Y un rayo atravesó mi corazón

Escuchar la voz de Diana Bellesi en vivo y en directo, en la cocina de su casa en Palermo, tomando mate, la tarde de un martes de primavera húmeda es lo más parecido a tener la experiencia corporal de la paradoja de la literatura. Lo podrí­a decir como si se tratara de una tesis doctoral. O un eslogan publicitario. O mejor: la conclusión arrebatada del sentimiento de amistad que nos depara la literatura.

Lo digo, entonces.

Una charla con Diana Bellessi es la puesta en acto de la paradoja de lo literario.

Ella lo dice mejor. Lo dice con una voz encantadora y finita, casi perdida, como si se tratara de una confesión amorosa, de las que solo nos enteramos en la intimidad de algunos pocos momentos de nuestras vidas.

Le pregunto por su vivencia subjetiva sobre el hecho de que Adriana Hidalgo haya publicado su obra reunida. Un libraco que yo me atrevo a comparar con el libro verde de las obras completas de Borges, el de Emecé, ese que nos formó a miles de lectores en el Rí­o de la Plata.

Ella sonrí­e (siempre sonrí­e, hay que decirlo).

Y responde:

Te puedo contestar desde allí­, porque los otros son los mitos de los lectores. Yo me reconozco como una poeta de su tiempo, que los jóvenes me sigan leyendo, eso, que seguí­s teniendo una perduración porque los jóvenes te siguen portando en sus lecturas, eso es lo que reconozco. El resto, qué sé yo qué decirte. Además, la mayorí­a de los poetas reconocidos se mueren y no los reconoce más nadie; y pasan veinte años y no se les publica nada más. O sea que sabemos que todas esas cosas las arma un poco el mercado, que es nuestro gran enemigo, el gran enemigo de la literatura en general, y gran enemigo de la poesí­a, y de los poetas, o sea, hacerle caso a eso, serí­a algo fatal.

 

Pero es una situación incómoda. La incomodidad que se experimenta al saberse atenazado por dos exigencias: las dos puntas de la paradoja que humildemente representa. Por un lado sabe que su literatura, su escritura, entró en la consagración o en lo que una teórica de la literatura llamó la republica de las letras. Y por otro lado, se sabe portadora de una bendición, la suerte y el privilegio de jugar a su antojo con el lenguaje. Dicho de otro modo: por un lado, la solemnidad del Arte. Y por otro, el jolgorio brabucón e infantil del creador. Esa tarde en la casa de Diana, fuimos testigos de esa lucha que es una pregunta: ¿cómo seguir sacándole chispas a la lengua después de que una infinidad de lectores quieran encerrarnos en una caja de cristal?

Ella lo explica cuando habla de su destino literario; dice: escribo desde muy chica. Si alguna vez dije esto es lo mí­o, lo debo haber dicho cuando era muy chiquita. De pronto decir, para esto fui engendrada, para esto vine, eso es algo muy hermoso, si no lo tomás duramente, si no te lo tomas con los laureles, lo tomas así­, con la belleza de la vida, como el agí¼ita, el agí¼ita vino para que esa planta venga tan bonita, y así­.

 

Diana habla usando diminutivos. Es una marca de su lugar de origen, sin duda (Zavalla, Provincia de Santa Fe, 1946). Pero además, creo, es una forma sutil de mantenerse a salvo de las trampas del lenguaje. Como si fuera una humilde guerrera que está atenta a las celadas solemnes del sentido (siempre pretencioso). De ese modo, casi sin querer, transforma la poesí­a en algo cercano, al alcance de cualquiera.

La misma felicidad y la misma soltura, se percibe cuando habla de la experiencia de haber preparado su obra reunida; dice: Y ese perí­odo fue un periodo raro, después cuando salió (Tener lo que se tiene. Poesí­a Reunida, Adriana Hidalgo, 2009)  se acabó la rareza. Enfrentarte con todo lo que escribiste en una vida. Es muy raro. Los poetas siempre vamos a leer de lo último, entonces, la rareza más grande es eso, es ver lo que hiciste.

