La poesí­a que nos lleva a un lugar sagrado ("El arma", de Héctor Viel Temperley)

Cuando nos reunimos para planear este número, entre todo lo que hablamos, sugerí­ que debí­amos publicar algún poema de Héctor Viel Temperley. Pensé en "Hospital Británico" (Mi cuerpo –con aves como bisturí­es en la frente– entra en mi alma) y en "Crawl" (Vengo de comulgar y estoy en éxtasis).
Hace muchos años, en un ciclo de poesí­a, escuché cómo recitaban "Crawl" a dos voces y corrí­ a comprarme Obra completa, de Viel Temperley, publicado por Ediciones del Dock. Algo habí­a resonado profundo en mí­, en mi infancia de escuela primaria parroquial con clases de catecismo. Algo en mi eterno buscar y rebuscar en una espiritualidad que no se topara con los paredones del dogma y la culpa judeocristiana. Devoré el libro, encontré ese abismo que se abre cuando la lectura de un poema me convoca, cuando la poesí­a me habla con lenguaje pero logra llegar a un lugar al que no se llega con lenguaje.
Releyendo los poemas de Viel Temperley recordé cuál habí­a sido el encanto (en el sentido de encantamiento): su lectura me guí­a hacia un lugar sagrado al que solo algunos poemas o textos logran llevarme. Así­ que elegí­ uno y le escribí­ a su hija Soledad para solicitarle que nos autorizara a publicarlo en este número.
No fue fácil elegir un poema. Me decidí­ por "El arma", pensando en un posible juego de palabras alma/arma, pensando en el alma como instrumento, como arma o armadura con la cual construir/protegernos en y para el amor.

 

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El arma (1953)

Publicado en Poemas con caballos (1956) y Obra completa (2004)

 

Sé que debo advertir al lector de El arma, de que esos ejercicios no están inspirados en el amor fí­sico, y menos aún en el de sus amantes.

Pero, aunque reconozca que el poema puede ser desviadamente interpretado, me niego a comprometer a mis 20 años – acusándolos de maltratar el referido asunto – en la impresión que causen sus imágenes y su simbolismo. No puedo hacerlo, porque a la edad en que escribí­ El arma, ya sabí­a que para mantener en secreto el sentido de un poema como éste, no hay mejor actitud que la de ser fiel a nuestras sensaciones. Así­ , llégase al punto de humanizar las palabras, de hacerlas rodar por la sangre. O sea, de vertirlas como sangre y no como lenguaje.

Y ésa fue la técnica que, pese a sus alcances previstos, guió la construcción de El arma.



 

1.

 

Porque tu izquierdo corazón es seno

y no puño con lanza en esta tierra,

mi puño desenvaina de mi cuerpo

un arma que te escuda y que te acera.

Tendido en el comienzo de este cielo,

ya azul para la hormiga entre la hierba,

A mi alma sin reyes y sin joyas

he puesto empuñadura y, descubierta,

la llevo como un arma de combate:

mujer enamorada, tú en mi diestra.



 

2.

 

Mujer enamorada, tú en mi cuerpo

eres mi alma de pie, como una espada

que idéntica a su vaina adolescente

nada lo mismo el cielo que las aguas.

Espada con latiente empuñadura,

porque es de seno izquierdo sobre mi alma,

mi mano quiebra y abre este muchacho,

que es mi cuerpo y mi edad, para que salgas

tú, mujer, en defensa de ti misma;

porque mi alma eres tú, desenvainada.



 

3.

 

Mitad de amor, de sangre con un niño

que remonta a caballo sus orillas

para nacer de ti; mitad de guerra,

de cargas entre dos caballerí­as

o de una sola que me quiebra el cuerpo,

forjé tu vaina, que es también la mí­a.

Forjé tu vaina desde mi garganta

en un tirón de sol, bajo las cintas

lí­quidas de la piel, de hueso en hueso,

y hasta en tus propios pies, un mediodí­a.



 

4.

 

Yo mismo me remonto, me retrepo

como nadando rí­os verticales,

asciendo desde el pie sin que mis músculos

sientan más salto que el del sol y el aire,

y alcanzo mis espaldas y mi rostro,

paso de hierba por los pectorales,

para verte de pie sobre mi frente

y para descubrir que vas, amante,

desde mi frente al cielo en una mano

a la que es imposible desarmarle.



 

5.

 

Ahora que soy de poros sobre el pasto,

y que tendido aquí­ en tu sombra siento

que entre la hierba el cielo es todaví­a

azul, como es azul arriba nuestro;

uno en el otro, todaví­a en tierra

pero mojados ya por todo el cielo,

el cuerpo en medio del azul, sin alas

pero entre nubes, contra el sol y el viento,

tú en mi mano, tú azul, tú por el aire,

yo te veo, mujer, y yo me veo.



 

6.

 

Desde mis pies, mis dedos, abro un rí­o

que va de las rodillas hasta el pecho,

me desato los músculos, me parto

y por mis hombros salto, corro y muerdo.

Tiro mi cuerpo al suelo y yo me tiro

sobre mi propio cuerpo con mi cuerpo,

y, adentro mí­o, en un instante empuño

el arma que eres tú, el amante acero

que, ya rota su vaina, a mí­ me envaine

cuando muerto de amor lo lance al cielo.

 

Poema publicado con autorización de herederos del autor. La reproducción del presente material en otros medios requiere de la debida autorización.