Primera lí­nea

Primera lí­nea

El cielo es un caldo rojo cruzado por tajos blancos. Colores sucios vibran en la nieve sucia. El ruido es una inyección en el cerebro. Acurrucado en un pozo de zorro, el soldado Cáceres no tiene miedo. Piensa que el espectáculo vale la pena aunque el precio sea el miedo. De pronto es como si le sacaran la inyección, dejándole un hueco doloroso. Un ruido se desprende del ruido. Un manotazo de tierra y nieve sacude al soldado Cáceres. Un silencio gomoso le tapa los oí­dos.

Cuando abre los ojos, el cielo es blanco, hiriente, liso. Y el silencio sigue, un silencio puntuado por ruidos goteantes, quebradizos: pasos, voces, instrumentos metálicos. El suelo es blando. El suelo es una cama, una cama en un cuarto de hospital. Un tubo de plástico le llega al brazo. Le duelen las manos.

Un médico joven se le acerca mirándolo de reojo.

—Quedate tranquilo —le dice—. Te vas a poner bien.

—Mis manos —dice el soldado Cáceres—. ¿Cómo están mis manos?

El médico tuerce la boca.

—No están —dice, sonriéndole a un jarrón con flores marchitas—. No están más.

No era lo único que habí­a perdido.

Los dí­as en el hospital eran largos, un corredor de sombras perdiéndose en un hueco negro. El hueco estaba lejos. Inmovilizado en la silla de ruedas, él no podí­a alcanzarlo. El corredor era opaco como un vidrio de botella, y detrás del vidrio habí­a sombras. A veces las sombras se le acercaban, y adquirí­an un perfil borroso. Los rasgos se les deformaban cuando se apoyaban en el vidrio, y las voces sonaban distantes, voces envueltas en algodón.

Hoy tenés un plato especial, le decí­a una sombra. Pollo. ¿Querés que te guarde una pata de más? Y la sombra le guiñaba el ojo, le acariciaba el pelo a través del vidrio opaco. El soldado Cáceres miraba la manta que lo cubrí­a de la cintura para abajo. Una pata de más, repetí­a estúpidamente. O bien la sombra se le acercaba para ofrecerle un cigarrillo. El soldado Cáceres alzaba los muñones de los brazos, y la sombra, pacientemente, le poní­a el cigarrillo en la boca, se lo prendí­a, lo compartí­a. Poco a poco el vidrio se resquebrajó. Alicia, le dijo una sombra un dí­a, me llamo Alicia. Y la voz ya parecí­a de este mundo, un mundo donde los relojes sonaban y el tiempo transcurrí­a. Alicia le contaba anécdotas de otros heridos de guerra, y de cómo se habí­an curado. O de cómo no se habí­an curado. í‰l no hablaba nunca.

Cuando estuvo mejor (o eso le dijeron, que estaba mejor) pasaba el dí­a frente al ventanal. Estaba en un piso alto, y mirando desde el ventanal veí­a el movimiento de afuera. El movimiento eran camiones militares cargando ataúdes, helicópteros descargando cadáveres y heridos en el parque, jeeps que entraban y salí­an, grupos de mujeres sin uniforme que traí­an paquetes y flores, pero el movimiento no era movimiento porque le faltaba el ruido. Sin el vidrio del ventanal habrí­a ruido, pero siempre habrí­a más y más vidrios aislándolo del ruido verdadero, la inyección en el cerebro. En medio del parque ondeaba la bandera. Nunca colgaba del mástil. Siempre habí­a viento, y siempre ondeaba. El soldado Cáceres miraba la bandera y buscaba en su memoria, buscaba algo que lo arrancara del sopor, algo que rompiera todos los vidrios. Un dí­a recordó la letra de «Aurora » y le causó gracia. Le causó tanta gracia que cuando Alicia pasó por el corredor el soldado Cáceres se echó a reí­r.

—Veo que estás mejor —dijo Alicia, acercándose.

—Cuándo me muero —dijo el soldado Cáceres, poniéndose serio de golpe. No se sabí­a si era una pregunta, o qué.

