Irme a otra parte, en la poesí­a

Irme a otra parte, en la poesí­a

Pasos de baile

Diana Bellessi

Adriana Hidalgo editora

2014

94 pp.

 

Pasos de baile, de Diana Bellessi (Adriana Hidalgo Editora, 2014) arranca con una imagen de la muerte. La muerte subida al hombro del poeta, conviviendo con él. La muerte como el miedo al final de algún otro, que nos asalta –lo sabremos promediando el libro- que nos deja sin ellos, no importa cuál fuera la naturaleza de ese lazo afectivo. La muerte que aletea cerca, a medio metro.

"Hoy la muerte se hizo presente / de un modo nuevo, no en las cosas / sino en mí­, cuerpo y mente ya lo saben / aunque yo, no lo sé", escribe Bellessi apenas abre el libro.

La muerte es algo que se percibe, que sabe el cuerpo antes que el ¨yo ¨. La muerte es aquí­ un estado de alerta que nos pone en vereda, nos empuja a una vida vivida sin encono y con pasión, a sabiendas de su corto y sorpresivo final.

En ese ejercicio de retener las mejores imágenes y momentos, Bellessi registra su lugar, ese que eligió para repararse del mundo (tal y como nos lo da el estado actual del capitalismo). Entonces se aleja para mirar, entabla otros diálogos: con su perra, con la isla, con la naturaleza, con sus pensamientos. Podrí­a decirse, sin dudar, que Pasos de baile encierra una serie de metáforas que cuentan la relación entre ella (la que desea) y la naturaleza (que la rodea). Ella que ¨se mueve como ¨, ¨se abre como ¨, ¨es como ¨â€¦ "bailar y silbar como el viento / en lo abierto", por ejemplo. O ella que es como el delta, el verde profundo, las aves; como la geometrí­a de las islas, los robles, los fresnos, los olmos, los liquidámbares, las legustremias, las ipomeas, los ibicus, las azucenas, los ciruelos, los zorzales, las gallinetas, las gotas del rocí­o; como el rí­o, los peces y el muelle, y las mojarritas, y el follaje de los árboles (en general); como los pajaritos, el cielo, la abeja, el colibrí­, la oruga verde y fina, las cataratas de aguas que danzan entre las piedras, las nubes, el relámpago, la culebrita, la garza, y la luna.

"Como si la luna fuera / una crí­a del cielo / que debo cuidar", igual que a Talita Kumi, esa perra que es un poco su vida. Porque también podrí­a ser una forma de su muerte.

El yo lí­rico se plantea entonces como el de alguien que cuida, protege, observa con atención, no da por sentado un estado de la naturaleza, una salida del sol, una forma equilibrada de una vivienda: "frente a la grácil casa / de veranda y techo / japonés / veo amarillear cada dí­a / las copas / de los olmos gemelos".

También se habla de confiar: "confiar en la materia / como lo hace / el pájaro que trina / sin la coraza de la mente / que solo quiere / quedarse un poco más / y no entregarse al éxtasis / del instante"; y hay guiños a la apariencia fí­sica de ese yo, una mujer rubia, que se va de sí­, con el oí­do demasiado atento: "porque estoy en un trance  / de oí­r eso que no debo, / silencio de lo lleno / en el otoño".

El yo se desnuda, como Bellessi escribe, tras el ritmo, o el verso que la desvela. Y ese completo silencio de la isla la lleva a pensarse casi al modo de un fantasma: "oigo un latir y desaparezco".

Su sensibilidad es extrema y está materialmente conformada por todo aquello que hace a la vida de la isla. Sin duda el yo es la isla. Por momentos ambos cuerpos se superponen: son la misma cosa. Ella aparece como hecha de todo lo que la rodea: "de la vida nadando sola / en esta casa de las islas / acompañada por el verde / o por Talita".

En un esfuerzo por interpretarla –seguramente de forma errónea– podrí­amos esgrimir que escribe planteos, no poemas. Se trata más que de versos, de enigmas que hay que pensar o descifrar. Que siempre se van completando, a medida que avanzamos en la lectura, y que jamás podrí­an leerse de forma aislada. Porque el verso que sigue siempre modifica al verso anterior, en una especie de encabalgamiento de sentidos que se van sumando.

Bellesi, también, plasma imágenes que grafican estados mentales, como por ejemplo: "tablas acosadas por la humedad y el bicho / guardan mi corazón como un lucero / y no me importa la gente ni la plata / sino el crac crac del grillo en la mañana". U otro muy gráfico donde expresa: "que el miedo / no me alcance y vuelva a ser / la chica en los potreros / inocente y audaz / como lo fue siempre / vestida de su fe".

Pero el pí­vot del libro sucede cuando el peligro es inminente, Talita se pierde –parece que está muerta– y el poemario se detiene para dejar que un breve texto en prosa permita oraciones de un ritmo distinto, intenso, impecable. Solo la posibilidad de la pérdida definitiva de Talita Kumi habilita lo narrativo. El resto es poesí­a pura (esa podrí­a ser una lectura posible). En solo una página el caso se resuelve, tras lo cual retorna la poesí­a de verso libre que vení­amos siguiendo, bajo el tí­tulo: "La aparición de Talita Kumi".

"Nadaste contra la corriente y sos mi adalid / mi heroí­na / de odisea salvándote del mal y las sirenas / por tu fuerza / y tu sublime inteligencia, pequeña mí­a / cómo te amo".

            ¿Por qué no decir, yendo un poco más allá todaví­a, que Talita Kumi, la isla y la mujer rubia no son intercambiables en este libro? Tanto las islas como las poetas, y las perras (me encanta asimilar perra a poeta y al revés) son objetos que se pierden, que cuesta encontrar, que está un poco al margen, siempre al borde de la muerte, heroí­nas, siempre reencontrándose.

Talita Kumi, esta perra bien amada por la poeta, vertebra el libro y da paso a los poemas del final. Habilita la poesí­a. Acompaña el proceso de escritura del libro. Es esencial y necesaria, como la poesí­a. Eso que tiene para escribir Diana Bellessi aparece todo en otro orden de cosas. Está ahí­, claro, pero al servicio de esa relación amorosa sin condiciones y de pureza absoluta, entre la poeta y su perra: "y bailamos juntas entre risas / hasta olvidar que yo querí­a / irme a otra parte / en la poesí­a".