Mentir para decir la verdad

Mentir para decir la verdad

La verdad y la mentira han sido construidas hegemónicamente como opuestos conceptuales y morales. De un lado, la verdad celebrada como la finalidad última y suprema. Del otro, la mentira avergonzada, marginal y sin rumbo. En su charla TedX "Mentir para decir la verdad", la escritora Liliana Bodoc desbarata estos binarismos conceptuales, otorgándole a la mentira un lugar propositivo y creativo. Este breve texto fue escrito como un prólogo-ensayí­stico, como un marco provisorio y conjetural del prolí­fico caudal ideológico que la escritora de los confines nos propuso en esta ocasión. 

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Sin dejar de ejercer su oficio de poeta, y casi inadvertidamente, Liliana Bodoc nos presenta en la charla "Mentir para decir la verdad" fragmentos de su epistemologí­a del lenguaje. Fiel a su costumbre, lo hace con la amabilidad de quien recita un cuento, desenvolviendo sus reflexiones en la práctica. Mucho más allá, y más acá del discurso.

La palabra, nos dirá, nos acerca a la í­ndole de la materia. Porque adquirimos sustancia en ella, tal como en la sangre. Y nos acerca a la í­ndole de la libertad. Porque advertimos en su existencia la posibilidad de nombrar y, por tanto, de imaginar.

Pero detengámonos un paso antes. Allí­ donde podamos ver la trama, el recorrido que sostiene su pensamiento. Y como en la pluralidad aparece el sentido, lo haremos en un diálogo imaginario con Ludwig Wittgenstein, que en otro tiempo, y en otro espacio también, se empecinó en pensar en los confines de la palabra.

"Los lí­mites del lenguaje son los lí­mites de mi mundo." Contra toda pretensión positivista, el filoso proclamó que solo podemos conocer lo que el lenguaje nos habilita a conocer. El lenguaje no descubre un orden prexistente, inventa un orden, lo crea. Y declaró, simultáneamente, y esta vez contra sí­ mismo, que el lenguaje es una cárcel que nos impide acceder al mundo y que, por tanto, es imposible trascender sus lí­mites.

Y en este punto, en este lugar irresoluble, se instala la Madre de los Confines dándonos indicios, gestos capaces de forzar, de transgredir aquel lí­mite.  

Sin desvalorizar la problemática del lenguaje y la verdad, la disloca, la sacude y replica, recorriendo un nuevo trayecto: la ficción y la mentira. Y este gran desplazamiento, no niega la necesidad de los otros lenguajes y sus modos de abordar el mundo, en cambio, reclama un nuevo sitio para la ficción. No el de la distracción, o la huida de la realidad. Un sitio que nos devuelve al mundo, y nos sitúa en el corazón de lo humano: su capacidad de imaginar y, por tanto, de conocer.

Al fin, la mentira, vehí­culo cotidiano de la ficción, puede alcanzar el pedestal de la verdad, y acomodarse a su lado sin bajar los ojos. Porque la mentira, dirá Liliana, permite ensayar nuevos modos de la verdad.

Entonces aparece la palabra, la palabra poética. No como un adorno, o una posibilidad decorativa del lenguaje sino como una manera absolutamente insustituible de conocer el mundo. Porque la palabra poética, nos dice Liliana, es puro silencio. O, más bien, silencio rodeado de palabras. Lo que del lenguaje habla no es solo "lo dicho" sino lo callado. Así­, la palabra poética, fuera de toda normatividad, es capaz de producir infinidad de sentidos, y de proporcionarnos un marco diferente para experimentar el mundo. Porque la poesí­a, continúa la autora, dice mucho más allá, pero también mucho más adentro, transformando el tipo de relación que tenemos con el conocimiento. La poesí­a no nos diferencia del mundo, nos funde con él.  

El lenguaje, podrí­amos confortar a Wittgnestein, es una cárcel con la puerta abierta, porque no es capaz de imponer un orden, allí­ donde reina el silencio, una luz donde no ilumina. La palabra poética, espacio de posibilidad, se pronuncia sobre lo indecible, y tensiona desde dentro, las reglas del lenguaje para encontrar una fisura, un espacio de libertad para recrear al mundo y a nosotros mismos.