 

Tení­a que seguir viviendo. Eso decí­an, tení­a que seguir viviendo. Cuando pensaba que tení­a que seguir viviendo se preguntaba cuál era la parte amputada, si él, eso que quedaba de él, puro muñón, o las piernas o las manos perdidas. ¿Qué le habí­an serruchado a qué? Habí­a descubierto que uno era cosas que podí­an dejar de ser uno. Esas cosas no eran uno cuando se pudrí­an bajo la lluvia o la nieve en un fangal sanguinolento o entre desechos de hospital. ¿O sí­ eran uno? ¿Cuál era la parte mutilada? ¿Cuál era él? Que él estuviera vivo y las otras partes muertas no era suficiente diferencia. Era un misterio, y cuando pensaba en el misterio sentí­a ganas de llorar, y cuando lloraba pensaba en sus piernas, que al menos tendrí­an la suerte de no llorar por lo que les faltaba.

A veces recordaba a las mujeres. Veí­a enfermeras en el corredor, algunas atractivas, y pensaba en las mujeres. Imaginaba bocas, labios de vulva entreabriéndose, superficies húmedas.

Un dí­a Alicia le puso un cigarrillo en los labios, le acarició el pelo traviesamente, le acomodó la manta bajo la cintura y por primera vez lo miró a los ojos.

—¿Cómo está mi bebé? —le dijo—. Hoy tenés mejor cara. ­No terminaba nunca de acomodarle la manta.

í‰l la miró entre confundido y avergonzado.

—Perdoname —dijo.

—¿Perdoname qué?

—Yo no puedo.

—¿No podés qué? —dijo ella.

De golpe abrió la boca como quien recuerda algo, lo miró con severidad, tal vez con asco. Suspiró, dio media vuelta y se fue por el corredor.

El soldado Cáceres la siguió con los ojos, y no supo si él no habí­a entendido. No supo qué no habí­a entendido. Lloraba, y a través de las lágrimas vio de nuevo el vidrio, cada vez más grueso pero menos opaco. Los otros ya no eran sombras. Tení­an peso y consistencia, y tení­an más peso y consistencia que él. Querí­a recordar, pero solo encontraba hilachas de recuerdos humillantes. Un chico roba una revista de un quiosco, y lo sorprenden. El quiosquero no lo castiga, no lo denuncia, solo dice que no te pesque otra vez. Cuando el chico vuelve al quiosco para comprar el diario para sus padres, sufre de nuevo la vergí¼enza, pues no sabe que para el quiosquero es solo una travesura olvidada. ¿Cómo purificarí­a esos recuerdos, cómo les darí­a una forma que coincidiera con el dibujo acabado de una personalidad, algo que fuera sólido y no simplemente ridí­culo? Ahora todos los recuerdos serí­an así­. La mirada de Alicia serí­a siempre un reproche, un que no te pesque otra vez. Ahora siempre se recordarí­a como ridí­culo, una cosa sin forma rebotando en un mundo de gente sólida. Un dí­a estaba acurrucado en su pozo de zorro. Siempre habí­a tenido miedo, y habí­a hablado del miedo con sus compañeros, pero ese dí­a no tení­a miedo, o estaba dispuesto a pagar el precio del miedo, y una bomba lo habí­a despedazado. Era ridí­culo y doloroso, y ni siquiera habí­a heroí­smo, solo una absurda falta de miedo.

Estaba mirando por el ventanal, viendo cómo los helicópteros aterrizaban en cámara lenta en medio del viento, y pensando nunca más, y preguntándose nunca más qué, cuando se le acercó un oficial. Al oficial le faltaba una pierna, y la cara era vagamente familiar. El soldado Cáceres recordó que lo habí­a visto varias veces en el hospital, hablando con otros pacientes.

—¿Cómo va eso? —dijo el oficial, acercando una silla de metal pintada de blanco y sentándose a su lado. Manejaba la muleta como un arma, como un privilegio.

Cómo va qué, pensó el soldado Cáceres, pero no dijo nada. Sonrió vagamente, como diciendo ahí­ anda. Era un oficial de reclutamiento de los grupos especiales MUTIL. El soldado Cáceres miró la insignia del brazo izquierdo. Entonces notó que estaba la manga, pero no el brazo.

