déjenme tutearla, perdón, después de tanta lectura es imposible no sentir que se la conoce, al menos lo que destila su corazón a través de la tinta— terminó el tercer tomo de Tiempo de dragones, el que narra el final de la historia. Ojalá tengamos la suerte de leerlo. Ojalá, de aquí­ a un tiempo, los lectores con í­nfulas de escritor, como yo, deseen escribir una Saga de los Confines o un Tiempo de Dragones.