 

Tal vez esa relación jovial y movediza con la lengua (y, por lo tanto, alejada del acartonamiento literario de la academia) tenga su origen en la misma historia de Diana. Nació en un medio rural con padres que no habí­an terminado la primaria y abuelos analfabetos. Es decir, un hogar sin libros. Recién en el colegio se encontró con la poesí­a y los poetas. Un célebre poeta de Santa Fe, Aldo Oliva, docente, la inició en la lectura. Pero además, Diana habla de la poesí­a que vive anónima en los usuarios del lenguaje, todos los que sin darse cuenta juegan sin saber que están jugando.

 

Crecí­ escuchando coplas. Crecí­ en una chacrita en la que mis abuelos alquilaban la tierra. Entonces la población golondrina que vení­a a levantar la cosecha dormí­a en la casa y en los galpones de la chacra, y si un dí­a lloví­a como ahora, bueno, cantaban coplas: ese es mi gran antecedente literario. Me acuerdo muchas que después leí­:

Fui piedra y perdí­ mi centro,

Y me tiraron al mar,

pero al cabo de algún tiempo,

mi centro volví­ a encontrar.

 

Después de recitar, dice: La escuché y un rayo atravesó mi corazón. Tal vez ese sea el mí­tico y fantasioso instante en el que ella experimenta (o recuerda que experimenta) el artefacto de la lengua como un instrumento al que se le puede hacer sonar con melodí­as inexplicables e í­ntimas.

Y cuando hablamos de Diana Bellesi y de la obra de Diana Bellessi, indefectiblemente, hablamos de dos tópicos que recorren su quehacer como rayos indelebles que la definen: el viaje y el feminismo.

Durante seis años recorrió el continente como mochilera, haciendo y deshaciendo trabajos que la ayudaron a subsistir, pero también en el arduo camino de su formación. Y después, cuando volvió al paí­s, durante otros seis años, permaneció exiliada en una isla del Tigre. Exilio que tiene, otra vez, esa doble condición: por un lado, protegerse de las inclemencias de la dictaura y, por otro, un paso más en el camino de su formación como poeta.

Ella lo explicca a su manera; dice: Hay una aventura de andar por el mundo, como hay una aventura de quedarte siempre en tu propia ciudad. Se parecen mucho. Despues de los seis años que anduve por el continente, vine y me quede seis años en una isla en el Delta, en plena dictadura donde habí­a que meterse en alguna parte.

Y por si habí­a alguna duda respecto del valor singular de la experiencia poética, agrega:  Quedarte siempre en el mismo lugar y ver las mismas cosas es una aventura tan extraordinaria como la de andar por una carretera.

Lo mismo sucede cuando recuerda su relación con el feminismo: Yo me topé con el feminismo de los 70 en los Estados Unidos. La primera vez, estaba recien llegada a Nueva York, era en una plaza, ahí­ donde se toma el ferry a State Island, el downtown. Y me encontré con un grupo de locas maravillosas que eran lesbianas feministas. Y yo las admiraba y me morí­a por hablar con alguna de ellas, pero yo hablaba un inglés bastante berrretón, así­ y todo una se me acercó y ahí­ empecé el contacto. Y ahí­ empece a seguir a las feministas neoyorquinas, ese es mi primer contacto con el feminismo. Eran extraordinarias: ingenuas y maravillosas. Era cuando el feminismo no habia tocado la puerta de las universidades, era movimientista.

Nos despedimos una hora más tarde. Y al subir al subterráneo, creí­ entender algo de la transformación que viví­ frente a Diana: ser un testigo privilegiado del uso poético del lenguaje, esa forma infantil y alegre en la que las palabras son juguetes que muestran, sin darse cuenta, lo mejor de nosotros mismos.

 

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Las fotos de esta publicación fueron tomadas por Luna Goldin y corresponden a la presentación de Contéstame, baila mi danza.