El oficial le habló pausadamente. Sin duda él habí­a oí­do hablar de las unidades MUTIL, aunque no las hubiera visto en combate. El soldado Cáceres sí­ las habí­a visto en combate, pero no lo aclaró. Sabí­a que MUTIL era una sigla, dijo. Móvil Unitario Táctico Integral para Lisiados, explicó el oficial, y se lo escribió en un papel. Después le preguntó si tení­a interés. El soldado Cáceres no respondió, y el oficial no repitió la pregunta. Siguió hablando. Mientras él hablaba, el soldado Cáceres pensaba en el ruido, y también pensaba en mujeres. También pensaba que el oficial no le habí­a preguntado cómo se llamaba, e inexplicablemente eso lo deprimió.

—Acepto —dijo de golpe.

El oficial lo miró sorprendido, cortado en medio de una frase. Al fin sonrió y se levantó. No tuvo el reflejo embarazoso de querer darle la mano. Le palmeó el hombro.

—Solo una cosa —dijo de pronto, como si acabara de recordarlo—. ¿Usted no es judí­o, verdad? ¿Cómo dijo que se llamaba?

El soldado Cáceres, aliviado, le dijo cómo se llamaba.

—Bien, Cáceres. Le haré llegar los formularios.

 

El mes siguiente ingresó en un campo de adiestramiento MUTIL. Llegó en un ómnibus militar junto con otra tanda de mutilados dados de alta en el hospital. Todos tení­an una franja de tela blanca en el pecho, con el apellido en rojo sobre la tela verde oliva. El rojo los identificaba como miembros de la fuerza especial. Los mandos del ómnibus estaban adaptados para lisiados. El chofer era un suboficial con las piernas inutilizadas. Reí­a constantemente, y tení­a la radio prendida. Por la radio pasaban un programa preparado especialmente por el enemigo. Una locutora de voz dulzona elogiaba el valor de los soldados que creí­an combatir por su patria, engañados por un gobierno inescrupuloso. Elogiaba su valor, pero les decí­a que no valí­a la pena. Para ellos la guerra estaba perdida. El suboficial subí­a y bajaba el volumen continuamente, como si quisiera despedazar esa voz. Después vení­an segmentos de música folklórica, y el suboficial tarareaba convulsivamente. Cuando llegaron al campo de adiestramiento, apagó la radio.

—Estamos llegando, chicos —anunció, siempre riendo. Y prendió la radio.

El soldado Cáceres, que viajaba cerca del asiento del conductor, le sonrió extrañamente.

—Antes de la guerra era colectivero, después me enganché —le dijo el suboficial, frenando y abriendo las puertas dobles del ómnibus. El soldado Cáceres siguió sonriendo, pensando que era una broma. El suboficial apagó la radio—. ¿Vos qué hací­as? —le preguntó.

El soldado Cáceres tardó en entender la pregunta. La guerra habí­a durado años. El antes de la guerra pertenecí­a a un pasado remoto.

—No me acuerdo —dijo. Y era cierto, no se acordaba. Algo habí­a muerto dentro de él. O quizá el recuerdo estaba en sus piernas o manos perdidas.

El suboficial prendió la radio. La locutora describí­a la habilidad de los grupos comando enemigos.

—Debe estar bien esa mina —dijo el suboficial—. ¿Te la imaginás con una muleta en el culo?

Ese mismo dí­a les dieron la primera clase. Los dividieron en grupos, y cada grupo tení­a un oficial a cargo de la instrucción. El oficial a cargo no los trataba con piedad, ni con respeto, ni con nada. Los trataba como soldados. El oficial instructor del soldado Cáceres era un capitán sin una pierna, y sin una mano, y no lo disimulaba. Exhibí­a con orgullo las mutilaciones, y él también manejaba la muleta como un arma. En lugar de la mano que le faltaba, la derecha, usaba un garfio retráctil de cuatro dedos. Se plantaba frente al pizarrón, apoyándose con firmeza en la muleta cromada, y tomaba la tiza con el garfio. Trazaba lí­neas rectas, sólidas, puras. Jamás le temblaba el pulso.

Lo primero que hizo fue describirles en detalle una unidad MUTIL. Cada unidad MUTIL era básicamente un minihelicóptero con autonomí­a de vuelo limitada que portaba gran cantidad de armamento de corto alcance. Cada unidad básica era provista con los accesorios que necesitaba cada soldado. Ninguna era igual a otra, pues cada cual respondí­a a un repertorio especí­fico de mutilaciones. Los accesorios reemplazaban piernas y brazos, pies y manos, caderas y tobillos, y mediante piezas de plástico o metal se conectaban con los mandos: pedales, palancas o botones accionaban las armas y orientaban los rotores. Utilizaban la última tecnologí­a médica en materia de prótesis, decí­a el capitán, y en ese énfasis se notaba la pobreza, la sofisticación de la pobreza. Una unidad MUTIL era mucho más costosa que un infante, pero menos que un blindado; como arma antipersonal era mucho más rentable que una bomba de alta potencia, y mucho más barata que un avión derribado. Una escuadrilla de unidades funcionaba perfectamente como primera lí­nea de ataque, pero en tierra eran vehí­culos torpes, enormes y grotescas sillas de cuatro ruedas. Los rotores eran plegables, para facilitar el transporte. El capitán dibujó y explicó todo esto con precisión, y luego les explicó por qué estaban allí­. Estaban allí­ porque los mutilados eran una carga en la paz, una pensión costosa para el Estado, una aflicción para los parientes, muertos en vida. Pero tení­an algo más, mucho más que los enteros. Tení­an temple. Se habí­an templado como acero en el fuego de la batalla. Templado como acero, repetí­a, como si él hubiera descubierto la frase. Estaban allí­ porque él iba a hacerles parir al héroe que tení­an adentro. No eran la resaca sino la élite. El que no pensara así­ podí­a pedir la baja y pudrirse en la vida civil, una vida de llantos, pensiones y recriminaciones sordas.

Al dí­a siguiente cada cual recibió su propia unidad adaptada. En la parte frontal tení­an un blindaje, con una insignia pintada, un sol militar sin rayos.

 

El entrenamiento empezaba en la madrugada. Estaban lejos del frente, pero a menudo veí­an pasar, desde la pista de asfalto donde practicaban, aviones volando rumbo a la zona de combate. Las escuadrillas que volví­an eran menos numerosas que las que iban. El soldado Cáceres oí­a el ruido en el cielo y recordaba ese cielo de ruidos, y cómo le habí­an sacado la inyección del cerebro. Sentí­a rencor contra el silencio. Creí­a haber encontrado una solución, un modo de purificar sus recuerdos, y la clave era el ruido.

El capitán los hací­a maniobrar en formación sobre la pista de asfalto. Hay que destruir despiadadamente al enemigo, decí­a. Como él nos destruyó a nosotros. Cada pieza de metal cromado, cada pieza de plástico opaco, debí­a ser una prolongación del cuerpo del mutilado. El soldado Cáceres ahora tení­a manos, manos de acero. Con las manos de acero impulsaba torpemente las ruedas de su unidad, encendí­a el motor, y el viento del rotor principal le abofeteaba la cara donde no lo cubrí­an los anteojos ni el casco. El capitán los hací­a desplazar rí­tmicamente sobre la pista, y era como ensayar para una comedia musical extravagante.

Como un ballet, decí­a el capitán. Tiene que salir como un ballet.

Los domingos tení­an descanso. Era el dí­a de la misa y el descanso y los juegos. Los curas que daban la misa y confesaban estaban enteros, o parecí­an enteros bajo las sotanas, y eso contribuí­a a aumentar su aura de santidad, o irrealidad, o extrañeza. En el campo de adiestramiento no habí­a ningún entero, y un cuerpo sin mutilaciones empezaba a parecerles una cosa deforme. El soldado Cáceres creí­a notar un destello de reproche en la mirada de los curas, algo parecido a la mirada severa de Alicia.

Los curas hablaban de la paz de Cristo, pero la guerra no tení­a descanso. Las estelas de los jets surcaban el cielo, y el estruendo les llegaba en oleadas convulsivas aun durante la misa. Ese estruendo evocaba las llamaradas, los gritos, los borbotones de sangre, las máquinas al rojo vivo fundiéndose con los moribundos.

El domingo era dí­a de sermones. Después del sermón de la misa vení­a el sermón del jefe del campo, que les hablaba de patriotismo y vocación de servicio. El que no tiene patriotismo ni vocación de servicio, decí­a, ése es un discapacitado. A media mañana vení­a el sermón informal del capitán. Ese dí­a se mezclaba con ellos como uno más, pero cuando hablaba recobraba la autoridad, siempre dispuesto a que cada cual pariera al héroe que llevaba adentro. La guerra no es inhumana, decí­a. Los animales no saben hacer la guerra. No hay nada más humano que la guerra. No hay nada más humano, decí­a con voz acerada, que la guerra.

Antes del mediodí­a jugaban al básquet. Formaban equipos, y usaban las unidades MUTIL para jugar. Hasta el juego formaba parte del adiestramiento: tení­an que adiestrar ese cuerpo nuevo para ser soldados. Soldados más perfectos, decí­a el capitán. Cualquier hombre sabe matar, pero solo ellos eran verdaderos hijos de la guerra. Debí­an el cuerpo que tení­an a la metralla del enemigo. Tenemos este cuerpo, decí­a, gracias a la metralla del enemigo. Y se señalaba el garfio retráctil, con orgullo y con odio.

El domingo era dí­a de bromas. Bromeaban entre ellos cuando jugaban. Che paralí­tico, se decí­an cuando alguien no se desplazaba con agilidad. Che manco, se decí­an cuando alguien no atajaba un pase. Era dí­a de bromas y de risas. Eran risas nuevas, risas de media boca, risas tuertas, risas con media cara congelada para siempre en un rictus de cólera o fastidio. El soldado Cáceres tení­a la cara entera, y los músculos faciales en buenas condiciones, pero aun así­ la risa se le habí­a endurecido. No porque fuera una risa parca, o rencorosa, pero sospechaba que para los enteros pronto serí­a tan ilegible como la mueca de un simio. Alguna vez habí­a leí­do que en los perros el bostezo significa gratitud hacia el amo. No sabí­a si era cierto, pero sí­ sabí­a que en él un bostezo ya no significaba sueño ni aburrimiento, sino simplemente que la cara se le contraí­a en un gesto que significaba algo que hasta entonces no habí­a existido, que nací­a con ellos.

El domingo era dí­a de truco por la tarde. Era un truco diferente. Las señas no siempre serví­an; estaban pensadas para caras enteras, plásticas, no para máscaras medio quemadas, o medio paralizadas. Los mancos de una sola mano aprendí­an a barajar con esa sola mano. Los que no tení­an ninguna aprendí­an a usar los garfios, y nadie los ayudaba. Cuando estuvieran bajo el fuego nadie los ayudarí­a; vibraciones nerviosas prolongadas en vibraciones eléctricas serí­an la diferencia entre la vida y la muerte. Eran partidos tranquilos, sin risas ni cantos floridos; los cantos eran como repeticiones mecánicas, una música de pianola.

El domingo era dí­a de camaraderí­a. La camaraderí­a era aprender a amigarse con uno en la imagen de los demás. Cuando entraran en combate, no habrí­a demasiada coordinación. Solo órdenes por radio, un blanco, y la voluntad de destruir y sobrevivir. Solo acciones individuales, pero similares. La camaraderí­a era un espejo partido, y ellos eran los pedazos.

Las últimas semanas empezaron las maniobras más intensas. Muchos habí­an sido descalificados. Algunos no habí­an podido acostumbrarse a orinar y defecar regularmente en los tubos de sus unidades: aunque nadie lo notara, se sentí­an desnudos. Otros querí­an volver a su hogar o su familia. Muchos ya tení­an el suicidio pintado en la cara. Los restantes solo esperaban el momento de matar y mutilar. Cuando hablaban, si hablaban, nunca se preguntaban dónde habí­an estado antes, cómo los habí­an herido. Antes no habí­an existido. Solo ahora se estaban pariendo.

Las unidades MUTIL avanzaban como enjambres sobre las defensas enemigas. El porcentaje de bajas por misión estaba calculado en un cincuenta por ciento. Eso incluí­a no solo a los derribados por el fuego enemigo, sino a los derribados accidentalmente por sus compañeros, a los que se estrellaban por falta de combustible, a los que caí­an por fallas mecánicas en el equipo. El secreto era buscar el trayecto más corto hasta el blanco, aprovechar las municiones para causar el mayor daño posible y contar con mayor seguridad en el momento del descenso. Llevaban poco combustible porque con menos combustible se cargaba más armamento, y además se evitaba que la acción conjunta perdiera concentración por un inoportuno exceso de iniciativa individual. Las unidades MUTIL abrí­an brechas, y en esas brechas penetraban la infanterí­a y los blindados, con pérdidas mí­nimas.

—¿Por qué el enemigo no ha adoptado un equivalente? –preguntó una vez el soldado Cáceres.

Lo habí­a intentado, explicó el capitán. No con mutilados de guerra. Habí­an usado unidades móviles con soldados enteros, pero no habí­an resultado. Eran costosas, por el gran número de bajas, y poco rentables, porque jamás tení­an el í­mpetu, el coraje, la voluntad de llegar a cualquier precio. Para esto, dijo el capitán, hace falta patriotismo. Para esto hace falta patriotismo, repitió. Además los otros no eran hijos de la guerra.

Las maniobras no eran la guerra, pero se parecí­an bastante. Los que sobrevivieron a las maniobras fueron despedidos por el capitán una mañana de lluvia, en una ceremonia sencilla donde fueron felicitados por el jefe del campo de adiestramiento y bendecidos por un capellán que no los miraba a los ojos. En el blindaje de las unidades, junto al sol sin rayos, les pintaron una inscripción en rojo:

 

LA VIRGEN NOS PROTEGE.

 

Cuando se abrieron las compuertas del avión de transporte el soldado Cáceres vio la nieve y puntos negros en la nieve. El avión acababa de girar trazando un arco y ahora daba la cola a las lí­neas enemigas. Globos de humo negro estallaban en el aire. Las unidades MUTIL se acercaron torpemente a las compuertas. Bajarí­an en paracaí­das y en medio de la caí­da pondrí­an los rotores en funcionamiento.

El soldado Cáceres cayó girando en el aire, abrió el paracaí­das cuando estuvo horizontal, sintió el tirón brusco del cordaje, vio que algunos se enredaban en el cordaje y se estrellaban. Alrededor se multiplicaban las explosiones. Un viento frí­o le golpeaba la cara, mezclándose con ráfagas de aire caliente. Dejó de mirar alrededor, pues el secreto era mirar hacia adelante. No se apresuró a maniobrar para evitar los proyectiles enemigos, pues sabí­a que el combustible no le permití­a el lujo de apostar más al miedo que a la suerte. Esperó, y cuando estuvo cerca del suelo desplegó los rotores, los puso en marcha y soltó el esqueleto metálico donde estaba enganchado el paracaí­das. Avanzó casi a ras del suelo, en lí­nea recta. Allá adelante la nieve estaba entrecruzada de cicatrices. Las cicatrices eran trincheras, y después de las trincheras habí­a un bulto que parecí­a un depósito de material o una barraca. Apretó botones y palancas, moviendo frenéticamente todo el cuerpo, reservando los explosivos más potentes para último momento. A medida que se acercaba a las posiciones, la cortina de fuego se hací­a más densa. Las venas le palpitaban como si tuvieran un exceso de sangre para un cuerpo que ya no necesitaba tanta. Cuando estuvo a poca distancia, descargó los proyectiles explosivos. Al lado vio pasar las estelas de los proyectiles de otros compañeros de escuadrilla. Un instante antes habí­a carpas, blindados y redes de camuflaje, al siguiente llamaradas y cuerpos viboreando en el aire como cables pelados en la tormenta.

Aterrizó en la nieve cenagosa y esperó. A pocos metros descendieron otros compañeros. Algunos estaban en llamas. Atrás las primeras fuerzas de asalto desembarcaban de los helicópteros y terminaban de limpiar el terreno. Alrededor la nieve sucia estaba manchada por lamparones de sangre. Era como si la tierra menstruara, renovándose. Sentí­a de nuevo la inyección en el cerebro. El ruido le taladraba los tí­mpanos como si su cabeza fuera una caja de resonancia. Una voz ladraba órdenes por la radio del casco. A lo lejos, en el horizonte de humo, helicópteros en llamas caí­an del cielo.

Como una lluvia de maná, pensó el soldado Cáceres.

Una hora más tarde los helicópteros descargaron al personal de auxilio. Eran técnicos ceñudos y eficaces, y trabajaban con la rapidez de los mecánicos en las pistas de carrera. Cambiaban el tanque de combustible de cada unidad intacta por uno lleno, ajustaban las piezas flojas, descartaban las inútiles, renovaban las municiones, daban el visto bueno y revisaban las unidades derribadas en busca de material rescatable. Después las unidades MUTIL se remontaban nuevamente desde el terreno consolidado. Avanzaban un centenar de metros, abrí­an nuevos claros en las defensas, hostigaban al enemigo en retirada o reconocí­an la zona. La única forma de pararlas era destruirlas: ninguna retrocedí­a, ni se posaba en la tierra de nadie, donde serí­a demasiado vulnerable. Si el tripulante morí­a, casi siempre seguí­a disparando y a menudo se estrellaba contra las lí­neas defensivas. Cada etapa de la batalla pronto se volvió rutinaria para el soldado Cáceres. Despegue, vuelo en lí­nea recta, descarga del material, compás de espera. Solo en esa última fase se daba el lujo de observar la batalla, inmóvil como una osamenta fosilizada en medio del fuego de ambos bandos. Y entretanto recordaba, claro que recordaba. Alicia. Mujeres. Pero las caricias tibias, la humedad salada, los labios entreabiertos, ya no podí­an compararse con la sangre, el aceite y el humo. Una sensación nueva le hormigueaba en los garfios de acero, en las piernas cromadas. Poco a poco se iba purificando. A fin de cuentas, el precio del espectáculo habí­a valido la pena.

El tiempo ya no se medí­a en semanas o meses sino en desgarrones y convulsiones, un tiempo de tierra en llamas. Fuerzas gigantescas despedazaban la tierra, y el soldado Cáceres era un Cáceres entre muchos. Todos eran hermanos, fragmentos de un espejo partido.

Y de pronto hubo un silencio.

Era un silencio inmenso que se extendí­a sobre la tierra calcinada, sobre la nieve ennegrecida de lodo y sangre. El soldado Cáceres amaba esos silencios que puntuaban los momentos de gloria. Cesaban los estampidos de la artillerí­a, el paleteo de los helicópteros, el rugido de los jets, el crujido de los blindados. Era como el silencio que sigue a la creación de un mundo, una paz de domingo. Hace mucho tiempo, pensaba Cáceres, la tierra vomitó sus ví­sceras, manchándose con sus propios excrementos. Después quedó agotada y las ví­sceras se convirtieron en cosas brillantes y cristalinas, y en algunas vetas de su corteza la tierra guardaba esos recuerdos, capas geológicas de paz seguidas por nuevos arranques de violencia. Si uno estudiaba esa corteza, descubrirí­a que la tierra estaba orgullosa de sus mutilaciones.

En esos silencios, el cielo era una membrana tensa, y todos esperaban.

Los prisioneros esperaban. Detrás de las alambradas, las caras desencajadas por el frí­o, por el recuerdo del frí­o, esperaban un traslado, un plato de sopa, un cigarrillo. Los combatientes esperaban. Limpiaban las armas, se paseaban nerviosamente, charlaban. Los heridos esperaban. Los muertos esperaban. La tierra esperaba.

Ellos también esperaban, pero su espera era diferente. Las unidades MUTIL se moví­an grotescamente en la nieve blanda, como grandes coleópteros, y la espera era un domingo. Nadie se les acercaba, nadie les hablaba. Solo recibí­an miradas donde el respeto se mezclaba con el odio. ¿Se les notaba en la cara? ¿En la retina les quedaban grabadas las grandes visiones, la tierra abonada por los muertos, los helicópteros en llamas lloviendo del cielo como maná?

Pero esta vez el silencio se prolongó. Era como un telón.

Como un ballet, recordó el soldado Cáceres.

Los helicópteros llegaron de noche, barriendo la nieve con haces blancos que de pronto eran cí­rculos rosados y de pronto una luz sucia y polvorienta bajo una mole oscura que eclipsaba las estrellas. Varios integrantes del personal de auxilio bajaron de ellos, con movimientos urgentes, con listas en la mano. Empezaron a llamarlos por el nombre. Era raro, porque a un soldado MUTIL nunca lo llamaban por el nombre, nunca lo llamaban: le dictaban órdenes por radio, pero las órdenes eran voces grabadas, porque más que órdenes eran exhortaciones rí­tmicas, música de ballet. Además de raro era poco práctico, porque la mayorí­a de los anotados en las listas ya no estaban presentes.

La gente del personal de auxilio los hizo formar frente a los helicópteros. Les plegaron los rotores, y los subieron uno por uno. Después los helicópteros treparon en la noche y volaron hacia la retaguardia. Dentro de la cabina todos callaban, y habí­a olor a miedo.

Los helicópteros de transporte aterrizaron en una base iluminada por reflectores. Llegaban, descargaban y despegaban enseguida para regresar al frente. Unidades MUTIL de distintas escuadrillas se estaban concentrando en la base. Las hací­an esperar en la pista, en medio del ruido y del viento, y después las conducí­an a un galpón enorme rodeado por latas con brea encendida.

El interior del galpón estaba alumbrado por lámparas desnudas que despedí­an un fulgor amarillo y sucio. En el fondo habí­a una tarima con un micrófono. Esperaron un par de horas, mientras el galpón se llenaba de combatientes. Afuera, el paleteo de los helicópteros de transporte era incesante. Varios PM se paseaban en los espacios vací­os, jugando con sus cachiporras blancas. No habí­a ningún oficial MUTIL.

Al fin entró un coronel con uniforme de combate y casco. Era un entero, y tení­a la cara roja, agitada, como si lo aguardaran asuntos más urgentes. Subió a la tarima y acomodó el micrófono.

La patria les está agradecida, dijo, y el soldado Cáceres sintió una punzada en el vientre. Pronto habremos conseguido una paz justa, y la patria les está inmensamente agradecida. Una paz justa, pensó el soldado Cáceres sin entender. A través de los ojos empañados aún veí­a los helicópteros en llamas lloviendo del cielo como maná. Las generaciones venideras, dijo el coronel, conocerán las hazañas de hombres como ustedes, y grabarán sus nombres en el libro de la historia grande de nuestro pueblo.

Mientras hablaba el coronel, el personal de auxilio entraba empujando sillas de ruedas. Algunos empezaron a separar los cuerpos de los combatientes de sus piezas cromadas. Trabajaban expeditivamente, como cuando estaban en la zona de combate. Los separaban de las unidades móviles, los instalaban en las sillas, les arrancaban la tela blanca con el apellido en rojo. Otros desmantelaban cada unidad MUTIL desocupada, amontonando las piezas en cajas de embalaje: armas, prótesis, cascos. Otros miembros del personal tendí­an cables a lo largo del costado de galpón, e instalaban bultos que parecí­an explosivos en las esquinas y entre las vigas.

No solo han infligido al enemigo pérdidas materiales, dijo el coronel. No solo le han infligido pérdidas materiales, repitió, como si no recordara qué decir a continuación. Le han dado una lección moral, añadió resueltamente, una lección de hombrí­a y coraje. Por eso mismo ellos querrán ensañarse con ustedes, utilizando estas unidades que nos enorgullecen como instrumento de propaganda, como una acusación. Querrán transformar su gloria en ignominia, pero no lo permitiremos, porque ustedes les darán una lección de amor a la paz. La justa paz que hemos pactado necesita esa lección de amor.

Las palabras retumbaban secamente en el galpón amarilleado por las lámparas. A su turno, el soldado Cáceres fue separado de su unidad e instalado en su silla de ruedas. Cada cicatriz del cuerpo le palpitaba.

El discurso terminó con una exhortación que sonaba como un reproche. Cuando los sacaron del galpón, todos tení­an la cara desencajada, caras de doblemente mutilados. Sin ceremonias, casi con sigilo, el personal de auxilio los empujó hacia otra pista donde esperaban aviones de transporte. Sobre sus sombras panzonas volaban remolinos de nieve polvorienta, y en los remolinos se enredaban órdenes y gritos. Silla tras silla los subieron en los aviones.

Las turbohélices empezaron a girar y el rugido del avión acalló el rugido del viento en la mente del soldado Cáceres. Mientras el transporte carreteaba por la pista, miró hacia el galpón, que temblaba a la luz de las latas de brea. Los hombres del personal de auxilio seguí­an desenrollando cables.

—¿Qué hacen con las unidades MUTIL? —preguntó el soldado Cáceres a un suboficial.

El suboficial sonrió.

—Nunca hubo unidades MUTIL. Ahora, chicos, volvemos a casa.

El avión despegó y viró trazando un arco sobre la pista. Allá abajo una sombra hizo señas a otra y una secuencia de explosiones despedazó el galpón mientras ellos ascendí­an. Las llamaradas arrancaron destellos a la nieve arremolinada.

En la cabina penumbrosa, el soldado Cáceres miró a sus compañeros: un Cáceres tras otro, imágenes de un espejo partido. Rezando, preparándose para afrontar la paz.

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Publicado en Primera lí­nea, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, en 1983.